miércoles 28 de octubre de 2009

Piramidología

Sobre las pirámides de Egipto se han escrito toneladas ingentes de tonterías y sandeces. De eso creo que todos somos plenamente conscientes; lo curioso, y bastante desconocido, es que este fenómeno tiene su origen en unas investigaciones de Charles Piazzi Smyth: astrónomo escocés (nacido en Nápoles, pero los escoceses ya se sabe… son como los de Bilbao y nacen donde les da la gana), científico del siglo XIX que llegó a ser Astrónomo Real de Escocia y profesor de Astronomía en la Universidad de Edimburgo.

Sus investigaciones las desarrolló en el observatorio de Calton Hill, con sede en la capital escocesa, y son destacables sus trabajos sobre la aurora polar, el espectro solar o la irradiación de la Luna. Pero quiero resaltar las observaciones astronómicas que hizo en las islas Canarias,

siendo uno de los pioneros en señalar las ventajas de la observación directa en cielos con atmósferas libres. En gran parte los observatorios del Teide, en Tenerife, y el del Roque de los Muchachos, en La Palma, deben su importancia actual a las conclusiones de sus investigaciones -financiadas por el Almirantazgo Británico y la Sociedad Real para el Avance de la Ciencia Natural de Londres.

Pues bien, este buen señor, que presenta un currículum vítae más que envidiable y que obtuvo importantes premios y reconocimientos científicos en su vida, la lió parda con el tema de las grandes pirámides de Egipto. Al calor de la obra de John Taylor La Gran Pirámide: ¿Por qué fue construida? ¿Quién la construyó?, Smyth viajó a Egipto con la intención de medir con precisión la grandes pirámides de la IV dinastía y en especial la Gran Pirámide de Keops. Su objetivo era fijar con exactitud las dimensiones de las pirámides: altura, orientación, inclinación, localización, etc., incluso realizó fotografías del interior de la misma con una novedosa técnica.

Sus investigaciones y conclusiones fueron publicadas en varios libros (entre otros: Nuestra herencia en la Gran Pirámide, publicado en 1864, y Vida y trabajo en la Gran Pirámide, en 1867) y en ellos se aprecia la fascinación que en su espíritu academicista debió producir que las medidas de la pirámide y sus interrelaciones derivaban en magnitudes planetarias e incluso astronómicas. Así, encontró que en esas relaciones y equivalencias se descubría el radio terrestre, la distancia entre la tierra y el Sol y la Luna, el número Л,... A partir de ahí pareció entrar en proceso febril y extrapolando toda la información llega a establecer patrones universales de medida: la pulgada piramidal, el sagrado codo, etc. Esto le lleva a concluir que la Gran Pirámide es obra inspirada directamente por Dios a los arquitectos y constructores, y en ella se encierran los principios básicos de la existencia y esconde en sus dimensiones un código divino que tras su correcta interpretación permitiría descubrir lo que nos tiene reservado el futuro. Evidentemente sólo el Dios de los cristianos (el único para él) pudo inspirar esa gran obra, esto le lleva a identificar a los hicsos con los hebreos y a afirmar que fueron ellos, con San Melquisedec como arquitecto, los constructores de la maravilla.

Lo cierto es que sus conclusiones pronto fueron puestas en evidencia y denostadas por los egiptólogos a partir de constatar la falta de rigor de las mismas; empezando por la identificación de los hicsos con los hebreos (algo absolutamente imposible) y terminando por los errores de bulto en las mediciones.

William Matthew Flinders Petrie, que llegó a ocupar la cátedra de Arqueología y Filología Egipcia de la Universidad College de Londres, era un admirador de Smyth, y fruto de esa devoción acudió a Egipto en 1880. Muy pronto se dio cuenta de que las conclusiones de Smyth eran totalmente desacertadas, debido, entre otras cosas, a que se basaban en mediciones erróneas. Tras una revisión exhaustiva, Petrie volvió a dimensionar “definitivamente” las pirámides poniendo en evidencia los yerros anteriores. Su meticuloso trabajo se publicó en 1883 en el libro Las pirámides y templos de Gizeh.

Las dimensiones de la Gran Pirámide según Petrie son:

· Altura original: 146,61 m (actual: 136,86 m)

· Pendiente media: 51º 50' 35"

· Longitud del lado N: 230,364 m

· Longitud del lado E: 230,319 m

· Longitud del lado S: 230,365 m

· Longitud del lado O: 230,342 m

· Longitud Media: 230,347 m

· Desviaciones máximas sobre la media: ¡-0,028 m y +0,018!

A partir de aquí, dentro de la egiptología las teorías de Charles P. Smyth quedaron totalmente desprestigiadas. Pero no ocurrió lo mismo con la “seudoegiptología”; fue como abrir la caja de Pandora. Las investigaciones de Smyth dieron lugar a infinidad de especulaciones a cada cual más extravagante: que si fueron los atlantes los constructores; que se deben a la mano (o lo que sea) de extraterrestres; poderes mágicos; curativos; agujas de energía; bases interplanetarias; etc. etc. etc.; un empezar y no parar. Incluso con el tiempo se ha conformado una curiosa “especialidad”: la piramidalogía. El negocio en torno a esta visión fantasiosa y esotérica de las pirámides egipcias (que se extiende ya a otras pirámides del mundo) es impresionante, y no dejan de publicarse libros, revistas, panfletos, documentales,... que se mezclan con los estudios científicos en un batiburrillo caótico.

A lo largo de la Historia todos los visitantes y viajeros se han preguntado por estas magníficas construcciones y todos han querido ver algo más que una tumba. Heródoto llega a afirmar que Keops estaba poseído por La Pirámide y que llegó a prostituir a su propia hija para recaudar fondos para la construcción; los árabes buscaron tesoros; en el siglo XVII osados exploradores se adentraron por sus angostos pasadizos; y así hasta nuestros días. Las pirámides ocultan todavía muchos secretos; sin ir muy lejos, se conoce la ubicación de otro barco solar aún por excavar y armar; lo mismo se puede decir de los canales de ventilación que se llaman así por ser esa su función actual, pero no la originaria, que se desconoce. Algo parecido pasa con la forma de su planta, que no es cuadrada contra lo que pueda pensarse, sino de estrella de cuatro puntas, merced a la ligerísima inclinación que hacia el interior presenta cada uno de sus lados; produciendo un interesante efecto lumínico en los amaneceres y en los ocasos de los equinoccios gracias a la orientación cardinal de cada una de sus aristas: durante unos minutos, una mitad de los lados Este y Oeste aparece en umbría, y la otra mitad en solana.

Su sistema de construcción sigue siendo un secreto, sin que las teorías presentadas convenzan plenamente a la comunidad científica. En el último trabajo sobre este tema (2007), el arquitecto francés Jean-Pierre Houdin lanza la teoría de que se utilizaron rampas frontales y externas hasta alcanzar la altura de 45 metros y para el resto se empleó un rampa en espiral por dentro de la propia pirámide, asegurando que los túneles interiores deben estar ahí todavía. El Consejo Superior de Antigüedades Egipcias no ha dado permiso para iniciar excavaciones en el interior de la pirámide, con lo cual una nueva hipótesis queda sin verificar; más leña al fuego.


De las siete maravillas del Mundo Antiguo la pirámide de Keops es la única que queda y curiosamente es la primera que se realizó; pues el primer misterio es saber cómo una sociedad que hacía unos cinco siglos estaba aún en la edad de piedra pudo levantar este obra en 20 años allá por el 2570 a. n. e., demostrando unos conocimientos matemáticos, astronómicos y técnicos en general verdaderamente asombrosos. Si bien, hasta llegar a la perfección de las pirámides de Gizeh, los egipcios hicieron varias pruebas, destacando la pirámide escalonada de Zoser y la romboidal de Dahshur.

Pero la monumentalidad de la Gran Pirámide escapa a todo entendimiento; sirva, a modo de botón de muestra, que hasta que no se terminó la Iglesia de San Nicolás en Hamburgo en 1874 la tumba de Keops fue el edifico más alto del mundo. ¡Ojo al dato!: 4444 años después. ¡Cuatro cuatros!, ¡será por números cabalísticos! Y este dato no lo he visto por ahí publicado, como lo pille un “brujístico” saca un coleccionable.

[Para Sandra, con mi deseo de que vuelvas a Egipto y de que yo te acompañe]

© Francisco Arroyo Martín. 2009

Para citar este artículo desde el blog:

ARROYO MARTÍN, FRANCISCO. Piramidalogía. (http://franciscoarroyo.blogspot.com/2009/10/piramidologia.html). 2009

Enlaces:

Para ver la explicación de la teoría de las rampas interiores de Pierre Houdin con un espectacular gráfico en 3D y en español [Para verlo hay que bajarse el programa 3dvia player]:

[http://khufu.3ds.com/introduction/revealed/]

Puedes encontrar este video con mucha menos calidad en you tube:

How the Khufu Eqyptian Pyramid Was Built 1: [http://www.youtube.com/watch?v=Mg9mbTbNmlk]

How the Khufu Eqyptian Pyramid Was Built 2: [http://www.youtube.com/watch?v=yzqT9bNjwW4]

(OGH23H)

miércoles 7 de octubre de 2009

¿Cuándo el hombre deja de ser un mono?

La pregunta es falsa como Judas. Y en consecuencia es imposible encontrar respuesta cierta. Pero no deja de ser misterioso y atractivo intentar averiguarlo. Para empezar: ¿descendemos de un mono? ¡Pues sí! ¡¿Qué pasa?! Hay que dejarse de medias tintas y asumir lo que somos: monos,… un poco más listos que otros, pero monos. ¿Qué es eso de decir que no,.. que… lo que pasa es que… compartimos un antepasado común…; y fruslerías parecidas? ¡Al pan, pan; y al vino,… casera!

Vamos a recorrer el árbol familiar con las definiciones actuales (cada un cierto tiempo las cambian, por si fuera poco lioso de por sí para hacerlo más difícil). Comparándolo con una familia, los homo (los hombres) seríamos una especie de primos de los pan (los chimpancés) con un abuelo común, por eso ambos somos homininis. Con los gorillini (los gorilas) nuestro parentesco es de un grado más, teníamos en común con ellos un bisabuelo muy majete que nos hace a todos del clan de los homininae. Y con los ponginae (los orangutanes) el parentesco es ya más lejano, pero a pesar de todos tenemos un tatarabuelo muy simpático que se puso de pie sobre las patas traseras y nos hizo que todos seamos hominidae. Después están los hylobatidae (los gibones), unos primos tan lejanos que cuando nos cruzamos con ellos apenas nos reconoceríamos si no fuera porque compartimos un superabuelo que perdió la cola y nos hizo a todos de los hominoidea desrabados. Por último, estaría el gran patriarca común que nos hizo primates gracias entre cosas a su dedo pulgar oponible y que nos convierte en parientes, a modo de ejemplo, de los strepsirrhini (los lémures, entre otros muchos).

Bien, de este gran patriarca del que conocemos muy poco, ¿qué diríamos de él ante una súbita aparición? Seguro que algo así: «¡Tá bicho! ¡Jodio mono, lo feo que es!» Evidentemente el subrayado es mío y es la prueba irrefutable de lo que somos: unos jodidos monos que nos las damos de listos y por eso nos tenemos que diferenciar del resto de primos. Y para hacerlo en algún momento tuvimos que dejar de ser monos para ser otra cosa; vamos a intentar ver cuándo.

En la familia de los homos, nosotros, los sapiens, somos los más jovencitos. Antes tuvimos unos hermanos mayores, que a buen seguro Dios guarda en su Gloria y de los que fuimos aprendiendo poco a poco truquitos, trampillas, mañas y cosas así. Volveremos a ellos, pero no quiero olvidar a un medio hermano… medio primo que vivió con nuestra familia allá por África y al que le dio por coleccionar piedras rotas; le llamaron australopiteco (el mono del sur) y nunca se entendió muy bien su manía coleccionista. Coincidió algún tiempo con nuestro hermano mayor, el homo habilis. Este no andaba todo lo bien que la prestancia familiar exige, pero destacó por sus dotes observadoras y por una cierta indolencia. Así, viendo las colecciones pétreas de su primo, se dijo: «¿Para qué voy a ir a buscar piedras rotas si yo las puedo romper aquí, sentadito a la fresca de la cueva?» Y de esta forma comenzó la fabricación de herramientas, que para muchos es el punto determinante entre los estadios homo y piteco.

La familia empezó a crecer con el homo erectus, que heredo la habilidad de su hermano a la hora de romper piedras y fabricar cachivaches y trastos; y como era muy avispado mejoró mucho el tipo de objetos y herramientas, dando lugar a una especialización de los utensilios y de las tareas. Para otros pensadores esta división del trabajo y la socialización de la convivencia es el punto determinante. También muchos señalan la posibilidad de que poseyera algún tipo de lenguaje simbólico.

Este hermano nuestro, ya andaba erguido y le movía un espíritu aventurero envidiable; así el resto de los hermanos más próximos (rudolfensis, georgicus, antecessor, cepranensis, floresiensis, heidelbergensis, etc.) marcharon alegres y esperanzados a colonizar nuevas tierras. Al separarse cada hermano tuvo que buscarse la vida, y a unos le fue mejor y a otros peor. Algunos hicieron fortuna y vivieron largos años y otros apenas duraron unos cientos de miles de años; pero a todos la parca les segaría los pies. Estos familiares cercanos parece que adquirieron conciencia de sí mismos y de su existencia y en consecuencia de su muerte. Para otros muchos pensadores aquí está la madre del cordero.

Por último vinieron los mellizos (que no gemelos): el homo neanderthalensis y el homo sapiens. A primera vista, nuestro hermano era más fuerte, más alto y mucho más cabezón que nosotros. En una pelea nadie hubiera apostado ni un maldito euro por nosotros. Pero a falta de mejor cualidad desarrollamos una mayor destreza y astucia que unido a nuestro cuerpo menudo y ligereza de pies (vamos unos marrulleros cobardicas) nos permitió adaptarnos mejor a las frías y duras condiciones de entonces y salir triunfantes de la lucha fratricida. Aparte de pelearnos, nos comunicábamos con un lenguaje articulado, dominábamos el fuego y desarrollamos un pensamiento abstracto y unos valores estéticos (el arte). A partir de entonces es cuando nos convertimos en verdaderos hombres para otros muchos pensadores.

Una vez desparecido nuestro amantísimo hermanito, ya sin tener que andar peleando con nadie (ya sólo nos sacudimos entre nosotros mismos) pues éramos los únicos de la familia que quedábamos por aquí, nos calmamos un poco y nos quedamos quietos. Y aburridos, nos dio por criar cabras, sembrar trigo y hacer botijos. Y la tranquilidad nos permitió buscar formas de reflejar nuestro pensamiento en signos y así nació la escritura; para algunos el verdadero momento que marca la diferencia con el resto de los primos.

En conclusión se puede decir que a cada diferenciación física y biológica le acompañó un diferente estadio cultural. Pero, además esta evolución no fue ni lineal ni progresiva ni en el tiempo ni en el espacio. Como se ve, es imposible afirmar con certeza cuándo dejamos de ser monos; lo más seguro porque, como decía al principio, aún lo sigamos siendo.

Perdónenme los eruditos y especialistas la simpleza en la exposición, pero este tema es tan complicado que si además se le añade culturas, periodos, años, técnicas, lugares, utensilios, edades geológicas, glaciaciones,… ¡Para cortarse las venas!

© Francisco Arroyo Martín. 2009

Para citar este artículo desde el blog:

ARROYO MARTÍN, FRANCISCO. ¿Cuándo el hombre deja de ser un mono? http://elartedelahistoria.wordpress.com/2009/10/05/¿Cuando-el-hombre-deja-de-ser-un-mono?. 2009

(OGH22H)

viernes 4 de septiembre de 2009

La Historia en el siglo XIX

Hace un tiempo, para vendernos unos coleccionables de Historia el lema era algo parecido a esto: “Para comprender la Historia del siglo XX se necesita conocer a los historiadores del siglo XIX”.

Dejando a un lado que los libros tenían una edición horrorosa que convertían su lectura en un suplicio, si es cierto que las corrientes historiográficas del siglo pasado se forjaron y tuvieron sus orígenes en el XIX. Fue este un siglo que significó el triunfo social y económico de una clase social emergente y su sistema económico y político: la burguesía, el capitalismo y la democracia, respectivamente. Sus mayores exponentes los encontramos en la revolución francesa -como momento más trasgresor-, en el parlamentarismo inglés, -que a falta de una revolución que defender se dedicaron a conservan lo que había- y en la independencia norteamericana -que tomaron de allí y de allá. Este movimiento social y político, fructificó en la historiografía liberal que interpreta la historia desde la óptica de la burguesía triunfante. Guizot, Macaulay, Tocqueville o Thierry son algunos de los autores más importantes. La historia política, la de gobiernos y gobernantes, que gozó y goza de una amplísima difusión, bebe en las fuentes de este primer liberalismo. De alguna manera en estos momentos estamos viviendo un resurgir de esta corriente historiográfica con Francis Fukuyama -”El fin de la Historia”- y los neocon.

Pero frente a la revolución surgieron los contrarrevolucionarios que añoraban el Antiguo Régimen de reyes absolutistas que poco a poco derivaron en nacionalismos que se afanaban en buscar en el pasado elementos conformadores de una comunidad que les dotara de una identidad propia como pueblo y nación. Este movimiento político por momentos fue de la mano de otro movimiento mas estético e intelectual: el romanticismo; si bien este se ramificó en múltiples visiones y matices políticas. De esta gran corriente política surgieron dos historiografías. Por un lado el positivismo que pretendía una historia académica en la cual solo la recuperación de los hechos históricos y su ordenación explicarían el devenir de la Historia. Al positivismo, hoy totalmente desprestigiado, debemos las academias nacionales y la entrada de la historia en las universidades; siendo sin lugar a dudas los forjadores de la actual Historia como disciplina científica. En sus trabajos predomina una visión conservadora, pues con su pretendida objetividad dejaron en manos del poder la interpretación de los hechos históricos. Algunos nombres: Ranke, Niebuhr, Michelet, Taine,… La otra corriente historiográfica que surgió frente al liberalismo fue el idealismo histórico. Nace del pensamiento de Kant y Hegel y pretende hacer una historia del alma colectiva de los pueblos. El estado, la nación, se convierte en el objeto de la Historia. Herder, Fichte y el mismo Hegel son los mejores exponentes de esta corriente historiográfica que tendrá una amplia repercusión en la siguiente centuria con la historia del pensamiento y de las civilizaciones.

Pero frente a revolucionarios liberales y contrarrevolucionarios conservadores -que poco a poco se irán acomodando entre sí- surge el socialismo como un nuevo movimiento político que desarrollará y diversificará durante todo el siglo XIX, y que tiene en los pensamientos filosóficos de Marx y Engels a sus principales valedores intelectuales. Se trata de la expresión política y social de la nueva clase que surge con la revolución industrial: el proletariado. Como no podía ser de otra forma, este movimiento creará una nueva corriente historiográfica que tendrá larga trascendencia y que, de una u otra forma, perdura aún con fuerza: el materialismo histórico. Parte de la idea según la cual los hombres dependen de unas relaciones de producción independientes de su voluntad y que corresponden a un grado de desarrollo de las fuerzas productivas, que son las que determinan las estructuras políticas, sociales y económicas. Así las circunstancias materiales en las que se desenvuelve la vida de las sociedades humanas condicionan su organización política e intelectual y tienden a crear una conciencia social y una concepción del mundo coherentes. Existe una visión economicista del materialismo histórico, que derivará en la historia económica; otra más dogmática que se plasmará en la historia social; y otra más globalizadora e integradora que tendrá su mejor exponente en la corriente histórica que se representa en los «Annales».

En fin, que razón no le faltaba al slogan de los coleccionables.

[Por cierto, ¿se han fijado lo guaperas que era Carlitos Marx de joven?]

© Francisco Arroyo Martín. 2009

Para citar este artículo desde el blog:

ARROYO MARTÍN, FRANCISCO. La Historia en el siglo XIX. http://elartedelahistoria.wordpress.com/2009/09/04/la-historia-en-el-siglo-xix. 2009

Enlace de la imagen: http://commons.wikimedia.org/w/index.php?title=File:Marx2.jpg&limit=250#filehistory

(OGH21H)

domingo 23 de agosto de 2009

El problema de la objetividad en la Historia

Se trata de uno de los problemas más controvertidos en relación a la calificación de la Historia como un verdadero conocimiento científico. Actualmente está comúnmente aceptado que es imposible estudiar el hecho histórico desde un formalismo meramente objetivo y se impone una visión relativista que se genera en el conflicto entre la propia visión del pasado del historiador, basada siempre en su conocimiento y experiencia propia, y el cuadro ofrecido por el método científico de acercamiento al conocimiento histórico.

Desde el inicio del método científico el historiador tiene la obligación de intervenir “subjetivamente” en el proceso, pues tras elaborar la hipótesis de partida, necesita seleccionar los hechos históricos que son relevantes para su finalidad. Después tiene que someterlos a un análisis y a una… ¡interpretación! de los mismos. A partir de entonces establecer las causalidades y las posibles conclusiones que corroborarán o no las hipótesis de partida. Con la mera descripción del proceso y con los elementos experimentales que posee el historiador se comprende que siempre existirá esa subjetividad.

Evidentemente los resultados del proceso cognoscitivo van a depender de una serie de condicionantes del investigador, de los cuales se pueden señalar como determinantes los siguientes:

  • La posición social del historiador, que conllevará una ideología social o política, el grado de religiosidad, etc.
  • Los valores de referencia del historiador, que determinaran opiniones propias frente a los resultados de la investigación
  • Los conocimientos generales del historiador, que serán claves para establecer los criterios de selección y ordenación de los hechos del pasado cuando los dote de valor histórico.
  • Y, por último, la personalidad del historiador, que inevitablemente se plasmará en todo el proceso de investigación y en particular en la interpretación de los hechos y en la redacción de los resultados.

En conclusión puede afirmarse que es imposible encontrar verdades absolutas ni leyes inmutables que puedan explicar el devenir de la Historia. Y su valor como Ciencia hay que buscarlo en el rigor y en la honradez del historiador en aplicar el método científico en su investigación, siendo consciente que su resultado estará siempre sometido a revisión. Parafraseando a Edward H. Carr se puede afirmar que: La Historia es un diálogo continuo entre el pasado y el presente, entre los hechos históricos y el historiador

Por esta razón me gusta tanto la frase del historiador francés Anatole France y que es el origen del título de este blog: La Historia no es una Ciencia, es un Arte; en sus aciertos siempre interviene la imaginación.

¿Será esto lo que la haga tan apasionante?

© Francisco Arroyo Martín. 2009

Para citar este artículo desde el blog:

ARROYO MARTÍN, FRANCISCO. El problema de la objetividad en la Historia. (http://franciscoarroyo.blogspot.com/2009/08/el-problema-de-la-objetividad-en-la.html). 2009

Imagen: Mapa Mundi Beato de Liébana (manuscrito de Saint Severn)

[OGH20H]

lunes 17 de agosto de 2009

Brujería en la España del siglo XVII. El proceso de Zagarramurdi

webheptagrama

La Brujería

Durante los siglos XVI, XVII y XVIII en muchos lugares de Europa y Norteamérica se produjeron las “cazas de brujas” que acabaron con miles de mujeres (los brujos fueron minoría) en la hoguera o degolladas, siendo especialmente diligentes en este aspecto los calvinistas y los luteranos [Lutero llegó a afirmar que los diablos habitaban en "los loros y en las cotorras, en los monos y macacos, para que ellos puedan así imitar a los hombres"]. En España, en ninguno de los territorios que conformaban la monarquía hispánica, se dio este fenómeno con la virulencia que tuvo en estos lugares, donde algunos autores hablan de centenares de miles de condenados a muerte. Esta realidad parece desilusionar a algunos autores y eruditos que hubieran preferidos procesos escandalosos para aumentar la venta de libros, artículos, documentales, etc., pero como lo que se sabe es que aquí se actuó “racionalmente” en comparación con las atrocidades que se dieron más allá de los Pirineos, parece que no es tan llamativo.

Pentagrama

Este hecho diferenciador hispano (positivo en este caso) tiene varias explicaciones que tan sólo apuntaré. En primer lugar los teólogos hispanos habían sido los principales artífices intelectuales de la contrarreforma católica que culminó en Trento y, por lo tanto, centraron sus esfuerzos en parar las herejías que podían derivar en el protestantismo, aparte de su acoso a los criptojudíos. Por otro lado, la Inquisición española alcanzó tal grado de eficacia que le llevó a desarrollar una profunda reglamentación y metodología en los procesos judiciales que se tradujo por extensión en garantías procesales para los inculpados; claro que hablar de garantías en procesos que admitían la tortura como sistema probatorio es cuanto menos arriesgado, pero en comparación con otros tribunales europeos de la época (tanto eclesiásticos como civiles) sí puede realizarse tal afirmación. Hay que indicar que este fenómeno se produjo en todos los reinos y provincias de la monarquía hispánica a pesar de que cada uno de ellos contaba con tribunales propios y cuerpos legislativos diferentes. Y esto se debe a que la “Suprema” era el único tribunal que tenía jurisdicción en todos los territorios hispánicos, de ahí que los procesos fueran muy similares en todos los lugares al entrar esta práctica dentro de sus atribuciones desde que las Cortes de 1598 acordaran que los delitos de maleficios eran casos privativos de la Inquisición y que las demás autoridades judiciales se debían abstener de intervenir en ellos.

Por último, sin querer agotar las causas, conviene señalar la cotidianeidad de la magia y de lo exotérico en la sociedad española del siglo XVII a todos los niveles: reyes que consultaban astrólogos; validos que hacían conjuros para engendrar; alcahuetas que creaban virginidades y curaban impotencias;… [Nada nuevo: son los mismos temas con los que hoy nos fríen los "spam"]. Incluso Felipe II (el rey Prudente que le llamaban) reunió en su biblioteca numerosos libros con temas que hoy definiríamos como paranormales y sobrenaturales; el propio palacio del Escorial está construido bajo arcanos mágicos de la época; incluso un presidente de la Inquisición recurrió a un niño que se decía que podía hablar con Lucifer para que le preguntara sobre el mal que acechaba a Carlos II (El Hechizado, por cierto). Esta realidad social contribuyó, sin duda, a relativizar las prácticas de la brujería y ajustar mejor su trascendencia.

Esta peculiaridad ha derivado en atribuir a la sociedad intelectual española de la edad moderna una característica denominada “racionalismo hispano”, en la que se basaría su actuación y que se fundamentaba en la negación de la brujería como herejía. De todas formas, los procesos judiciales contra la brujería se sucedieron durante todo el siglo XVII; siendo la gravedad de las penas el verdadero elemento diferenciador, pues estas fueron casi siempre de rango menor y orientadas más a reconducir conductas morales y sociales que a la erradicación de actividades heréticas (que hubieran sido mucho más graves).

[El artículo completo y una transcripción de una relación de la epoca del auto de fe de logroño de 1609 en el que se leyeron las condenas del procesa de Zagarramurdi, en esta dirección: España del siglo XVII. El proceso de Zagarramurdi]

© Francisco Arroyo Martín. 2009

Para citar este artículo desde el blog:

ARROYO MARTÍN, FRANCISCO. Brujería en la España del siglo XVII. El proceso de Zagarramurdi (http://elartedelahistoria.wordpress.com/2009/07/30/brujeria-en-la-espana-del-siglo-xvii-el-proceso-de-zagarramurdi/). 2009

miércoles 10 de junio de 2009

El tranvía de Leganés

– ¡El tramway nos dejará en el mercado de la Cebada en poco más de media hora!
– ¡Y en la Plaza Mayor en una hora!
– ¡Y por sólo dos reales!

Similares debieron ser las exclamaciones de los leganenses cuando comenzaron a llegar las noticias sobre el tranvía (tramway entonces) que se quería hacer para ir a Madrid. Desconozco si algún ingeniero de la Compañía General Española de Tranvías se desplazó a Leganés y en la antigua plaza de la Constitución (actual de España) expusiera fervoroso las ventajas de este novedoso sistema de transporte ante un deslumbrado y alucinado auditorio. Pero conociendo el natural que se gasta la gente de por aquí, estoy seguro de que antes de ser presentado el proyecto al Ministerio de Fomento ya habrían sido interrogados los topógrafos, agrimensores e ingenieros que pulularían en 1874 por las inmediaciones, y todos y cada uno de los leganenses habrían diseccionado el diseño, corregido el presupuesto, relacionado las innumerables fallas técnicas del trazado, corregido el cuadro de tarifas, horarios y frecuencias, desechado toda la cuadra de caballos, y cuestionado muy seriamente la habilidad de los cocheros y la oportunidad de gastarse el dinero en un tramway cuando el ómnibus funcionaba a la perfección; además, dirían muchos, muy bien lo del tramway, pero el ferrocarril sigue sin pasar por Leganés a pesar del tiempo que lleva hecha la estación. Eso sí, Getafe no tendría tramway por ahora; motivo más que sobrado para apoyar entusiastamente el proyecto.

En Leganés ya funcionaba, desde 1833, una línea regular de ómnibus que unía la localidad con la calle de Toledo en Madrid, tardando en su recorrido una hora y media, aproximadamente, y con una frecuencia de una hora. Se trataba del sistema habitual de transporte interurbano del momento y empezaba a declinar ante el apogeo del ferrocarril y sobre todo del entonces novedoso tranvía. En síntesis, los tranvías eran un híbrido entre el ómnibus y el ferrocarril, y en breves palabras consistía en la instalación de raíles metálicos en los pavimentos sobre los cuales se desplazaría el convoy de pasajeros tirado por caballos.

Madrid fue la primera ciudad española en disponer de una línea de tranvía y fue el 31 de mayo de 1871, cuando se inauguró el tranvía que unía los barrios de Salamanca y de Pozas. Este dato resalta aún más la importancia de que la segunda línea de tranvías de la capital tuviera una de sus terminales precisamente en Leganés. Los principales atractivos para la instalación de una línea de este tipo hay que buscarlos en las fuertes relaciones comerciales entre Leganés y los mercados de abastos de Madrid, en particular con los productos hortícolas, y en la presencia del cuartel de las guardias valonas y de la Casa de Locos de Santa Isabel, abierta en 1851, que suponían un flujo constante de desplazamientos. Leganés se convirtió así en uno de los primeros lugares de España donde se utilizó el tranvía como medio de transporte; pero si añadimos el matiz de interurbano, ya que la línea unía cuatro poblaciones entre sí: Madrid, los dos Carabancheles y Leganés, entonces se convierte en pionero.

El proyecto de “ferro-carril (con motor de sangre) de Madrid a Leganés”, se presentó en 1875 al Ministerio de Fomento, por Juan Enrique O’Shea Hurtado de Corcuera, presidente de la Compañía General Española de Tranvías, que será la empresa que explotará la concesión. El proyecto comienza señalando la semejanza de los Carabancheles y de Leganés con los suburban-towns londinenses; ciudades periféricas a un centro metropolitano donde residían los obreros y empleados que diariamente se desplazan a la ciudad para trabajar en los centros industriales y comerciales. Y que en esos momentos esas localidades carecían de medios de transporte rápidos y confortables. Así, Leganés, a pesar de contar ya con las traviesas de la vía y con la estación de ferrocarril, no disponía del servicio; en consecuencia, la estación de ferrocarril más cercana estaba en Getafe, a unos tres kilómetros de la localidad. El viajero que quisiera ir a Madrid por este medio debía caminar esa distancia, coger el tren que venía de Alicante (con mucha posibilidad de retraso) y que le llevaría a la estación de Atocha, y caminar otros dos kilómetros hasta el centro de la capital. Cuando se inaugure la línea de Madrid a Malpartida de Plasencia, el 14 de febrero de 1876, Leganés dispondrá de un acceso ferroviario con Madrid, pero dado que la línea tenía su origen en la de Alicante, obligaba a hacer un empalme en Villaverde; tampoco sería este un medio de transporte útil para los leganenses.

Con estas condiciones Juan Enrique O’Shea llegaba a la siguiente conclusión: «sólo una vía especial puede satisfacer las necesidades, exigencias y aspiraciones de la circulación que se verifica entre Madrid, los Carabancheles y Leganés, y esa vía ha de ser forzosamente un tramway». Pero con el requisito de que esta vía especial penetre hasta el mismo centro de Madrid.

Además se pensaba que el tranvía conllevaría otras muchas ventajas, entre ellas la revalorización del suelo; en efecto, se calculaba que los solares podrían pasar de valer 2 pesetas el metro cuadrado a 25 en los Carabancheles. Además de esta ventaja económica, la instalación del tranvía tenía para sus promotores otras de marcado carácter social ¡y moral!, ya que permitiría que los obreros (principales usuarios de este servicio) no tendrían que amontonarse en los centros urbanos en viviendas decrépitas e insalubres, sino que podrán vivir en casas en las afueras, donde se mantendrán aunque mejore su condición social; ya que «despertar en el espíritu del proletario la afición a la propiedad es de una vez arrancarle a la taberna y de hecho moralizarle».

La línea arrancaría en la Plaza Mayor de Madrid; el motivo de poner la cabecera en esta plaza y no en la Puerta del Sol, eje neurálgico de la capital, se debe a que la plaza cuenta con mayor espacio para las maniobras y el estacionamiento de los coches del tranvía, y porque las industrias y comercios de mayor interés para los pueblos a los que dará servicio se encuentran ubicados en calles aledañas a esa plaza. Además la amplitud de la plaza y la ausencia de tráfico permitirán que los convoyes den la vuelta a la glorieta ajardinada que entonces había en la plaza y, de esta forma, evitar el desenganche y enganche del tiro.

Los convoyes saldrían de la plaza por el arco de la calle Toledo, seguirían esta calle hasta la glorieta de la Puerta de Toledo; bajarían por el paseo de los Ocho Hilos, que se llamaba así por el número de hileras de árboles que tenía y que es la actual prolongación de la calle de Toledo que transcurre desde la glorieta de la Puerta de Toledo a la de Pirámides; cruzarían el Manzanares por el puente de Toledo; continuarían por la carretera de Carabanchel, que hoy es prácticamente en su totalidad la calle del General Ricardos; atravesarían Carabanchel Bajo por la actual calle de Eugenia de Montijo; y el Alto por la presente avenida de Carabanchel Alto; y proseguirían por la carretera de Leganés; tras salvar el puente del arroyo Butarque, llegarían hasta la entrada del pueblo por la vía que hoy conocemos como avenida de Fuenlabrada; finalmente, la estación terminus se ubicaría en el cruce con el camino que va al cuartel de las Guardias Valonas, actual Universidad. El total del recorrido sería de 11,227 km.

El tranvía de Leganés tenía un recorrido tan largo que obligó a que la puesta en funcionamiento se realizara por fases. La línea se inauguró el 10 de junio de 1877 y llegaba desde el origen hasta el puente de Toledo; unas semanas después llegó a Carabanchel Bajo; Carabanchel Alto tuvo que esperar casi un año; y, ¡por fin!, el tramway alcanzó Leganés el 7 de junio de 1879, siendo alcalde de la localidad José Fernández Cuervo de Grado. De todas formas la línea se volverá a modificar en 1892 trasladando la estación de origen a la Puerta del Sol.

A pesar de que Juan Enrique O’Shea afirmaba que los tranvías de París eran capaces de arrastrar casi 3.600 kilogramos por caballo a 12 kilómetros a la hora, y vencer pendientes de hasta un 12 %, lo cierto es que la línea Plaza Mayor-Leganés tuvo que modificar muy pronto su sistema de tracción y arrastre. Así, en el 29 de junio de 1879, a los dos años de su instalación, las mulas se sustituyeron por máquinas de vapor en gran parte del recorrido del tranvía. Los coches tirados exclusivamente por animales, apenas duraron un mes para el caso de Leganés, y si bien durante un tiempo siguieron llegando convoyes tirados por mulas, pronto desaparecieron para dejar paso a las locomotoras. Hay que destacar que por esta circunstancia esta línea se convirtió en la primera de todo Madrid que utilizó el motor de vapor. Este sistema se mantuvo hasta 1906, año en que se terminaron las labores de electrificación de las líneas de tranvías.

La línea no contaba con paradas estables en el trayecto, ya que se consideraba más «cómodo para los viajeros el subir y bajar a la puerta de su casa», pero sí disponía de seis quioscos para uso de los empleados y para que los viajeros que lo deseasen pudieran refugiarse de las inclemencias del clima en la Plaza Mayor, Puerta de Toledo, puente de Toledo, en cada uno de los Carabancheles y en Leganés. Estos quioscos disponían de retretes «para la comodidad de los viajeros». Existían dos tipos de tarifas: una para el interior de la cabina, y la otra para los asientos de encima de la cabina, al aire libre, más económica. También existían tarifas reducidas para trayectos de ida y vuelta.

Se preveía que el uso potencial del servicio a pleno rendimiento sería de 13.300 viajeros diarios, para los cuales se debía prestar un servicio de 20.000 asientos; lo que significaba una flota de 400 coches con la frecuencia siguiente: desde las seis de la mañana hasta las diez de la noche cada cinco minutos saldría un coche hasta el Puente de Toledo, cada diez a los Carabancheles y cada media hora a Leganés. Los kilómetros recorridos serán en consecuencia 2.136, considerando que la prestación por caballo se establece en 20 kilómetros, al situarse el límite de carga en 3.000 kg, se precisaría para dar el servicio una cuadra de 280 caballos, de los cuales se utilizarán de forma efectiva 214 al día, siendo el resto de reserva.

La construcción del tranvía estaba presupuestada en 1.500.000 de pesetas, proporcional a los costes de otros tranvías en Europa, lo que significaba más de 133.000 pesetas por kilómetro. Pero de este presupuesto se pensaba solicitar la devolución de todos los derechos de aduana que sobre las importaciones debía de cobrar el estado, cuya cantidad ascendía a 306.711,65 ptas.; con lo cual el presupuesto definitivo quedaría reducido a 1.200.000 ptas. Además se había incluido una partida de repuestos previstos para los diez primeros años de explotación.

Las tarifas originarias eran:
Destino ____________Cabina______ Arriba
A Leganés__________0,73 ptas. ____0,54 ptas.
A Carabanchel Alto ___0,42 ptas. ___0,38 ptas.
A Carabanchel Bajo __0,30 ptas. ____0,22 ptas.
Al puente de Toledo __0,12 ptas. ___0,09 ptas.

En función de las tarifas y de los usuarios potenciales, se establece que los ingresos estimados se situarían en un millón de pesetas anuales. Y que los gastos alcanzarían el 70 % de los ingresos, ofreciendo una liquidez de 355.455 pesetas anuales. En función de estas previsiones, Juan Enrique O’Shea señala que el interés que generaría la inversión de 1.200.000 pesetas, considerando que la cuenta de ingresos y gastos dejaría un remanente de 175.000 pesetas, sería nada menos que del 12,83 %.

El tranvía Madrid-Leganés prestó servicio desde su inauguración hasta 1936, pero antes vivió interesantes transformaciones e innovaciones. Así, el 2 de diciembre de 1900 la línea se amplió hasta la Puerta del Sol merced a las presiones de los usuarios. Esta línea completó la electrificación de los tranvías madrileños el 15 de febrero de 1903, si bien el servicio de mulas a lo largo de la calle Toledo continuó hasta enero de 1906. Tras la electrificación, a la línea “Sol-Leganés” se le asignó el número 25. En 1909 se dobló la línea permitiendo una notable mejora en las frecuencias. En 1926 se abrió un ramal que llegaba al Hospital Militar de Gómez Ulla por el paseo de la actual calle de Muñoz Grandes.


En los años de la II República Española, la línea de Leganés era una de las 47 líneas de tranvías existentes en Madrid, y funcionó hasta 1936, cuando Leganés fue ocupada por las tropas rebeldes de Franco. Su servicio no se restauró tras la finalización de la Guerra Civil, como ocurrió con otras 27 líneas de tranvías más, y el servicio a Leganés se prestaría desde entonces con autobuses.

© Francisco Arroyo Martín. 2009

Extracto del artículo El tranvía de Leganés, publicado por el autor en las Actas del V Congreso del Instituto de Estudios Históricos del Sur de Madrid “Jiménez de Gregorio”. Madrid: 2007. Páginas 67-84.

Artículo publicado por el autor en los números 3 y 4 de la Revista Cultural EL ZOCO. Pinchar aquí para leerlo en la revista

Para citar este artículo desde el blog: ARROYO MARTÍN, Francisco. El Tranvía de Leganés. http://franciscoarroyo.blogspot.com/2009/06/el-tranvia-de-leganes.html. 10 de junio de 2009.

domingo 10 de mayo de 2009

La bandera europea es un símbolo mariano basado en una visión del Apocalipsis

A pesar del teórico laicismo de la Unión Europea parece ser que la bandera que representa a esta institución (y con la cual todos nos identificamos, dicho sea de paso) tiene un profundo simbolismo religioso, en concreto católico y mariano.

Ayer, 9 de mayo se celebró el día de Europa. Y como tal la bandera azul estrellada ondeó en todos los sitios oficiales de la Unión Europea y de muchas instituciones más en su homenaje. Pero lo que pocos saben es el sentido católico de esta divisa.

Originalmente esta bandera era el emblema del Consejo de Europa, que era un organismo diferente al embrión de la actual Unión Europea (la Comunidad Europea del Carbón y del Acero) y que entre sus objetivos tenían la defensa de los Derechos Humanos y la promoción de la cultura europea.

En 1955 el francés Arsène Heitz ganó un concurso de ideas para elegir bandera del citado Consejo de Europa con el diseño que conocemos: rectángulo azul en el que se insertan doce estrellas amarillas de cinco puntos equidistantes. Esta bandera fue aprobada por el comité ministerial el 8 de diciembre de ese año; curiosamente el día que los católicos celebra la Inmaculada Concepción de María [Patrona de España también y uno de los pilares del puente más largo del año]

Posteriormente la bandera fue adoptada como enseña del Parlamento Europeo en 1983, y en 1985 fue adoptada por los Jefes de Estado y Gobierno miembros como emblema oficial de las entonces Comunidades Europeas. Finalmente en 1992 pasó a ser la bandera de la actual Unión Europea.

La página oficial de la Unión Europea da a la bandera un valor laico e integrador:

Es el símbolo no sólo de la Unión Europea sino también de la unidad e identidad de Europa en un sentido más amplio. El círculo de estrellas doradas representa la solidaridad y la armonía entre los pueblos de Europa.

El número de estrellas no tiene nada que ver con el número de Estados miembros. Hay doce estrellas porque el número doce es tradicionalmente el símbolo de la perfección, lo completo y la unidad. Por lo tanto la bandera no cambia con las ampliaciones de la UE.

También dicen en esta página que el doce es un número simbólico que representa la integridad y que el círculo representa la unidad. Pero simbologías del 12 hay las que queramos: meses, horas, zodiaco, vueltas que da la luna a la tierra, apóstoles de Jesús, hijos de Jacob y tribus de Israel, dioses del Olimpo, Vía Crucis, las tablas de la ley romana, los mandamientos cristianos, los trabajos de Hércules, … vamos, para no parar.

Bueno, pues también las doce estrellas doradas es la representación tradicional de María como Reina del Cielo. Pero en esta caso no estamos especulando con el posible significado, pues según confesión de Arsène Heitz, autor de la enseña: “inspirado por Dios, tuve la idea de hacer una bandera azul sobre la que destacaban las doce estrellas de la Inmaculada Concepción de Rue du Bac; de modo que la bandera europea es la bandera de la madre de Jesús que apareció en el cielo coronada de doce estrellas

Efectivamente Heitz declaró en la revista “Lourdes magazine” en julio de 2004, haberse inspirado en un pasaje del Libro del Apocalipsis, capítulo 12, donde “…una mujer vestida del sol, con la luna bajo sus pies, y sobre su cabeza una corona de doce estrellas…” que va a dar a luz un hijo “…que regirá con vara de hierro a todas las naciones…” se enfrenta a un dragón. Así como, también afirmó haber basado su diseño en la corona duodecastelada (de doce estrellas) sobre fondo azul de la Medalla Milagrosa basada en las visiones de Catherine Labouré en la iglesia parisina de la Rue du Bac y en la que reza “conçue sans péché” (concebido sin pecado), lema de lo que posteriormente sería el dogma de la Inmaculada Concepción; ya he señalado que el día que se celebra este dogma se aprobó oficialmente la bandera.

Además, el 11 de diciembre de 1955, tres días después de la aprobación de la bandera el propio Consejo de Europa inauguró un vitral en la catedral de Estrasburgo en honor a la Virgen coronada con la “Corona Stellarum Duodecim” o corona de doce estrellas.

Hace un tiempo asistimos al debate sobre si la Constitución Europea debía incluir alguna referencia a las “raíces cristianas” de nuestro continente; pero en este debate nadie sacó a colación que ya contábamos con un emblema claramente cristiano y, a más a más, católico. Ni siquiera el papa Juan Pablo II mencionó este hecho cuando intervino en esa polémica, ni mencionó que Europa es un continente consagrado a María desde los tiempos de Clemente V (siglo XIV). Cuesta creer que esto se debiera a un olvido y muchos menos a ignorancia; ¿optaron los católicos por mantener esta “consagración” de forma oculta tras la simbología de la bandera? ¿De haber conocido este simbolismo, la reacción hubiera sido la misma? Esclarecedor es el caso del francés Jean-Baptiste Nicolas Robert Schuman, al que se le considera como uno de los “padres de Europa” en referencia a su determinante participación en la creación de las Comunidades Europeas y que actualmente se encuentra en proceso de beatificación.

Para los agnósticos es tremendamente perturbador, pero qué deciros de los protestantes que rechazan el culto a María por considerarlo contrario al párrafo del Éxodo que dice “”No tendrás dioses ajenos delante de mí”; recordar que Margaret Thatcher decía que la Unión Europea era una conspiración católica.

De todas formas, el valor de los símbolos es el que le dan los que reconocen los propios símbolos; y si para la inmensa mayoría de europeos la bandera significa unidad integración y equidad, ese es su verdadero valor y significado.

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Apocalipsis. Cap. 12

Apareció en el cielo una gran señal: una mujer vestida del sol, con la luna debajo de sus pies, y sobre su cabeza una corona de doce estrellas. Y estando encinta, clamaba con dolores de parto, en la angustia del alumbramiento.

También apareció otra señal en el cielo: he aquí un gran dragón escarlata, que tenía siete cabezas y diez cuernos, y en sus cabezas siete diademas; y su cola arrastraba la tercera parte de las estrellas del cielo, y las arrojó sobre la tierra. Y el dragón se paró frente a la mujer que estaba para dar a luz, a fin de devorar a su hijo tan pronto como naciese.

Y ella dio a luz un hijo varón, que regirá con vara de hierro a todas las naciones; y su hijo fue arrebatado para Dios y para su trono.

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domingo 26 de abril de 2009

Leganés, Ciudad Cervantina

He publicado en bubok.com una conferencia sobre los lugares de Leganés con relación con Miguel de Cervantes o con el Quijote.

Te la puedes bajar gratis en PDF en esta dirección: Leganés, Ciudad Cervantina. Te invito a bajártela, leerla y que me digas lo que te parece.

Sinopsis:
Se trata de un recorrido por Leganés por los lugares relacionados con Cervantes o con El Quijote.
Es sorprendente las cosas que podremos descubrir en esta ciduad que rememoran la figura de Cervantes o de su personaje más universal.

Ficha

Autor: Francisco Arroyo Martín
Categoría: Ensayo
Subcategoría: Humanidades
N° de páginas: 33
Tamaño: 170×235
Estado: Público
Interior: Color

El Escudo Republicano

En estos días he leido en algunos blogs, dudas sobre que el escudo republicano tuviera una corona.
El escudo presenta una una corona mural. Se trata de una corona de oro con forma de muralla que en la República de Roma se otorgaba como premio a todos aquellos soldados que coronaban primero una muralla en un asalto o izaban el estandarte del Senado Romano en una ciudad invadida. Se trata por tanto de un símbolo militar y que reconocía un hecho notable en batalla.

Actualmente está presente en los escudos de varias localidades españolas (Tárraga, Seva, provincia de Gerona, etc.) y representaba en heráldica que no era una localidad dependiente del poder real y poseía como entidad sus derechos jurisdiccionales. Otras localidades presentaban (y actualmente algunas lo mantienen) en sus escudos coronas señoriales, condales, marquesales o ducales, según fuera el poseedor de los derechos jurisdiccionales de la misma.

En segundo lugar hay que señalar que se eliminan todas las referencias monárquicas clásicas del escudo tradicional: el cuartel central con las flores de lis de los borbones, las coronas reales e imperiales que coronaban (valga la redundancia) las columnas de Hércules, las olas representativas del Océano y la corona del león del cuartel perteneciente al reino leonés.

De todas formas la confusión duró algún tiempo, así en alguno de los carteles republicanos más difundidos el escudo sigue manteniendo las flores de lis borbónicas y las bandas de la bandera mantienen la disposición tradicional, siendo la amarilla el doble de ancha.


Aquí reproduzco el decreto en el cual se definen la bandera y el escudo de la II República Espñaola.

Decreto del 27 de abril de 1931 del gobierno provisional de la República publicado por la Gaceta de Madrid el 28 de abril de 1931

Adoptando como Bandera nacional para todos los fines oficiales de representación del Estado, dentro y fuera del territorio español, y en todos los servicios públicos, así civiles como militares, la bandera tricolor que se describe.

El alzamiento nacional contra la tiranía, victorioso desde el 14 de abril, ha enarbolado una enseña investida por el sentir del pueblo con la doble representación de una esperanza de libertad y de su triunfo irrevocable. Durante más de medio siglo la enseña tricolor ha designado la idea de la emancipación española mediante la República. En pocas horas, el pueblo libre, que al tomar las riendas de su propio gobierno proclamaba pacíficamente el nuevo régimen, izó por todo el territorio aquella bandera, manifestando con este acto simbólico su advenimiento al ejercicio de la soberanía.

Una era comienza en la vida española. Es justo, es necesario, que otros emblemas declaren y publiquen perpetuamente a nuestros ojos la renovación del Estado. El Gobierno provisional acoge la espontánea demostración de la voluntad popular, que ya no es deseo, sino hecho consumado, y la sanciona. En todos los edificios públicos ondea la bandera tricolor. La han saludado las fuerzas de mar y tierra de la República; ha recibido de ellas los honores pertenecientes al jirón de la Patria. Reconociéndola hoy el Gobierno, por modo oficial, como emblema de España, signo de la presencia del Estado y alegoría del Poder público, la bandera tricolor ya no denota la esperanza de un partido, sino el derecho instaurado para todos los ciudadanos, así como la República ha dejado de ser un programa, un propósito, una conjura contra el opresor, para convertirse en la institución jurídica fundamental de los españoles. La República cobija a todos. También la bandera, que significa paz, colaboración de los ciudadanos bajo el imperio de justas leyes. Significa más aún: el hecho, nuevo en la Historia de España, de que la acción del Estado no tenga otro móvil que el interés del país, ni otra norma que el respeto a la conciencia, a la libertad y al trabajo. Hoy se pliega la bandera adoptada como nacional a mediados del siglo XIX. De ella se conservan los dos colores y se le añade un tercero, que la tradición admite por insignia de una región ilustre, nervio de la nacionalidad, con lo que el emblema de la República, así formado, resume más acertadamente la armonía de una gran España.

Fundado en tales consideraciones y de acuerdo con el Gobierno provisional, Vengo en decretar lo siguiente:

1. Se adopta como bandera nacional para todos los fines oficiales de representación del Estado dentro y fuera del territorio español y en todos los servicios públicos, así civiles como militares, la bandera tricolor que se describe en el art. 2º de este Decreto.

2. Tanto las banderas y estandartes de los Cuerpos como las de servicios en fortalezas y edificios militares, serán de la misma forma y dimensiones que las usadas hasta ahora como reglamentarias. Unas y otras estarán formadas por tres bandas horizontales de igual ancho, siendo roja la superior, amarilla la central y morada oscura la inferior. En el centro de la banda amarilla figurará el escudo de España, adoptándose por tal el que figura en el reverso de las monedas de cinco pesetas acuñadas por el Gobierno provisional en 1869 y 1870.

En las banderas y estandartes de los Cuerpos se pondrá una inscripción que corresponderá a la unidad, Regimiento o Batallón a que pertenezca, el Arma o Cuerpo, el nombre, si lo tuviera, y el número. Esta inscripción, bordada en letras negras de las dimensiones usuales, irá colocada en forma circular alrededor del escudo y distará de él la cuarta parte del ancho de las bandas de la bandera, situándose en la parte superior y en forma que el punto medio del arco se halle en la prolongación del diámetro vertical del escudo. Las astas de las banderas serán de las mismas formas y dimensiones que las actuales, así como sus moharras y regatones, aunque sin otros emblemas o dibujos que los del Arma, Cuerpo o Instituto de la unidad que lo ostente, y el número de dicha unidad. En las banderas podrán ostentarse las corbatas ganadas por la unidad en acciones de guerra.

3. Las Autoridades regionales dispondrán que sucesivamente sean depositadas en los Museos respectivos las banderas y estandartes que hasta ahora ostentaban los Cuerpos armados del Ejército y los Institutos de la Guardia Civil y Carabineros. El transporte y entrega de dichos emblemas se hará con la corrección, seriedad y respeto que merecen, aunque sin formación de tropas, nombrándose por cada Cuerpo una Comisión que, ostentando su representación, realicen aquel acto, y formándose la Comisión receptora por el personal del Museo.

4. Las escarapelas, emblemas y demás insignias y atributos militares que hoy ostentan los colores nacionales o el escudo de España, se modificarán para lo sucesivo, ajustándolas a cuanto se determina en el artículo 2º.

5. Las banderas nacionales usadas en los buques de la Marina de guerra y edificios de la Armada, serán de la forma y dimensiones que se describen en el art. 2º. Las banderas de los buques mercantes serán iguales a las descritas anteriormente, pero sin escudo. Las banderas y estandartes de los Cuerpos de Infantería de Marina y Escuela Naval serán sustituidas por banderas análogas a las descritas para los Cuerpos del Ejército. Las astas, moharras y regatones se ajustarán asimismo a lo que se dispone para las de los Cuerpos del Ejército.

6. Las Autoridades departamentales y Escuadra dispondrán que sucesivamente sean depositadas en el Museo Naval las banderas de guerra regaladas a los buques y estandartes que hasta ahora ostentaban los Regimientos de Infantería de Marina y Escuela Naval. El transporte y entrega de estas enseñas se hará con la corrección, seriedad y respeto que merecen, aunque sin formación de tropa, nombrándose por cada Departamento o buque una Comisión receptora por el personal del Museo.

7. Las escarapelas, emblemas y demás insignias y atributos militares que hoy ostentan los colores nacionales o el escudo de España se modificarán para lo sucesivo, ajustándolas a cuanto se determina en el artículo 2º.

Salud y República.

viernes 10 de abril de 2009

El PSOE en los inicios de la II República

He publicado en bubok.com una conferencia sobre el PSOE en los primeros años de la II República que a lo mejor te interesa.
Te la puedes bajar gratis en PDF en esta dirección: El PSOE en los incios e la II República. Te invito a bajártela, leerla y que me digas lo que te parece.

Sinopsis:
Conferencia impartida por el historiador Francisco Arroyo Martín con motivo del 75 aniversario de la proclamación de la II República Española en la cual se analiza el papel jugado por el PSOE desde el momento de la proclamación republicana hasta la aprobación de la Constitución de 1931.
Por primera vez los partidos obreros llegaban al poder en España; y lo hacían por medios democráticos y con una revolución incruenta que produjo un cambio de régimen político.
Evidentemente este hecho marcará el devenir de los partidos de izquierda, y, en concreto, el del PSOE. Desde el origen del partido se aprecian dos líneas de actuación por parte de sus dirigentes, a las que podríamos resumir como vía revolucionaria y vía reformista. En el periodo que vamos a analizar encontraremos la expresión más genuina de esta dicotomía.



Ficha:

1 hora de lectura
Autor: Francisco Arroyo Martín
Categoría: Humanidades e Historia
Subcategoría: Historia contemporanea
N° de páginas: 36
Tamaño: 170x235
Estado: Público
Interior: Blanco y negro

También puedes leerla en: El Arte de la Historia en blogspot o en El Arte de la Historia en Word Press

Un saludo.

Este año voy a ir a la Oktoberfest de Munich

Pues eso,... este año nos vamos a la fiesta de la cerveza de Munich. Y la verdad lo que estoy viendo por internet parece que da lo que promete: mucha fiesta, mucha cerveza y muchas calorías.

Lo cierto es que me recuerda de cierta forma a la Feria de Abril, pero con cerveza en vez de manzanilla; traje tirolés o bávaro en vez de la bata de faralaes; mucho blanco y azul en vez de blanquiverde; y grandes percherones en vez de esbeltas jacas andaluzas.

Lo que si me está asustando un poco es el asunto este de las reservas para entrar en las carpas de la Weis, pues en algunas que he podido abrir la hoja de reservas parece un asunto un poco complejo. Si alguien conoce algún enlace [en castellano, please ¡Dios! Me siento como un verdadero analfabeto] para poder hacer las reservas o alguna página para informarme, estaría muy agradecido de que me lo haga saber. Ya he visitado las páginas oficiales de la ciudad de Munich y la de la propia Oktoberfest.

Igualmente agradecería consejos de todos los que hayáis estado por allí.

Ya os contaré como va.

Lo que os decía:

El Percherón

El traje Campero de allí

Una de las 14 Carpas

Otra cosa curiosísima ¡Oir lo que cantan estos germanos con un par de "masas"!

viernes 2 de enero de 2009

El coleccionismo de arte en el siglo XVII

En el siglo XVII hubo una verdadera fiebre por el coleccionismo; por cualquier serie de artilugios u objetos que alguien pueda imaginar: calaveras enanas, relojes, autómatas, fósiles, ídolos aztecas que se traían de América o los finos y delicados cristales de Murano, conchas marinas, estatuas romanas,...; cualquier cosa podía ser objeto de colección de los espíritus caprichosos y asombradizos de la nobleza de la época. Las colecciones se acumulaban en las lujosas cámaras de sus mansiones y ellos competían orgullosos por mostrarlas a todo el mundo. Tal fue su profusión que se llegaron dividir y clasificar de sugerentes maneras; así a las colecciones de artilugios originados por el ingenio humano las llamaban “artificialias”, y “naturalias” a las que producía la naturaleza.


La nobleza no hacía con esta costumbre otra cosa que copiar a los reyes, que eran los primeros en acumular objetos y artefactos para su distracción, solaz y deleite. Y el arte pictórico (en todas sus manifestaciones: lienzo, tabla, tapiz, grabado, etc.) no podía ser menos. En la España del siglo XVII destaca la figura de Felipe IV, que atesoró una innumerable colección de pinturas. Tres razones influyeron en este afán real: el propio gusto personal del monarca, la presencia de Velázquez como primer pintor real y la ornamentación del palacio del Buen Retiro como obra arquitectónica más señalada de la época. Pero de todas formas, no hacía otra cosa que seguir el modelo de su abuelo, Felipe II, a quien, por su pasión por los libros y códices antiguos, debemos que España posea la más completa biblioteca medieval del mundo en El Escorial.


Las salas del palacio del Buen Retiro de Felipe IV albergaron la mejor y más completa pinacoteca de su época, con cuadros de todas las escuelas y géneros pictóricos, que además era uno de los primeros ejemplos de una colección organizada con algún criterio específico: sala de paisajes, sala de retratos, sala de bufones, sala de las batallas, etc.


En este ambiente no es raro que las colecciones se prodigarán entre la nobleza española del siglo XVII. Destacando las colecciones del duque de Monterrey, marqués de Leganés, conde de Benavente, marqués de la Torre, Jerónimo Villafuerte Zapata, Juan de Velasco, Juan de Lastosa, Jerónimo Funes Muñoz, Suero de Quiñones o Juan de Espina, entre otras muchas dignas de reconocimiento. La visita, admiración y elogio, en su caso, de las colecciones era actividad obligada en la sociedad de la época; muchos grandes literatos nos dejaron glosas de las mismas: entre otros, Gracián, Carducho o el mismo Quevedo.


Por referir algunas de las colecciones más curiosas, citaré la de Juan de Velasco que se componía de curiosidades de la naturaleza y de multitud de autómatas. O la de Juan de Lastosa, en Huesca, que reunía una serie de autómatas que representaban a los más diversos animales salvajes, reales o ficticios: dragones, leones, leopardos, grifos, elefantes, rinocerontes, camellos, panteras, tigres,... O la colección de primorosos instrumentos musicales que, entro otras muchas series singulares, poseía el enigmático madrileño Juan de Espina, quien ordenó en su testamento la destrucción de una colección de figuras humanas de damas y galanes que tenía dispuestas por los corredores de su casa en fingidas fiestas (¿y bacanales?).


El marqués de Leganés es un fiel exponente de esta costumbre, que en su caso casi se convirtió en una obsesión. Es asombroso el número de artilugios que atesoraba en sus casas según se desprende del inventario que se hizo de sus bienes tras su muerte: relojes [algunos con autómatas, como en la plaza Mayor de Leganés; ¡Cuántas vueltas da el mundo!], espadas, piezas de artillería, estatuas (entre ellas una veintena de bustos de bronce de emperadores romanos), espejos,... Vicente Carducho, en sus Diálogos de la pintura (Madrid, 1633), destaca de la colección del marqués de Leganés, además de sus cuadros, su "muchedumbre" de ricos muebles y sus "espejos singulares", así como sus "relojes extraordinarios". En verdad, un sin fin de objetos, pero lo verdaderamente asombroso era su colección de pinturas: ¡más de 1.300 pinturas poseía el buen señor! Tan sólo por el número ya sería extraordinaria [el palacio del Buen Retiro tenía unos 800 cuadros], pero lo verdaderamente importante era la calidad de gran parte de las obras que contenía. Pero no fue el único potentado enamorado del arte, también eran notables las colecciones de pinturas del conde de Monterrey, del marqués de Castel Rodrigo, del almirante de Castilla, del duque del infantado o la del protonotario Jerónimo de Villanueva; y no sólo los nobles acumulaban pinturas, sirva como ejemplo que Las Hilanderas de Velázquez pertenecía a la esplendida colección del “plebeyo” Juan de Arce.


Imagen: La Vista. Jan Brueghel 'el Viejo' y Pedro Pablo Rubens, Pedro Pablo. 1617. Óleo sobre tabla. 65 cm x 109 cm. Museo del Prado. Madrid. Ver entrada del Museo del Prado


© Francisco Arroyo Martín. 2009


Extracto del artículo La Colección de Pinturas del I Marqués de Leganés, publicado por el autor en el número 2 de la Revista Cultural EL ZOCO. Pinchar aquí para leerlo completo


Para citar este artículo desde el blog: ARROYO MARTÍN, Francisco. El coleccionismo de arte en el siglo XVII. http://franciscoarroyo.blogspot.com/2009/01/el-coleccionismo-de-arte-en-el-siglo.html. 2 de enero de 2009.

sábado 11 de octubre de 2008

El vino en el siglo XVII

La llegada del vino a la península ibérica debió de producirse entre los siglos VI o V a.n.e. y lo debieron traer los fenicios; después su consumo se extendió con la llegada de los romanos. Entonces los vinos eran casi siempre de cosecha (si bien ya existían técnicas de envejecimiento en barro) y al mosto fermentado se le añadían otros licores o se le endulzaba con melazas y mieles. Algún vestigio de ese tipo de vino queda aún en las mistelas, moscateles, arropes, embocados e incluso en el vino de misa.

Tras la extensión del cristianismo el consumo del vino se popularizó en toda Europa y, lo que es más importante, se incorporó como elemento fundamental de la dieta alimenticia para la población más humilde por el alto valor calorífico que poseía. Ejemplos de este empleo del vino son frecuentísimos en la literatura picaresca española, así, por ejemplo, el primer alimento que toma Lazarillo de Manzanares fueron unas sopas de vino.

Pero esta popularización del consumo del vino también vino acompañado de la descalificación moral de la embriaguez. La moral romana era muy permisiva con las borracheras, baste sólo recordar las bacanales; pero para los cristianos medievales un alcohólico podía ser incluso excomulgado, el episodio bíblico de la borrachera de Noe parece que es determinante. En el siglo XVII, llamar a alguien borracho era considerado un insulto muy grave y podía dar lugar a que se sacaran las espadas de las vainas. También era frecuente que en las normas monásticas, tanto de frailes como de monjas, se aconsejase el consumo moderado del vino en las comidas y a la vez se condenase muy gravemente al religioso ebrio.

Se trataba de un tipo de vino afrutado y denso que permitía aguarlo, por lo cual era entonces muy frecuente añadir agua al vino para rebajar la textura y la graduación; también era frecuente añadir vino al agua para purificarla y desinfectarla [Qué fácil es recordar las palabras de Jesús en las bodas de Caná: “Llenad de agua esas tinajas” Juan 2:5].

Fueron los franceses los primeros en “fabricar” el tipo de vino que hoy tomamos habitualmente. Y lo lograron conjugando la tradición mediterránea del vino con nuevas formas de fermentación, almacenamiento y comercialización, muchas provenientes de la cultura del centro de Europa. Fue en la región de Burdeos y Champaña donde se produjo esta verdadera revolución.

En el siglo XVII se conformaron todos los elementos básicos del vino actual, la recolecta y fermentación separada, la crianza en madera, la conservación y crianza en botella, el tapón de corcho, la doble maceración, el reposo en bodegas para mantener constante la temperatura y humedad, etc. Sirva como ejemplo el tapón de corcho. Este utensilio fue reincorporado a la crianza del vino [ya había sido utilizado en Roma] por un bodeguero francés que a todos nos suena, si bien solo unos pocos habrán catado su producto: estoy hablando de Pierre Perignón de Hautvillers. Gracias a este artilugio pudo dar forma a su creación más genial y genuina: el Champaña, vino carbonatado que consigue su bouquet merced a una doble fermentación en botella, solo posible gracias al tapón de corcho. Pero las innovaciones fueron muchas más y muy variadas.

A los reinos españoles las novedades llegaron rápidamente y las tradicionales regiones productores de vino (que son prácticamente las actuales) se adaptaron pronto a las novedades que venían de más allá de los pirineos. En particular fueron hábiles los riojanos que con unas condiciones bio-geográficas envidiables para la crianza de este tipo de vino gracias la edafología del terreno y a la climatología, lograron adueñarse rápidamente del mercado castellano y, lo que fue aún más importante, iniciar las exportaciones a Inglaterra una vez que Felipe II, como señor de Vizcaya, abrió el puerto de Bilbao a este producto a cambio de que los vinateros riojanos se aprovisionaran obligatoriamente en las herrerías vascas de herrajes, cinchas para la tonelería, ruedas, etc.

A partir de aquí, el desarrollo vinícola de la cuenca alta del río Ebro, con verdaderos emporios en Logroño, Haro y Calahorra, fue espectacular: se producía más de lo que se consumía, se exportaba el excedente, el viñedo se apoderó de la casi totalidad de suelo, se dispusieron medidas políticas y económicas para potenciar la venta del producto y pronto los vinateros y bodegueros se convirtieron en un “lobby” político y social; todas las instituciones, las relaciones económicas y la estratificación social giraba ya entorno al vino. Estas condiciones permitieron que a lo largo del seiscientos se consolidara un tipo de vino: el Rioja.

También en estos años del siglo XVII se comenzaron a popularizar los vinos blancos andaluces, los catalanes de alta graduación, o los suaves vinos portugueses del Duero. La colonización europea de nuevas tierras extendió igualmente el cultivo del vino por los demás continentes: del siglo XVI son las primeras plantaciones chilenas y del XVII en Sudáfrica y California.

Un incendio que se produjo en Valladolid en 1561 dejó a la luz 60 bodegas particulares en 440 casas con más de 250.000 litros almacenados, considerando que la población de esta ciudad castellana era de unos 30.000 habitantes y que la zona afectada era pequeña, la cantidad guardada para el consumo propio era tremenda. En Madrid existen algunos datos que hablan de una media de 200 litros de vino per capita en los años iniciales del siglo XVII. El vino reinaba de forma absoluta como bebida nacional ya que la cerveza entonces apenas era conocida y las pocas fábricas que existían en Madrid daban servicio a la Casa Real (desde Carlos V era frecuente en su dieta), a los embajadores europeos y a la nobleza más “snob” de entonces. Su éxito estaba por llegar. Durante este siglo todavía era frecuente el consumo del vino mezclado con agua, especias, zumos, miel, azúcar, nieve y otros aditamentos, o bien otros licores espirituosos; dando lugar a multitud de limonadas y sangrías; los “calimochos” y “rebujitos” actuales no dejan de ser herederos de esta costumbre.

Sobre la técnica de aguar el vino, todo un catedrático de la Universidad de Valladolid, el doctor Gerónimo Pardo, escribió el Tratado del vino aguado y agua envinada, sobre el aforismo 56 de la sección 7 de Hipócrates (Valladolid, Imprenta de Valdivieso, 1661). En este grueso y erudito libro el autor analiza pormenorizadamente las cantidades, proporciones, remedios, usos, etc., con citas frecuentes de los clásicos Hipócrates, Plutarco, Macrobio,… comparando la importancia alimenticia del vino con la de la leche. Para este insigne profesor el vino era un purificador de los humores; un poderoso nutriente que engendraba sangre saludable y criaba buenos colores; un ahuyentador del dolor y de la tristeza; era consuelo de la senectud, leche de los viejos; medicamento, antídoto y triaca contra todo veneno; también causa de sueño a los que estaban faltos de él; y hacía a los hombres valientes, fuertes y atrevidos; y era la mejor prueba de cuáles son los buenos y malos ingenios. Por último, lo consideraba un buen estimulante para el sexo, mucho más eficaz en las mujeres, menos atemperadas que los hombres según el sentir de entonces.

No cabe duda de que ya existían los catadores de vinos, llamados entonces (y ahora también, aunque el término está en desuso) mojones, y que ya asombraban por su capacidad para discernir por el olor, color y sabor las virtudes y características de los vinos. Y uno de ellos era, nada más y nada menos, que el bueno de Sancho Panza, que lo era además por linaje. Así se lo cuenta al escudero del Caballero del Bosque en la aventura del mismo nombre:

Don Quijote de la Mancha, II parte,

Capítulo XIII.

Donde se prosigue la aventura del Caballero del Bosque, con el discreto, nuevo y suave coloquio que pasó entre los dos escuderos

(…)

—Por mi fe, hermano —replicó el del Bosque—, que yo no tengo hecho el estómago a tagarninas ni a piruétanos ni a raíces de los montes; allá se lo hayan con sus opiniones y leyes caballerescas nuestros amos, y coman lo que ellos mandaren; fiambreras traigo y esta bota colgando del arzón de la silla, por sí o por no; y es tan devota mía, y quiérola tanto, que pocos ratos se pasan sin que la dé mil besos y mil abrazos.

Y, diciendo esto, se la puso en las manos a Sancho, el cual, empinándola puesta a la boca, estuvo mirando las estrellas un cuarto de hora, y, en acabando de beber, dejó caer la cabeza a un lado, y, dando un gran suspiro, dijo:

—¡O hideputa, bellaco, y cómo es católico!

—¿Veis ahí dijo el del Bosque, en oyendo el hideputa de Sancho— como habéis alabado este vino, llamándole «hideputa»?

—Digo —respondió Sancho— que confieso que conozco que no es deshonra llamar hijo de puta a nadie cuando cae debajo del entendimiento de alabarle. Pero dígame, señor, por el siglo de lo que más quiere: ¿este vino es de Ciudad Real?

—¡Bravo mojón! —respondió el del Bosque—; en verdad que no es de otra parte, y que tiene algunos años de ancianidad.

—¡A mí con eso! —dijo Sancho—; no toméis menos, sino que se me fuera a mí por alto dar alcance a su conocimiento. ¿No será bueno, señor escudero, que tenga yo un instinto tan grande y tan natural en esto de conocer vinos, que en dándome a oler cualquiera, acierto la patria, el linaje, el sabor, y la dura y las vueltas que ha de dar, con todas las circunstancias al vino atañederas? Pero no hay de qué maravillarse, si tuve en mi linaje por parte de mi padre los dos mas excelentes mojones que en luengos años conoció la Mancha; para prueba de lo cual les sucedió lo que ahora diré. Dieronles a los dos a probar del vino de una cuba, pidiéndoles su parecer del estado, cualidad, bondad o malicia del vino; el uno lo probó con la punta de la lengua, el otro no hizo más de llegarlo a las narices. El primero dijo que aquel vino sabía a hierro, el segundo dijo que más sabía a cordobán. El dueño dijo que la cuba estaba limpia y que el tal vino no tenía adobo alguno, por donde hubiese tomado sabor de hierro ni de cordobán. Con todo eso, los dos famosos mojones se afirmaron en lo que habían dicho. Anduvo el tiempo, vendiose el vino, y al limpiar de la cuba hallaron en ella una llave pequeña pendiente de una correa de cordobán. Porque vea vuestra merced si quien viene desta ralea podrá dar su parecer en semejantes causas.

—Por eso digo —dijo el del Bosque— que nos dejemos de andar buscando aventuras, y pues tenemos hogazas, no busquemos tortas, y volvámonos a nuestras chozas; que allí nos hallará Dios si Él quiere.

—Hasta que mi amo llegue a Zaragoza, le serviré; que después todos nos entenderemos.

Finalmente, tanto hablaron y tanto bebieron los dos buenos escuderos, que tuvo necesidad el sueño de atarles las lenguas y templarles la sed, que quitársela fuera imposible; y, así, asidos entrambos de la ya casi vacía bota, con los bocados a medio mascar en la boca, se quedaron dormidos, donde los dejaremos por ahora, por contar lo que el Caballero del Bosque pasó con el de la Triste Figura.

Imagen: La joven con la copa de vino. Jan Vermeer de Delft. 1659-1660. Óleo sobre tela. Herzog Anton Ulrich Museum. Brunsswick

© Francisco Arroyo Martín. 2008

Para citar este artículo desde el blog:
ARROYO MARTÍN, Francisco. El vino en el siglo XVII
http://franciscoarroyo.blogspot.com/2008/10/el-vino-en-el-siglo-xvii.html

11 de octubre de 2008.


martes 26 de agosto de 2008

Sistemas de reclutamiento de tropas en el siglo XVII

Una de las características del estado moderno, frente a los reinos medievales (junto a la creación de una burocracia administrativa y una política hacendística) es el hecho de que el poder de los monarcas se basaba en un ejército eficiente y de carácter voluntario que no dependiera del contrato de vasallaje feudal.

En Castilla, la aparición del soldado pagado, que lucha por su rey en función de un contrato y a cambio de una compensación económica, aparece ya regulado desde las Cortes de 1338 en Burgos. Pero este sistema alcanzará su mayor eficacia durante el siglo XVI y se seguirá practicando durante todo el siglo siguiente. Pero en el siglo XVII hubo que acudir frecuentemente al reclutamiento forzoso de hombres a través de contribuciones fijas o “presidios” en las ciudades y a las milicias urbanas, al ser más rápida y barata que las reclutas voluntarias.

No existía un ejército estable con un número de hombres fijo para la defensa del estado, cada campaña el Consejo de Guerra hacía las previsiones de hombres y dinero necesarios para atender los distintos frentes abiertos en cada año, y en consecuencia se establecían el sistema y lugares para hacer el reclutamiento de los hombres que faltaren para completar esas previsiones, así como de la recaudación del dinero preciso. Las ventajas del reclutamiento voluntario son evidentes, ya que se trataba de un compromiso individual del soldado con su rey a través del capitán autorizado para la recluta. Además, los oficiales reales se reservaban el derecho de rechazar al recluta por considerar que no era apto para el servicio.

El sistema de reclutamiento se basaba en una autorización, la conducta, que el rey otorgaba a un capitán para levantar soldados en un determinado lugar en su nombre. El capitán y sus ayudantes arbolaban bandera y tocaban tambores para dar a conocer a la población la recluta. El capitán no podía elegir a cualquiera, tenía unos criterios preferenciales para seleccionar a los reclutas, la edad (entre 18 y 44 años), estado civil, la disponibilidad física, estar en posesión de armas, etc. Una vez reclutados se les pasaba revista y si estaban en condiciones se les abonaba 10 días de paga. La recluta debía durar como mucho tres o cuatro semanas, pues en las estancias más largas lo normal es que comenzaran a surgir conflictos entre la población y los soldados, y entre los oficiales y las autoridades municipales.

Una vez formada la compañía esta se dirigía a la plaza de armas destinada o al puerto de embarque. Como norma general las tropas bisoñas eran dirigidas a Italia donde se les sometía a un adiestramiento y con posterioridad se les enviaba a los frentes donde de forma paulatina se incorporaban a los combates, este sistema se recogía incluso en las ordenanzas militares de 1632.

Las levas voluntarias tenían unas ventajas indudables: aportaban buenos soldados al ejército y generaban aguerridas tropas veteranas, y, además, era un sistema que en general se aceptaba favorablemente por la población. Pero presentaba una dificultad evidente: con este sistema no se garantizaba el relevo de las licencias o bajas, y muchos menos las necesidades cada vez mayores y más apremiantes de la monarquía, en particular desde que Felipe IV tuvo que guerrear dentro de las fronteras peninsulares.

Por esta razón, hubo que recurrir a formas de reclutamiento forzosas, que normalmente se basaba en el número de pobladores; debiendo contribuir con un soldado por cada cinco hombres válidos (de aquí los antiguos “quintos”). El rey podía autorizar a la población a contribuir en especie, pagando el coste de un año de los soldados que le asignase a cambio de que no se levantara ningún hombre forzado, pero esta fórmula era de muy difícil aplicación cuando el problema era encontrar voluntarios, aparte de la ruina que representaba para los pobladores cuando las levas eran continuadas.

La valía de las tropas reclutadas en estas levas forzosas o sacadas de las milicias era muy inferior respecto a las tropas voluntarias; un gran porcentaje desertaba en el tránsito a los puertos, se llegó en algunos casos a trasladar a los reclutas encadenados como galeotes y a encarcelar a los familiares del fugado hasta que este apareciera, y la tropa que llegaba al frente era despreciada por los jefes militares dada la escasa operatividad y eficacia de los hombres que eran reclutados de esta forma.

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“El reclutamiento de tropas”. La imagen pertenece a la serie de 18 aguafuertes de Jacques Callot (1592-1635), titulada “Les Miseres et les Mal-Heurs de la Guerre”, impreso por Isamel Henriet en París en 1633.

A la izquierda se observa a un oficial real, sentado en un tambor, reclutando a los voluntarios; a la derecha un grupo de oficiales discuten sobre dinero; en el centro, en primer plano, dos escuadrones de infantería con las picas detrás mientras delante la manga de arcabuceros hace una salva al aire; al fondo se vislumbran dos compañías de caballería; de fondo paisajístico vemos a la izquierda los muros de una población y a la derecha las tiendas de un campamento.

Los aguafuertes son impresionantes, para ver la serie pincha aquí.

© Francisco Arroyo Martín. 2008

Para citar este artículo desde el blog:
ARROYO MARTÍN, Francisco. Sistemas de reclutamiento de tropas en el siglo XVII
http://franciscoarroyo.blogspot.com/2008/08/sistemas-de-reclutamiento-de-tropas-en.html

26 de agosto de 2008.

domingo 13 de julio de 2008

Historia y Medio Ambiente

Desde la primera década del siglo XVII se publicaron obras que hablaban del aumento general de los impuestos que cobraban los príncipes, de que la vida se acortaba, de nuevas enfermedades que hasta entonces parecían desconocidas, de hambrunas, de desastres naturales, etc. Es muy cierto que el XVII fue un siglo especialmente convulso, pero en los años centrales de la centuria las revueltas sociales y las revoluciones políticas surgían por doquier. Así, los autores de la apología del conde duque de Olivares "El Nicandro", en 1643, decían que los últimos fracasos de la monarquía española no se debían a decisiones erróneas del privado, que «no atienden a la universal providencia de las cosas, la cual en unos tiempos trasiega el mundo y lo funesta con calamidades públicas y universales, cuyas causas totalmente ignoramos».

Efectivamente, en esos años hubo guerras civiles en Inglaterra, Irlanda y Escocia; España sufrió la fragmentación territorial en Europa con la pérdida territorial del Rosellón y Portugal, la secesión de Cataluña e intentos secesionistas muy serios en Aragón y la misma Andalucía; Francia, a pesar de ser la potencia emergente, sufrió gravísimas guerras civiles que tuvieron su mayor exponente en la Fronda; en 1648 una sublevación popular en Moscú desencadenó revueltas urbanas en toda Rusia; los cosacos de Ucrania se sublevaron contra los dominadores polacos; en 1648 también, tiene lugar la revolución inglesa que acaba con el monarca Carlos II decapitado y la monarquía derrocada; Italia es un hervidero con revueltas en Nápoles, en los Estados Pontificios, en Sicilia,…; etc.

Pero no sólo Europa sufría convulsiones; en Brasil y México se produjeron sublevaciones que pudieron ser sofocadas a duras penas por los portugueses y españoles; se vio a todo un emperador turco arrastrado por las calles de Constantinopla debido a las guerras civiles que asolaron el imperio turco; también hubo guerras civiles en Persia; China fue invadida por los tártaros, que llegaron incluso al mismísimo Pekín, provocando el suicidio del emperador en 1644, originándose una guerra civil que produjo un cambio de dinastía: los Qing por los Ming (un historiador chino habla de la pérdida de un tercio de los espacios cultivados y de el mismo porcentaje de pérdida de población); Etiopia fue asolada por lo otomanos; los jefes locales de lndia no dejaron de pelear entre sí durante todo el siglo; en Japón, tras una guerra civil, cambia la familia que ostenta el Shogun y se inicia la política de aislamiento; etc. En 1652, un escritor veneciano hablaba de «terremotos de Estado»

Bien, pues para explicar estos extendidos y numerosos procesos convulsos, Geoffrey Parker señala en su estudio "La crisis mundial del siglo XVII: acontecimientos y «paradigma»"a la climatología como un elemento clave; si bien en su exposición deja claro que no quiere fijar pautas deterministas sino aportar elementos explicativos de un proceso mucho más complejo en el cual participaban las variaciones demográficas, las presiones políticas, sociales o fiscales de cada lugar, y la aparición de nuevas ideologías más radicales y líderes carismáticos que pudieron encauzar las nuevas corrientes convulsas.

El apartado más original es el que el autor denomina como «la ecología de la crisis». Al parecer entre 1636 y 1644 se unieron una continuada serie de erupciones volcánicas y una ausencia notable de manchas solares; ambas circunstancias favorecieron un enfriamiento del clima del planeta: un solo grado en el ecuador pero debido al "anormal" funcionamiento de las masas de aire provocaron efectos climatológicos extremos, fundamentalmente sequías y heladas acompañados de fuertes concentraciones de lluvias que provocaban espectaculares inundaciones y riadas. El fenómeno meteorológico conocido como el "Niño" sobre las costas pacíficas se repitió con mucha frecuencia en los años centrales del siglo.

La interesante observación de Parker nos pone de relieve que durante este periodo histórico un cambio climático global produjo unas terribles consecuencias a escala planetaria. Evidentemente las circunstancias son otras y el desarrollo de las sociedades humanas es bien diferente ahora al existente hace cuatrocientos años; pero también entonces existían voces que relativizaban el problema y llamaban alarmistas a los que se alarmaban de lo que veían. Así, Secondo Lancellotti, en 1623, escribía un libro de más de 700 páginas con el siguiente título: Hoy en día, o como el mundo no es peor ni más calamitoso que en el pasado. En este libro se esforzaba en demostrar que los “quejosos” se lamentaban sin razón, ya que los príncipes eran igual de avaros que los de antaño; las mujeres igual de vanas; la vida humana era igual de larga; no había nuevas enfermedades; y que los desastres naturales (a los que dedica la friolera de ocho capítulos) no son más ni más numeroso ni peores que los que siempre había habido. En definitiva que la vida era toda felicidad y no existían motivos para preocuparse; grave equivocación que el tiempo vino a demostrar.

Quizás sería bueno que aprendiéramos la lección y no nos deleitáramos en nuestro relativo buen nivel de vida; y diéramos mayor importancia a estos “quejosos” del momento que encienden las alarmas y nos hablan de un futuro nada grato de seguir así.

¡Ojala que no sea el tiempo el que nos saque de nuestra autocomplacencia!


Si quieres, puedes profundizar en el tema y bajarte el artículo Historia y Medio Ambiente completo en PDF; o pinchar en el siguiente enlace:


© Francisco Arroyo Martín. 2008

Para citar este artículo desde el blog:
ARROYO MARTÍN, Francisco. Historia y Medio Ambiente http://franciscoarroyo.blogspot.com/2008/07/historia-y-medio-ambiente.html
13 de julio de 2008.

domingo 15 de junio de 2008

¿Qué pasó con Plutón?

Normalmente, la gran mayoría de la gente, cuando presenciamos algún tipo de enfrentamiento sin más implicación que la del mero espectador, nos solemos poner del lado del más débil, del más pequeño, del indefenso. Además, cuando el vencedor es el más débil, siempre recordamos ese tipo de gestas, llegando en algunos casos a convertirse en iconos culturales de muchas civilizaciones; así, ¿alguien se acordaría de quién ganó en la pelea entre David y Goliat, de haber sido este último el vencedor? A buen seguro que no.

Seguramente por esta razón, u otra parecida vete tu a saber, hace unos días me acordé de Plutón, de ese noveno planeta del Sistema Solar que hace ya unos cuantos meses dejó de serlo por decisión conciliar de astrónomos de todo el mundo juntados al efecto en Praga, en concreto el 24 de agosto de 2006 pasó a ser un objeto… ¡transneptuniano!, vamos que da vueltas más allá de Neptuno; y que ahora se denomina: el planeta enano 134340. ¡Cosa más triste, Dios!

Pues resulta que este planeta, o lo que sea ahora, fue el último que se incorporó a la lista de los que dan vueltas alrededor del Sol y conforman el conocido como Sistema Solar, ya que se sumó a ese viaje conjunto y vinculado a partir de que en 1930 le descubriera el astrónomo estadounidense Clyde William Tombaugh (1906-1997) desde el observatorio Lowell en Flagstaff, Arizona. Ya desde este momento su inclusión en el grupo de elegidos: Mercurio, Venus, Tierra, Marte, Júpiter, Saturno, Urano y Neptuno fue polémica pues este planeta presentaba muchas peculiaridades respecto a los demás.

Para empezar su órbita es mucho más elíptica que la del resto; para explicarlo, la elipsis de la tierra presenta una excentricidad de 0,017 (la de una circunferencia sería 0), bien, pues la de Plutón es de 0,25. Llega a ser tan grande la elipsis que cuando se encuentra en el punto más cercano al Sol, (4.340 millones de kilómetros) está más cerca que Neptuno. Situación en la que se encuentra precisamente en estos años que por decisión de los astrónomos ha pasado a ser un “objeto transneptuniano”; y así estará durante unos cuantos años más, por lo tanto pasó a ser transneptuniano siendo cisneptuniano [ «sorpresas te da la vida, la vida te da sorpresas» ]. Pero, además, Plutón tiene la órbita mucho más inclinada que cualquiera de los planetas principales, ya que su inclinación respecto a la de la Tierra es superior a los 17 grados; por eso nunca chocará con Neptuno a pesar de que se crucen sus órbitas.

Por otro lado, no se sabía bien donde encuadrarlo. Los más cercanos: Mercurio, Venus, Tierra y Marte, son pequeños, sólidos y con poca atmósfera; los más alejados: Saturno Urano y Neptuno son grandes [gigantes se les llama], gaseosos y con grandes atmósferas. Pues bien Plutón es el más lejano y a la vez el más pequeño y el más sólido. En verdad que estaba fuera de lugar. Pero hay más singularidades, así, la mayoría de los planetas presentan giros rotacionales relativamente rápidos, entre 10 y 25 horas [hay que dejar aparte a Mercurio y a Venus que por su cercanía al Sol van lentos, lentos], pero Plutón tarda casi 153 horas (¡casi siete días!) en girar sobre sí mismo, a pesar de de que está lejos, lejos del Sol. Por último señalar la eternidad que tarda en dar una vuelta al Sol: ¡250 años!

Pero aún tiene más rarezas, pues este planetita tiene tres movimientos: de traslación alrededor del Sol, de rotación sobre sí mismo y otro más de traslación en relación a su satélite principal, Caronte; originándose un sistema planetario dual.


¿A qué responden todos estos extremos? ¿Hay alguna razón para que Plutón sea tan diferente?

Una conjetura especialmente interesante es la siguiente. Supongamos que Plutón no fuese antes un planeta, sino un satélite de Neptuno. Y supongamos también que una catástrofe cósmica de algún tipo lo sacara de su órbita y lo colocara en otra, planetaria e independiente. En ese supuesto, la naturaleza de la explosión (sí es eso lo que fue) muy bien pudo lanzarlo a una órbita inclinada, que, sin embargo, sigue trayendo a Plutón una y otra vez hacia Neptuno, que es de donde había partido.

Como satélite, sería pequeño y quizá denso, en lugar de un gigante gaseoso como los verdaderos planetas exteriores. Y, por otro lado, giraría alrededor de su eje en el mismo tiempo que tardaba en girar alrededor de Neptuno, gracias a la atracción gravitatoria de éste. (Esto es cierto en general para los satélites; y es cierto, en particular, para la Luna.) En ese caso, el período de rotación de Plutón podría muy bien ser de una semana. (El período de rotación de la Luna es de cuatro semanas.) Puede que Plutón, al ser arrancado de Neptuno, conservara su período de rotación, adquiriendo así un período muy raro para un planeta.

Pero todo esto no es más que especulación. No hay ninguna prueba sólida que Plutón fuese antes un satélite de Neptuno; y aun si lo fuese, no sabemos qué clase de catástrofe pudo haberlo arrancado de allí.

Incluso en su nombre se desajustaba. Los ocho planetas tienen nombres de dioses del Olimpo [excepto la Tierra, que si no fuera por nuestro geocentrismo deberíamos llamarla Cibeles], pero Plutón es diferente y lleva el nombre del dios del Hades, de los infiernos griegos. Parece que desde el principio se le quiso diferenciar de alguna forma.

En fin, que este Plutón no cuadraba de ninguna forma en la bien estructurada y conjuntada tropa de planetas que dan vueltas y vueltas alrededor de Sol; y por esta razón los que deciden en la UIA le sacaron del club y le relegaron a planeta enano.

Pero de todas formas, ahí sigue Plutón, orgulloso y altivo, lento en sus movimientos, desplazado de su elíptica, denso en zona de gases, alejado del astro central y, especialmente, igual de pequeño que siempre. A pesar de la UIA, Plutón sigue ahí, en el mismo sitio, acompañando al Sol en su aventura astral; eso si con el estúpido nombre de planeta enano 134340.

¡Plutón estamos contigo!

domingo 25 de mayo de 2008

Presentación de El Zoco. La primera a la izquierda


Asociación Cultural El Zoco. La primera a la izquierda.
Correo Electrónico: elzoco.laprimeraalaizquierda@gmail.com
Dirección WEB: http://elzocolaprimeraalaizquierda.org/

El pasado día 21 de mayo tuvo lugar la presentación de la nueva asociación cultural El Zoco. La primera a izquierda. La presentación de la asociación tuvo lugar en el Salón de Grados de la Universidad Carlos III, en el campus de Leganés, que se llenó de público para la ocasión. En este mismo acto se presentó la revista cultural del mismo nombre y la página web de la asociación. Al acto asistió numeroso público e intervinieron Rafael Gómez Montoya, alcalde de Leganés, Emilio Olías Ruiz, director de la Escuela Politécnica de la Universidad Carlos III, José Castejón, concejal de Cultura del Ayuntamiento de Leganés, y Alexandra Arroyo, presidenta de El Zoco, que manifestaron su satisfacción por el nacimiento de una entidad cultural que promueva la cultura y la creación en Leganés y en la zona sur madrileña.

La Revista Cultural El Zoco. La primera a la izquierda, presenta en su número 1 un monográfico dedicado al escritor canario Benito Pérez Galdós, que citó a Leganés en muchas de sus obras. La publicación destaca por su calidad, tanto en el continente, con un diseño innovador y de un alto valor gráfico, como por el contenido, con una serie de artículos de alta calidad literaria encuadrados en varias secciones: Historia, Ciencia, Medio Ambiente, Leganés nuestra ciudad, etc. Acentuar la entrevista a Emilio Olías, Director de la Escuela Politécnica de la Universidad Carlos III, en la que destacan sus palabras de compromiso con la ciudad cuando afirma «que la Universidad debe mucho a Leganés» y con la cultura cuando señala que «la cultura es una necesidad básica para los seres humanos». También hay un saludo del alcalde y se reproduce el manifiesto fundacional de la asociación, en el que destaca el valor que El Zoco otorga a la cultura como un derecho ciudadano y cívico.

En su intervención, Rafael Gómez Montoya, destacó lo importante que es para un alcalde asistir a la creación de una asociación en su ciudad «ya que significa que el espíritu cívico y ciudadano continúa creciendo». Terminó su alocución deseando el mayor de los éxitos a la asociación y manifestando el apoyo de la institución municipal a las iniciativas que puedan surgir. En la misma línea de apoyo a la iniciativa del El Zoco fueron las palabras del Concejal de Cultura José Castejón.
Por su parte Emilio Olías, en su intervención, destacó el compromiso que la Universidad tiene con la ciudad de Leganés y con el resto de localidades donde está ubicada, señalando además que la institución debe estar abierta al tejido social de las ciudades en las que se encuentra y que en la medida de sus posibilidades apoyarán a todas la iniciativas culturares que, como había sido el caso de El Zoco, se le presenten, «porque también queremos hacer cosas por la ciudadanía», recalcó.
La presidenta de la Asociación, Alexandra Arroyo, amen de los agradecimientos a los presentes y participantes en el acto, hizo una exposición en la que desveló el proceso de formación de El Zoco, y cuáles eran los objetivos y los modelos de la asociación: «nos gustaría llegar a ser como el Círculo de Bellas Artes, ¿y porqué no?». También destacó que el mayor capital con el que contaba la asociación era la valía de sus miembros y la ilusión con la que habían comenzado lo que la presidenta definió como una «aventura apasionante». Por último, invitó a todo aquel que quisiera a formar parte de esa aventura a que colaborara con la asociación en la manera que le fuera posible.

En la misma línea, también se presentó la página web, herramienta que la asociación quiere que se convierta en un instrumento de comunicación bidireccional entre la entidad y el resto del mundo asociativo, cultural y creativo de la zona.

El acto estuvo amenizado por la Orquesta — Ensemble de Guitarras de la Universidad Autónoma de Madrid, que interpretó varias obras musicales de varios géneros; y contó, además, con la participación de la actriz Isabel Arcos, que además es presidenta de la Asociación Yeguas, mujeres por el Arte

La presidenta de El Zoco. La primera a la izquierda, Alexandra Arroyo, destacó al finalizar el acto a los medios de comunicación presentes "la elevada afluencia de público que ha acudido a la presentación y el hecho de que hubieran sido tantas las asociaciones de Leganés las que han querido compartir con nosotros este momento. Esto va a representar un renovado impulso, más si cabe, para trabajar por la cultura y por nuestras ciudades" También declaró "que la revista cultural El Zoco, que hoy presentamos, tiene la intención de mantenerse en el tiempo y de convertirse en un referente de la vida cultural y social de Leganés y del resto de la zona sur de Madrid".

martes 8 de abril de 2008

Ataques caníbales por bandoleros en 1617 en Sierra Morena

Ataques caníbales por bandoleros en 1617 en Sierra Morena
Por Francisco Arroyo

Seguro que todos tenemos la imagen, un tanto infantil, del misionero blanquito metido dentro de una gran marmita que, conjuntamente a una gran variedad de verduras, se cuece para ser devorado por negritos impacientes tocados con huesos en la cabeza o en las narices. Siempre esta imagen nos traslada a lugares lejanos y un tanto exóticos,… Pero que pensaríais si os dijera que en el siglo XVII, en Sierra Morena se produjo un acto de canibalismo que acabó con los antropófagos en la hoguera. Era la Sierra Morena un lugar plagadito de bandidos y salteadores, costumbre que se siguió hasta bien entrado el siglo XIX, que amparándose en las oquedades de las peñas y en las frondosidades de las arboledas cometían un sinfín de asaltos y atropellos a los desafortunados viajeros que con ellos se topaban. En muchos casos los asaltos acababan en asesinatos, pero lo más frecuente era que los bandoleros les robaran todos los objetos de valor y en la caso de ser personas principales pidieran algún tipo de rescate, aunque esto no era muy habitual por el riesgo que se corría en el momento de cobrarlo. Contra esta plaga los cuadrilleros de la Santa Hermandad, los guindillas, pululaban por estos riscos para garantizar en lo posible el libre tránsito de las personas; la verdad es que con poco éxito. Esta situación se reflejada bastante fielmente en los capítulos que don Quijote se adentra en estas montañas.

Pues bien, en 1617 tuvo lugar un caso que espantó y sobrecogió a toda la sociedad castellana. Un fraile franciscano que había partido de Sevilla con dirección Madrid, fue retenido en su camino por una banda de salteadores de raza gitana. Hacía el camino a pie y se había parado a beber un poco de agua cuando le acosaron, y a pesar de que intentó huir, apenas unos metros pudo alejarse antes de ser preso. Le pidieron el dinero, que al parecer no tenía, le pidieron joyas que tampoco tenía, le pidieron ropas y sólo el sayal franciscano llevaba; en definitiva nada pudo saciar las pretensiones de aquellos bandidos, a pesar de que el fraile rogó e imploró con suaves, divinas y acertadas razones. Con una crueldad tremenda y sin atender a sus lamentos le desnudan y le matan. En romance, un autor anónimo contaba de esta forma lo que siguió:

Desnudan al frayle pobre

y, sacándole las tripas,

hazen pedaços su cuerpo

como fieros trogloditas.

Y entre los fieros gitanos,

dos dellos se determinan

a comer su cuerpo asado

¡Qué lastimosa comida!

Cortan leña, encienden lumbre

y espetan carne apriesa;

en asadores de palo

asan con grande alegría.

Antojose a una gitana

comer del frayle cozida

la cabeça, y al momento

la ponen a coçer limpia.

Se preparó una gran batida para limpiar los jarales, montes y ventas, pero la mayoría de los forajidos escaparon a las manos de la justicia. De los pocos que fueron apresados, se encontraban algunos de los integrantes de la partida caníbal. Como una práctica procesal más, fueron sometidos al tormento como método de prueba; en el potro fueron muchos los desmanes que confesaron, y entre ellos:

Confesaron lo del frayle

del modo que atrás se cuenta,

que dio lástima a las almas

y sentimiento a las piedras.

De este crimen tan salvaje se dio noticia a la Corte de Felipe III, que quiso en estas personas dar un gran escarmiento público y se ordeno su traslado a Madrid para que se viera su causa por el Consejo de Castilla, que era el tribunal más importante del reino. El juicio duró apenas cinco horas:

Y viendo aquellos señores

tal maldad, tal insolencia

y que a comer carne humana

con tal livertad se atrevían.

De su rigor espantados,

por justíssima sentencia

a quemarles condenaron

porque escarmienten y teman.

Ajusticiados en la hoguera acabaron sus días aquellos crueles criminales el 11 de noviembre de 1617, en auto público efectuado en la plaza Mayor de Madrid; a buen seguro que el hecho de ser gitanos nos le ayudo mucho

A pesar de que en estos días ya estamos curado de todo espanto gracias al cine en general y a la saga de “El silencio de los corderos” en particular, no deja de sorprender que una sociedad como la barroca capaz de generar artistas y pensadores de la talla de Rubens, Velázquez, Cervantes, Quevedo, Descartes,…pudiera convivir con semejantes episodio de violencia: horrendos asesinatos, torturas, racismo, crueles penas de muerte. De todas formas cuando estaba escribiendo esto pensaba en la estación de Atocha, en la base americana de Guantánamo, en la plaza de Tiananmen; la verdad es que no hemos avanzado mucho en 300 años.

La relación de este episodio está publicada en: ANÓNIMO. Relación verdadera de las crueldades y robos grandes que hazían en Sierra Morena…Barcelona. Estevan libreros. 1618. Editada modernamente por: SIMÓN DÍAZ, José. Relaciones de actos públicos celebrados en Madrid (1541-1650). Madrid, Instituto de Estudios Madrileños. 1982.

[Sobre canibalismo en la España del siglo XVII hay otro episodio interesante en 1641, en el sitio de Tarragona, cuando las tropas fieles a Felipe IV fueron sitiadas en esa ciudad por el ejército franco-catalán en la guerra de secesión catalana de 1640. Pero lo contaremos otro día]

© Francisco Arroyo Martín. 2008

Publicado en el blog El rincón de Pumuki en agosto del 2007

domingo 23 de marzo de 2008

Emigrantes franceses en el Madrid del XVII

Emigrantes franceses en el Madrid del XVII
Por Francisco Arroyo

El 21 de marzo se celebró el Día Internacional contra el Racismo y la Xenofobia, este día tiene una especial trascendencia en nuestro país ya que buena parte de la población es extranjera y viene de lugares más allá de las fronteras. Incluso todos asistimos hace unos pocos días al intento del partido de la derecha de arañar votos desesperadamente a través de propuestas destinadas a endurecer las condiciones de vida de esta población.

Pero la consideración que algunos tienen de los inmigrantes como un problema no es algo exclusivo de nuestros días, ni tampoco es la primera vez que nuestro país es un foco de atracción para gentes nacidas en otros lugares y que vienen aquí atraídas por la posibilidad de mejorar las condiciones vitales que tenían en sus naciones de origen. Y uno de esos periodos fueron los años del siglo conocido como de Oro en nuestra historia.

Efectivamente, durante el siglo XVII, a pesar de los evidentes signos de decadencia respecto al pasado esplendor del XVI, los reinos que conformaban la monarquía católica eran un polo de atracción de las gentes más humildes de allá de los Pirineos. Los emigrantes eran de muchos lugares europeos, además hay que tener en cuenta que se consideraba extranjero a todo aquel nacido fuera del reino en cuestión (así un aragonés era extranjero en Castilla y viceversa); pero el grupo más numeroso eran los franceses. Y, lo que es más significativo, estos franceses acudían prácticamente por las mismas causas: fundamentalmente por la superpoblación y la pobreza en los lugares de origen; y la demanda de mano de obra para los trabajos más humildes y los altos salarios en el destino. En general, igual que ahora, pero con una diferencia fundamental, que en vez de venir de África o América venían de Europa, de Francia más concretamente. Pero lo más significativo es que la reacción contra estos emigrantes era muy similar a la actual: se les acusaba de llevarse la riqueza del país a sus aldeas y de no integrarse en la sociedad castellana de la época. Las autoridades, por su parte, intentaban ejercer un control efectivo sobre ellos y cobrar los impuestos y gabelas, además de someterlos a frecuentes confiscaciones cuando se iniciaba alguna guerra entre ambos reinos, lo que pasó con Francia en varias ocasiones a lo largo del siglo.

En el presente artículo se hace un análisis de los franceses que pulularon en el Madrid del siglo XVII, qué trabajos tenían, de qué regiones francesas provenían, a qué edad solían venir y volverse y de qué caían enfermos; ya que la principal fuente de información es el análisis del libro de ingresos del Hospital madrileño de San Luis de los Franceses que estaba entonces en la calle Jacometrezo esquina con la de Tres Cruces, en la parte ocupada por la actual Gran Vía, y dependía de la embajada de Francia. Este hospital fue fundado en 1613 por Enrique de Salvreux, capellán de Felipe III; si bien las dificultades que otras instituciones religiosas pusieron a esta fundación sólo pudieron superarse gracias a la intervención de la joven princesa de Asturias de entonces, Isabel de Borbón, mujer del futuro Felipe IV, y una de las tres reinas francesas que habría en este siglo XVII en España (curiosamente el mismo número de las guerras declaradas entre ambos reinos).

El artículo fue publicado hace unos años en la revista “Torre de Lujanes” y como es un poco extenso reproduzco algunos de los primeros párrafos y si estuvieras interesado incluyo un enlace para que te lo descargues completo si te place.

(...) Fue determinante en esta emigración francesa la situación demográfica de ambos países. Francia presentaba en el siglo XVII un excedente de población, era el país más poblado de Europa con diferencia, poseía entre 18 y 20 millones de habitantes. Por contra el carácter endémico de la población española se agravó aún más tras las pestes de finales del siglo XVI y la expulsión de los moriscos entre 1609 y 1611. Esto originó una demanda de mano de obra, que en gran parte fue atendida por la emigración francesa; gracias a las posibilidades que existían para trabajar en España tanto para trabajadores especializados, comerciantes y para el personal no cualificado, en los oficios considerados “viles” por los españoles.

Una viuda de Sevilla, madre de dos hijas, decide cambiar de residencia y consulta a una amiga anciana, que la dice:

“Granada y Córdoua, no niego que son buenas ciudades… más en comparación de Madrid, Corte del Español Monarca, cada una destas ciudades es una aldea, ¿qué digo aldea? Un solitario cortijo. Es Madrid un maremagno donde todo baxel nauega, desde el más poderoso galeón, hasta el más humilde y pequeño esquife, es el refugio de todo peregrino viviente, el amparo de todos los que la buscan, su grandeza anima a viuir en ella, su trato hechiza, y su confusión alegra ¿A qué humilde sugueto no engrandece, y muda de condición, para aspirar a mayor parte? ¿Qué linaje obscuro y baxo no se bautizó con nuevo apellido para passar plaça de noble? Finalmente, Teodora, la Corte es el lugar de los milagros, y el centro de las transformaciones”

Esta cita de Alonso del Castillo, cargada de fina ironía, refleja bien la idea que de Madrid tenían sus contemporáneos. Desde que se constituyó en sede de la Corte con Felipe II, y en especial desde el asentamiento definitivo con Felipe III; Madrid se convirtió en un lugar de acogida de población.


Si quieres seguir leyendo sobre el tema y conocer a grandes rasgos cómo fue esta ola de inmigración francesa a España, puedes bajarte el artículo Apuntes sobre la emigración francesa en el Madrid del siglo XVII completo en PDF; o haciendo clik en el siguiente enlace:



¡Espero que te guste!

© Francisco Arroyo Martín. 2008

Para citar este artículo desde el blog:
ARROYO MARTÍN, Francisco. Apuntes sobre la emigración franceses en el Madrid del siglo XVII
http://franciscoarroyo.blogspot.com/2008/03/emigrantes-franceses-en-el-madrid-del.html
23 de marzo de 2008.

sábado 8 de marzo de 2008

¡Estremecedor!

Declaraciones de Sandra Carrasco, de 19 años, hija del compañero Isaías asesinado por los criminales etarras en su último acto de brutalidad:
"Quiero agradecer de corazón el apoyo del pueblo de Arrasate; el cariño, apoyo y calor que está mostrando la gente anónima con mi madre y mis hermanos. Quiero agradecer el apoyo de los socialistas. Mi padre murió por defender la libertad, la democracia y las ideas socialistas. Era un hombre valiente que ha dado la cara y los que lo han matado son unos cobardes. Unos cobardes sin cojones. Pero sobre todo pido un cosa: y es que el asesinato de mi padre no sea manipulado por nadie. Eso no lo vamos a tolerar. Yo, mi madre, todos iremos a votar. Los que quieran solidarizarse con nuestro dolor, que acudan masivamente a votar el domingo. Para decir a los terroristas que no vamos a dar ni un solo paso atrás. Son unos hijos de puta"

Compañero Isaías: siempre en nuestro recuerdo.

Recogidas de El País

miércoles 27 de febrero de 2008

¿Justicia para los templarios?

¿Justicia para los templarios?
Por Francisco Arroyo

Hace ya algunas semanas se publicó en distintos medios de comunicación [ver artículo de El País] que la Iglesia Católica había hecho justicia a los templarios al hacer público un documento inédito en el cual se produce la absolución de los templarios. Personalmente creo que en absoluto la edición de este manuscrito puede significar lo que se dice, ya que el documento en cuestión, el pergamino de Chinon, no llegó nunca a publicarse oficialmente. Se trata de una declaración necesaria para llegar a una solución de compromiso que en los primeros momentos del proceso intento buscar el papa Clemente V. La solución de compromiso que se buscaba era que se fundiera la Orden del Temple con la del Hospital de San Juan de Jerusalén; lo que no se produjo al optar por la disolución de la Orden; por lo tanto, el documento no se publicó y en consecuencia no tiene ningún valor en el derecho canónico. Se trata de un original de gran importancia histórica que muestran las vacilaciones y dudas que siempre existieron en el proceso que se llevó contra los templarios, pero que en ningún momento significa que se haga justicia con esta Orden, ya que las bulas papales condenatorias son las que muestran cual fue el comportamiento de la Iglesia, o mejor dicho del papa del momento, que no fue otro que dar cobertura legal al rey de Francia, Felipe IV, en su interés de eliminar la Orden y hacerse con sus bienes en beneficio propio. Y este papel lo jugó la Iglesia de forma indignante y vergonzante, ya que sabían desde el principio que las acusaciones de herejía eran supercherías interesadas. Lo que se demuestra con tan sólo comprobar que en el proceso sólo se dieron sentencias de culpabilidad en Francia y en los reinos situados bajo su influencia, mientras que en el resto (Castilla, Aragón, Inglaterra, etc.) todas fueron absolutorias.

La abundante documentación existente sobre el proceso contra los templarios ya permitía afirmar que la disolución de la Orden se dio bajo pruebas falsas e inconsistentes y a sabiendas de que era manifiestamente injusta. Bien, lo que asombra es que esa noticia salte a los medios como novedad, ya que todo el proceso que la Iglesia siguió contra la orden, Processus contra Templarios, está, y estaba, perfectamente localizado, estudiado y analizado por los especialistas y profusamente manipulado, malinterpretado y trastrocado por la cohorte ingente de seudoescritores, seudohistoriadores, seudointelectuales, seudoteólogos y seudofilósofos que han montado un circo con este asunto de los templarios y que si algo les une es su caradura y poca catadura moral a la hora de utilizar las fuentes históricas, cuando las utilizan ya que en las más de las ocasiones simplemente se las inventan

Bueno, para empezar por el principio.

La Orden del Temple se fundó en Jerusalén el 14 de enero de 1120 [si bien existen autores que la datan un año antes] por Hugo de Payns y ocho compañeros más que realizaron los votos religiosos de vivir conforme a la regla benedictina. La novedad de esta Orden religiosa fue que, al imponerse como objetivos fundacionales la defensa de los Santos Lugares de Palestina y garantizar la seguridad y libertad de los peregrinos cristianos que acudían a Jerusalén y demás centros de peregrinación, se obligaban al empleo de la fuerza y de las armas, ya que en esos momentos lograr esos fines no era posible sin la violencia y la guerra. Esta circunstancia generó la figura del monje soldado, dando lugar a la milicia cristiana de la que participarían caballeros cristianos que profesarían en la Orden, por un lado, la vida monástica y, por otro, la guerrera; así nacieron los milites Christi.

Como cualquier novedad, ésta generó fuertes polémicas en los diferentes estamentos eclesiásticos y políticos de la Europa del siglo XII, y no fue hasta el decidido apoyo de Bernardo de Claraval [quien con el paso de los años se convertirá en San Bernardo] a la nueva Orden del Temple y a su primer maestre Hugo de Payns cuando se vencieron las mayores reticencias. Uno de los principales argumentos fue que la propiedad de Jerusalén pertenecía al mismo Jesucristo ya que la ganó derramando su propia sangre; y que la defensa del Santo Sepulcro y demás lugares no debía correr por cuenta de soldados de aventura, mercenarios ávidos de riquezas y de glorias mundanas, sino por verdaderos "soldados de Cristo" que, guiados por la Fe y con absoluto desinterés, pudieran mantener para el cristianismo la Tierra en la que Jesucristo vivió, murió y resucitó. Y estos no eran otros que los templarios. [...]

Si quieres seguir leyendo sobre el tema y conocer a grandes rasgos cómo fue el proceso y las diferentes reacciones que hubo en Francia y los reinos ibéricos en relación a la Orden del Temple, puedes bajarte el artículo ¿Justicia contra los templarios? completo en PDF; o haciendo clik en el siguiente enlace:



¡Espero que te guste!

© Francisco Arroyo Martín. 2008

Para citar este artículo desde el blog:
ARROYO MARTÍN, Francisco. ¿Justicia contra los templarios?
http://franciscoarroyo.blogspot.com/2008/02/justicia-contra-los-templarios.html
27 de febrero de 2008.

domingo 27 de enero de 2008

Pena de muerte en el siglo XVII

Pena de muerte en el siglo XVII
Por Francisco Arroyo

Muchos eran los delitos que estaban penados con la muerte en el siglo XVII, algunos verdaderamente triviales para el estándar del pensamiento actual, pero en esos años la vida humana parecía tener una cotización claramente a la baja, sin ir más lejos la homosexualidad podía llevar a los infelices amantes a la horca sin apenas posibilidades de remisión. De todas formas, para los ojos de la justicia, que entonces no era ciega, a lo sumo tenía una ligera catarata, no sólo importaba el delito, sino que se ponderaba también al delincuente; así para que un noble fuera condenado a muerte su falta tenía que haberse cometido contra el rey, contra otro noble o que fuera de tal tamaño, crueldad o saña, que fuera imposible de parar una revuelta social ante otra pena menor.

Tampoco existía una misma forma de ejecutar; los sistemas variaban en función de los orígenes sociales de los condenados al que se añadía la variante de la tipología del delito; también se aplicaban atenuantes y agravantes en la forma de morir en función de la gravedad del delito y de la alarma social que se hubiera generado.

Generalmente, los nobles solían morir degollados ya que se consideraba una muerte más digna, entre otras cosas, porque al tratarse de una muerte rápida apenas generaba sufrimiento en el momento de la agonía del condenado. Pero el sistema más extendido y usual era la horca; dentro de las variaciones locales, lo normal era un estructura tremendamente simple, como la muerte: un cadalso de madera al que se accedía por una pequeña escalinata, tres tableros de los que pendía un fuerte cordel, que algunas veces era de cuero en vez de pita, y un entarimado desde el cual el reo se precipitaría al vacío y comenzaría su trágico y fatal baile con la muerte.

Si el delito era juzgado por el tribunal religioso de la Inquisición, lo normal era que los condenados fueran quemados vivos en hogueras. Esos condenados lo eran por realizar prácticas heréticas; mayormente eran criptojudios o seguidores de las distintas ramas protestantes, si bien el elenco de posibles delitos era amplísimo. A diferencia de lo que pasó en la mayor parte de países europeos, donde la brujería, el satanismo y demás prácticas que hoy definiríamos como exotéricas, produjeron una infinidad de condenados a muerte por los tribunales religiosos, tanto en los católicos como en los de las distintas iglesias reformadas, destacando el especial encono de los calvinistas, en España fueron relativamente pocos los condenados por estas prácticas que en la mayoría de los casos acaban con penas de rango inferior: azotes, escarnios públicos, mutilaciones de orejas,…

Hay que señalar que oficialmente la Inquisición no condenaba a muerte, ya que lo prohíbe taxativamente el quinto mandamiento de la Iglesia Católica; la engañifa jurídica consistía en que el tribunal eclesiástico “relajaba” a los condenados al “brazo secular” para que fueran los tribunales civiles quienes decretaran la pena capital.

Dado que el supuesto fin de las condenas de la Inquisición era la redención pública de los pecados y se buscaba con ello el ejemplo moralizante y reparador del castigo y del arrepentimiento, las ejecuciones se revestían de una gran parafernalia, boato y aparato escénico; eran los que se conocían como “Autos de Fe”, en los cuales se leían los delitos cometidos y las condenas impuestas y se imploraba la misericordia divina para el perdón de los pecados. En este orden de cosas, si lo condenados mostraban sincero arrepentimiento, en una muestra de pretendida clemencia eran degollados antes de prender la hoguera; los que persistían en sus creencias o en su inocencia, irremediablemente ardían entre tremendos alaridos de dolor; pero también podía darse el caso de que los condenados hubieran fallecido antes de la ejecución, bien por muerte natural o por el castigo sufrido en el tormento, o que hubieran logrado fugarse [caso raro por cierto] o juzgados en su ausencia, en estos casos se quemaban sus esfinges en forma de muñecos de madera, paja trapos y cera; incluso en algunos casos se llegó a quemar a cadáveres exhumados de sus tumbas.

Por último, estaba el descuartizamiento del penado. El sistema consistía en atar cada uno de los brazos y piernas del infortunado a un animal de tiro, caballo o mulo; después se picaba a cada uno en direcciones contrarias hasta que los miembros se iban desencajando y desprendiendo del cuerpo.

Para mayor escarnio y a modo de advertencia pública, los despojos humanos se mostraban durante varios días en la picota, donde los pájaros y otros animales daban cuenta de ellos. Muerte atroz y violentísima que se reservaba para los condenados en delitos de “lesa majestad”, lo que por suerte era poco habitual.

En muchos casos la pena de muerte se conmutaba por lo que se conocía como “muerte en vida”, se trataba en enviar al penado a servir a las galeras del rey. La muerte en el cadalso se solía cambiar por veinte años atado a la bancada de un remo, tiempo de redención que dudo que alguien haya alcanzado jamás, ya que lo normal era que los condenados duraran apenas media docena de años. Para los que conseguían superar la decena de años existían cofradías y hermandades religiosas que instaban a su perdón y liberación, lo que solían conseguir ya que se consideraba que si habían superado tan tremendo castigo durante tanto tiempo sólo podía deberse a la intercesión divina.

De todas formas la conmutación de la pena capital a veces conseguía efectos tremendamente perniciosos para el infortunado reo. Como ejemplo os contaré un espeluznante caso que ocurrió en Madrid allá por los primeros años de este siglo cuando tres jóvenes, dos hombres y una mujer, fueron condenados a muerte. El caso es que la mujer era menor de edad ya que apenas frisaba los dieciséis años, y el tribunal en un acto de clemencia le permutó la pena capital por otro castigo inferior; en concreto que se le dieran doscientos latigazos, se le cortaran las orejas y por último se le colgara de los cabellos en plaza pública. El castigo se aplicó con el rigor y minuciosidad que acostumbraban los tribunales castellanos de la época, a causa del cual, la desgraciada muchacha murió dos días después por la gravedad de las heridas que sufrió en su suplicio. En este caso si puede decirse que fue peor el remedio que la enfermedad.

Pero lo peor no es recordar el pasado, lo peor es constatar que en multitud de países de hoy en día aún se sigue practicando la pena de muerte como pretendido remedio del delito y con ejecuciones tan atroces y crueles que en nada tienen que envidiar a las comentadas. Sirva este relato para contribuir en la medida que sea a eliminar esta lacra de las sociedades humanas. Y por esto quiero recomendaros la lectura de un artículo titulado Un reo de muerte que Mariano José de Larra publicó en El Mensajero allá por el 1835; en el cual, ya entonces, clamaba en contra de «este hábito de la pena de muerte, reglamentada y judicialmente llevada a cabo en los pueblos modernos con un abuso inexplicable, supuesto que la sociedad al aplicarla no hace más que suprimir de su mismo cuerpo uno de sus miembros».

[Quiero agradecer a Alicia Lindell que nos hay recordado a este autor en un reciente comentario publicado en el rincón de Pumuki; lo que me ha permitido releer algunos de sus artículos: la verdad es que hoy el blog de Larra no tendría precio]


Por último si queréis indignaros un poco con la vista de países que aún mantienen vigente este atroz castigo podéis visitar esta dirección:
http://www.es.amnesty.org/temas/pena-de-muerte/pagina/miles-de-personas-condenadas/

© Francisco Arroyo Martín. 2008

Para citar este artículo desde el blog:
ARROYO MARTÍN, Francisco. Pena de muerte en el siglo XVII.
http://franciscoarroyo.blogspot.com/2008/01/pena-de-muerte-en-el-siglo-xvii.html
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27 de enero de 2008.


viernes 4 de enero de 2008

Las nodrizas en la Corte de los Austrias

Las nodrizas en la Corte de los Austrias
Por Francisco Arroyo

Criar un hijo en el siglo XVII no era ni de lejos una tarea fácil: la mortalidad infantil era muy elevada y superar los dos o tres años de edad era una verdadera prueba de supervivencia. De esta triste realidad no escapaban ni los príncipes; destacando en este aspecto Felipe IV que tuvo once hijos legítimos* con dos esposas [con la primera, Isabel de Borbón, contrajo matrimonio a la tierna edad de ¡siete añitos!, y la novia nueve; si bien no lo consumaron hasta cinco años después, con la llegada de la pubertad... Pero, volvamos al tema central]. Bueno, pues el caso es que de los legítimos sólo llegó a la edad adulta el que fuera su sucesor, el infortunado Carlos II; Baltasar Carlos se malogró con diecisiete años; Felipe Próspero apenas duro cuatro; María Eugenia no llegó a los dos; y los siete restantes murieron todos con menos de un año de vida.

Ante esta situación, y dada la importancia de los vástagos reales para la propia pervivencia de la monarquía, era lógico que se extremaran los cuidados y atenciones hacia los jóvenes infantes; y uno de los aspectos de mayor consideración era la elección de adecuadas y suficientes amas de cría para garantizar sobrado alimento a los lactantes. Las nodrizas y amas de cría nunca gozaron de buena fama; su consideración social corría paralela a la mala imagen que se tenían de las madres que no amamantaban a sus hijos. Pero en las Cortes de los reyes castellanos era habitual su presencia al menos desde el siglo XII, llegando incluso a regularse los criterios de selección de las nodrizas en el cuerpo constitucional castellano: nada menos que en las mismísimas Partidas; así, en la segunda partida, en la ley tercera del capítulo VII, se recogen las características que debían tener estas amas de cría. En primer lugar se establece un criterio de salubridad; así, por un lado, debían estar "sanas, hermosas y con leche asaz"; por otro lado se establecían prohibiciones étnicas-religiosas ya que las nodrizas debían ser de "casta pura", lo que significaba que no podían ser judías ni musulmanes, ni siquiera ser descendientes; y, por último, consideraciones morales, ya que tenían que ser de "buenas costumbres y no sañudas".

Hoy podríamos entender la primera observación, pero las dos últimas sólo se alcanzan a comprender bajo la creencia de que la leche era transportadora de valores espirituales y de carácter, y una mala elección podría contaminar las cualidades y virtudes del linaje familiar transmitido por el fluido esencial: la sangre. Por esta razón, dentro de palacio, la elección de nodrizas se hacía con el máximo esmero y cuidado, llegándose incluso a formar juntas de médicos y fisonomistas para seleccionar a las mujeres más propicias. Además, se procuraba que hubiera una gran cantidad de ellas dispuestas en todo momento; por seguir con el citado Carlos II, señalar que fue amamantado por... ¡31 nodrizas!, y contaba, además, con otras 62 de repuesto**; si bien hay que considerar que este caso siempre fue de particular consideración, ya que se trataba del único y último hijo varón que le quedaba a Felipe IV, y todo esfuerzo, por grande que fuera, siempre sería poco si se fracasaba en el objetivo de mantener la línea dinástica.

Estas mujeres, durante el tiempo que prestaban sus servicios, gozaban de una protección legal específica, y en particular, cualquier agresión de tipo sexual podía ser calificada como traición porque podría afectar a su labor amamantadora, y el agresor, entonces, padecer todo el rigor de la justicia castellana de entonces, que era mucho. Durante el tiempo que estaban empleadas en las labores de cría, estas mujeres recibían un salario de las arcas reales; y una vez acabada su función y si su trabajo había sido satisfactorio solían verse premiadas con pensiones o empleos concejiles para sus maridos o hijos, si bien esto no pasaba en todos los casos. También conviene señalar que son abundantes las nodrizas que aparecen en las relaciones de los domésticos de Palacio de los distintos Austrias que llevan aparejado el “doña” a su nombre, todo un signo de que también se buscaban estas amas de cría en los sectores sociales de mayor raigambre social. La mayoría de estas mujeres no mantenían una relación continuada con sus "hijos de leche", y lo habitual era que abandonaran el servicio en palacio una vez terminada su labor, pero en algunos casos que permanecieron en la Corte pudieron ejercer una influencia sentimental sobre los miembros de la familia real nada desdeñable; así, es conocido el caso de doña Ana de Guevara, que fue nodriza de Felipe IV, y el importante papel que jugó en las intrigas que precipitaron la caída, en 1643, del en otro tiempo todopoderoso conde duque de Olivares, pero no fue lo normal.

Evidentemente nodrizas había en todas las casas con lactantes en la cual la madre no pudiera darles el pecho, y donde no podían faltar era en los hospicios y expósitos que entonces eran muchos. Estos locales, generalmente gestionados por ordenes religiosas, a la hora de seleccionar a las mujeres exigían lo mismo que el rey: salud, buenas costumbres y fe en Dios, pero se diferenciaban en el sueldo, apenas una decena de maravedíes al día, lo que equivalía a media docena de huevos, si bien se podía cambiar el salario por el pago en especie de comida y ropa si prestaban sus servicios de forma interna y continuada en la institución.

Por último señalar que la prohibición de amamantar a niños por amas de cría de otra fe religiosa no era exclusiva de los católicos, pues similares vetos existían en las religiones judías y mahometanas; que en la intolerancia, como en otras muchas cosas, se diferencian poco una de las otras.

En los siglos XVIII y XIX, en las Cortes borbónicas [y en las inclusas, ya que en ambos sitios se seguía practicando una selección similar] la elección de las nodrizas era ya toda una especialidad y los criterios de idoneidad estaban ya muy definidos y reglamentados:

1. Tener una edad entre diecinueve a veintiséis años
2. Complexión robusta y buena conducta moral
3. Estar criando el segundo o tercer hijo; es decir haber tenido al menos dos partos
4. Leche, no más de noventa días
5. No haber criado hijos ajenos
6. Estar vacunada
7. Ni ella ni su marido, ni familiares de ambos, habrán padecido enfermedades de la piel
8. Será circunstancia preferente que la ocupación de su marido sea la del cultivo del campo

Durante este siglo también se especializó el origen de las amas de cría, destacando en particular por su número las mujeres cántabras del valle del Pas. Como la mujer de la imagen, Francisca Ramón González, natural de Peñacastillo, que fue ama de cría de la reina Isabel II y tuvo el honor de verse retratada por Vicente López.

© Francisco Arroyo Martín. 2008

Para citar este artículo desde el blog:
ARROYO MARTÍN, Francisco. Las nodrizas en la Corte de los Austrias.

http://franciscoarroyo.blogspot.com/2008/01/las-nodrizas-en-la-corte-de-los.html.
4 de enero de 2008.

Referencias de la imagen:
Francisca Ramón, Nodriza de Isabel II. 1830. Palacio Real de Madrid. Vicente López


* Y nada menos que, según se decía en los mentideros de entonces, unos cuarenta naturales, de los cuales sólo reconoció a Juan José de Austria

** Las “titulares” se dedicaban de forma exclusiva a los infantes, y a la vez sus hijos eran amantados por las nodrizas de “reserva” conjuntamente con los suyos propios.

viernes 7 de diciembre de 2007

La prostitución en el Madrid del siglo XVII

La prostitución en el Madrid del siglo XVII
Por Francisco Arroyo

A pesar de que en un primer momento pudiera parecer lo contrario, los criterios morales respecto a la prostitución eran bastante laxos en la sociedad barroca española. Baste decir que dentro de la organizada y reglamentada estructura militar de los tercios, se contemplaba la presencia de un determinado número de mujeres públicas por cada unidad militar, además se indicaban como debían ser sus vestidos o los lugares y momentos en los cuales podían ejercer su oficio, entre otros aspectos, incluso la oficialía llegaba a establecer las tasas y honorarios de estas mujeres. No se puede decir lo mismo en el caso de la prostitución masculina, ya que las relaciones "contra Natura" eran consideradas como el pecado nefando y se castigaban con extremo rigor, en algunos casos con la muerte; y esto ocurría independientemente del sexo de los amantes.

Como pasaba en todas las grandes urbes del reino de Castilla la práctica de la prostitución se venía regulando al menos desde 1337 con el Ordenamiento de Alfonso XI. Destacando particularmente las ordenanzas sevillanas de 1553, que servirán de modelo para el resto de las normas municipales. Quizás la principal característica de estas normas era que no proscribían la prostitución sino que lo que prohibían era que se ejerciera en cualquier lugar y que pudieran confundirse las prostitutas con el resto de mujeres.

En esta línea, la principal preocupación de los dirigentes municipales madrileños no era la preservación de la castidad y la honra, sino mantener en lo posible el orden público y una pacífica convivencia. El organismo de vigilar y controlar la prostitución en la capital de la monarquía hispánica era la Sala de Alcaldes de Casa y Corte, excepto en el propio Palacio Real, donde los oficiales municipales carecían de jurisdicción. A diferencia de lo que ocurre en nuestros días, los ayuntamientos tenían importantes competencias policiales y judiciales, siempre en primera instancia, sobre un gran número de aspectos de la vida social. Por un lado aplicaban las leyes generales del reino y, por otro, las ordenanzas y disposiciones de estricto carácter local que se aplicaban únicamente en su ámbito jurisdiccional [que en el caso de Madrid, en algunos asuntos, abarcaban también a su "Tierra" o alfoz].

La ordenanza que en los primeros años del siglo XVII regulaba la práctica de la prostitución en Madrid, entre otros muchos aspectos, era el Pregón General para la governación de esta Corte [1] donde se recogía la necesidad de separar las “damas y mujeres honrosas” de las “cortesanas enamoradas”. A este objeto se obligaba a la residencia obligatoria de las prostitutas, y a la ubicación de los burdeles, en un barrio determinado; en concreto, en Madrid se estableció que fuera en el barranco de Lavapiés, lo que hoy es el barrio de su mismo nombre.

Además se establecía que la actividad de cualquier mujer enamorada ramera o cantonera, debía estar supervisada por la propia Sala y tan sólo se permitía el ejercicio de su oficio en casa pública y sin dependencia de rufianes [2], bajo una pena de cien azotes y la pérdida de sus vestidos y enseres; así se les prohibía vestir sedas y demás telas lujosas o portar joyas. La norma también prohibía la práctica sexual en caso de tener enfermedades venéreas so pena, también, de cien azotes y el destierro de la ciudad, castigo que se hacía extensivo a quien sabiéndolo no lo denunciara; a este fin los cirujanos de la Cárcel de Corte tenían entre sus obligaciones visitar periódicamente “el barranco”. También se mandaba que cada burdel o mancebía debía contar con un padre y una madre que debían garantizar el cumplimiento de la normativa, el orden público y el pago de los aranceles de la propia casa a las arcas municipales; no pudiendo tratar bajo ningún concepto con las prostitutas por el uso de su oficio, tan sólo podían cobrarlas por la ropa limpia, la comida, el uso del ajuar, etc. También estaba prohibido portar cualquier tipo de arma dentro de los burdeles, con el objetivo de eliminar en lo posible las peleas y desórdenes que inevitablemente se relacionaban con este mundo de hampa y bajos fondos; a este fin también se prohibían la venta de bebidas y los juegos de azar [Si hacemos caso a la imagen no pasaba lo mismo en los burdeles de los Países Bajos holandeses].

El afán reglamentista llegaba a establecer unos requisitos para ser prostituta, como eran ser mayor de doce años, ser huérfana o de padres desconocidos, no ser noble y haber perdido la virginidad antes de iniciarse en las labores del sexo, entre otros. El juez, antes de otorgar el oportuno permiso, tenía la obligación de persuadir a la muchacha para que no eligiera tan negro destino.

Por otro lado, los sectores religiosos más estrictos intentaron por todos los medios erradicar la prostitución de la ciudad; así vemos como los jesuitas presionaron para que la Sala ordenara el cierre de los burdeles durante fechas señaladas del calendario religioso; o, también, las habituales “misiones” para redimir las almas pecadoras de estas mujeres, que habitualmente se hacían todos los 22 de julio, día de santa María Magdalena, y los viernes santos, y que solían acabar con un buen número de ellas en el convento de las arrepentidas de Atocha.

A pesar de todo, limitar y reglamentar la prostitución era tan complicado como poner puertas al campo, e inmediatamente después de proclamarse las reglas se buscaban medios para saltarse la norma. Así se constatan innumerables expedientes en la documentación de la Sala que tenían como fin sancionar el establecimiento ilegal de cortesanas enamoradas fuera de los lugares acotados para ella, muchas de ellas casadas en matrimonios de conveniencia con sus propios rufianes o con maridos resignados; actuaciones de castigo que, dado su elevado número, se fueron limitando a las calles y zonas principales de la ciudad. Esta situación llevó a Felipe IV a prohibir la práctica de la prostitución con varias pragmáticas en 1623, de nuevo en 1632 y otra vez en 1661; pragmáticas que como tantas y tantas leyes de la época no tuvieron ningún resultado práctico, tan sólo agravar y hacer más difícil la vida de estas mujeres.

© Francisco Arroyo Martín. 2007

Para citar este artículo desde el blog:

ARROYO MARTÍN, Francisco. La prostitución en el Madrid del siglo XVII. http://franciscoarroyo.blogspot.com/2007/12/la-prostitucin-en-el-madrid-del-siglo.html
7 de diciembre de 2007.

Referencias de la imagen:

Escena en un burdel. 1650. Nicolaus Knüpfer

Rijksmuseum o Museo Nacional de Ámsterdam. Holanda.



[1] Archivo Histórico Nacional, Consejos, Sala de Alcaldes de Casa y Corte, Libro 1199.

[2] Que así les denominaba a los proxenetas.


jueves 6 de diciembre de 2007

El Rincón de Pumuki: Rotondas de Leganés: "El Dragón Alado" o "La Raspa"

Rotondas de Leganés: "El Dragón Alado" o "La Raspa"

sábado 24 de noviembre de 2007

El Rincón de Pumuki: Rotondas de Leganés: “Puerta del Aire”

El Rincón de Pumuki: Rotondas de Leganés: “Puerta del Aire”

lunes 12 de noviembre de 2007

Cuando Dios quiso acabar con esto

Cuando Dios quiso acabar con esto
por Francisco Arroyo


Parece ser que en 1642, Dios estaba un pelín enojoso con los españoles. Así lo recogen los avisos que un jesuita madrileño escribía al padre general de la orden el 16 de agosto de 1642.

El caso es que hubo una gran tormenta en Burgos; tan grande que se hundió el crucero de la catedral y derribó algunas de las agujas que coronaban, y coronan aún, sus esbeltas torres y campanarios. Si esto pasó con la catedral, imaginaos lo que debió pasar con las casas y edificios de la ciudad y de la comarca. Arcos quedó prácticamente arrasado, muriendo muchos de los moradores de las casas; se dice que fueron incontables los árboles que arrancó la tormenta a su paso; y no menos fueron los caseríos y granjas arrasadas, los viñedos arrancados a cuajo, y las huertas y campos de cultivo destrozadas. En la Rioja llovieron piedras como ladrillos de grandes. Con tanta fuerza rugieron los elementos, que cuentan las crónicas que el agua de los ríos se revolvió y ascendía ribera arriba. Tal estrépito y fragor maravillaba y aterraba a todos, creyendo muchos que era el fin del mundo lo que llegaba.

Pero lo más terrorífico fue cuando en Burgos tronó con fuerza inusitada un espanto bramido que decía:

¡Déxame acabar de una vez con esto!

De lo cual dedujeron y conjeturaron que Dios estaba airado con los españoles y que alguna alma piadosa se interponía y le intentaba apaciguar.

Lo cierto es que eran momentos difíciles para la monarquía católica: Portugal y Cataluña estaban en franca rebelión; la primera con la elección de un nuevo rey, Juan IV, en vez de Felipe IV; y los catalanes habiendo nombrado a Luis XIII de Francia como conde de Barcelona y en consecuencia príncipe y señor de Cataluña. Lidiaban las tropas realistas de Felipe IV en los dos frentes y con ventura adversa en esos días. Además se había conocido una conspiración en Andalucía, inspirada por el duque de Medina Sidonia, para constituirse en un reino independiente; y otra similar en Aragón por el de Hijar. En esa situación no era raro que un desastre como el que describe el padre jesuita se pensara en esos momentos que sólo era posible por la ira de Dios.

Pero lo más curioso es la última conjetura en la cual un ánima bondadosa le sujeta, como si de un bravucón tabernario se tratara, para que calme su ira y detenga su furia.

Recogido por: VALLADARES, Antonio. Semanario Erudito. Madrid: Antonio Espinosa, 1740. t. 33, p. 16.

© Francisco Arroyo Martín. 2007

Para citar este artículo desde el blog:

ARROYO MARTÍN, Francisco. Cuando Dios quiso acabar con esto. 12 de noviembre de 2007. http://franciscoarroyo.blogspot.com/2007/11/cuando-dios-quiso-acabar-con-esto.html

martes 7 de agosto de 2007

Hasekura Tsunenaga. Un samurái en la Corte de Felipe III

Hasekura Tsunenaga. Un samurái en la Corte de Felipe III
Por Francisco Arroyo Martín

El 28 de octubre de 1613 partió de Sendai hacía España una embajada japonesa enviada por Date Masamune [en japonés: 伊達 政宗] (1567—1636), señor feudal de la provincia de Ōshū [奥州], al noroeste de Japón [en la documentación española suele aparecer escrito de diferentes formas: Boju, Boxu, Voxu, Vojuí,... actualmente la provincia se conoce más por el nombre de Mutsu (陸奥国)]. La embajada estaba encabezada por el samurái Hasekura Tsunenaga Rokuyemon [支倉六右衛門常長] (1571—1622), capitán de la guardia personal de Date Masamune y veterano de las guerras de Corea, y contaba con el aliento de un fraile sevillano, el franciscano fray Luis Sotelo (1574—1624) que llevaba en Japón desde 1602, adonde llegó proveniente de Manila. La comitiva la formaban cerca de 200 personas, de los cuales unos cincuenta eran españoles: los frailes franciscanos que tutelaban la embajada y el resto de un naufragio de una nave española de 1611; la expedición se completaba con los diplomáticos japoneses, y las tropas y personal de su servicio, junto con un buen número de comerciantes.

La primera parte del viaje se hizo en un navío japonés de 500 toneladas de nombre “San Juan Bautista” en español, y “Date Maru” en japonés, fabricado al modelo de los galeones europeos bajo la dirección del navegante y explorador Sebastián Vizcaíno (1548—1624), que había llegado a Japón en 1611, y del inglés Guillermo Adams que estaba al servicio del ministerio de guerra del sogún Tokugawa Hidetada [徳川秀忠] (1579—1632; sogún entre 1605—1623). Actualmente existe una réplica de este barco en la ciudad de Ishinomaki, puerto desde el cual zarpó la nave.

Pero antes de contaros las peripecias del viaje y la estancia en Europa de este grupo de japoneses, conviene saber que objetivos buscaba esta misión diplomática. En primer lugar hay que señalar que la presencia de misioneros cristianos en las islas del Japón se remonta, al menos, al 15 de agosto de 1549 cuando desembarcó en Kagoshima el jesuita San Francisco Javier [monje navarro que se convertiría en la mano derecha de San Ignacio de Loyola. Fundador de la Compañía de Jesús]. Años más tarde, en 1582, los jesuitas habían conseguido un buen número de conversos al catolicismo [se habla de 150.000], lo que les permitió organizar una expedición a Roma y conseguir del Papa un obispado para la isla, cátedra que desde entonces sería ocupada por un jesuita hasta la expulsión de los religiosos extranjeros que se produjo en el siglo siguiente. En esta tesitura, el resto de las órdenes misioneras, y en particular los franciscanos, se quedaron en una situación de dependencia y subordinación respecto a los jesuitas; algo que evidentemente no gustaba.

Por otro lado, Japón había incrementado notablemente sus relaciones comerciales con los asentamientos españoles y portugueses del Pacífico, tanto en los continentales de la India como en los de los archipiélagos de Molucas y Filipinas, especialmente; los cuales desde la unificación de las dos Coronas en Felipe II en el año de 1580, dependían todas [al menos teóricamente, luego su funcionamiento era muy independiente] del Consejo de Indias (en Madrid) y de la Casa de Contratación (en Sevilla), que eran los órganos que autorizaban los permiso y franquicias de contratación. Lo que pretendía los japoneses era establecer relaciones diplomáticas con el Rey de España y establecer los acuerdos necesarios para poder negociar y comerciar directamente con América y Europa a través de los puertos del Pacífico de Nueva España (México); y lo que pretendían los franciscanos (aparte de participar en esta nueva red comercial) era la división del Japón en dos obispados y ocupar ellos al menos el del norte. Para lograrlo partieron a Madrid y Roma, las dos ciudades europeas más importantes del momento.

Viajes similares se habían intentado ya en 1610, donde la expedición la encabezaba el franciscano fray Alonso Muñoz, y dos años después por el mismo fray Luis Sotelo; en ambos casos la expedición fracasó. Lo cierto es que la situación de los cristianos en Japón empeoró notablemente a partir de 1613, llegándose a prohibir el culto en muchos territorios, si bien en el caso de Date Masamune no sólo continuó autorizando la difusión y extensión del catolicismo, sino que persiguió las prácticas de otras religiones, especialmente a los budistas y sintoístas.

Bien, pero sigamos con el viaje de Hasekura Tsunenaga, quien avista el continente americano, siguiendo la ruta tradicional del galeón de Manila, en el cabo de Mendocino, península de California, y siguiendo la costa, el 25 de enero de 1614, llega a Acapulco, principal puerto pacífico de Nueva España; tres meses después de su partida de Japón. Tras penetrar en la amplísima bahía de esta ciudad y obtener las autorizaciones pertinentes se produce el desembarco y la embajada japonesa fue recibida con gran ceremonial por los representantes del virrey de Nueva España, don Diego Fernández de Córdoba (1578—1630), marqués de Guadalcázar. De todas formas hubo que esperar un tiempo en esta ciudad para preparar el viaje a México, el séquito se hospedó en el convento franciscano del lugar. No faltaron en este tiempo de espera enfrentamientos entre miembros japoneses y españoles de la expedición; de especial relevancia fue el mantuvo el capitán de la guardia personal de Hasekura, un tal Tomé o Tomás [por el nombre algunos han querido ver que fuera hijo de algún español, pero lo más normal es que adoptara este nombre tras bautizarse] y Sebastián Vizcaíno. Se utilizaron los aceros y del duelo salió gravemente herido el arrogante marino español. Ante este hecho las autoridades españolas establecieron varias normas el 4 de marzo, encaminadas a garantizar la seguridad, el comercio y el libre movimiento de los japoneses, que no podían ser molestados por nadie so pena de graves castigos, y por contra se limitaba el uso de armas al propio Hasekura y a media docena de escogidos samuráis.

Por fin, partió el séquito de Acapulco y llegó a la ciudad de México el 25 de marzo. En esta ciudad fueron recibidos con la mayor pompa y boato por el propio virrey, el arzobispo de México, Juan Pérez de la Serna (1573—1631), y el provincial de la orden franciscana. A todos ellos se les entregaron las cartas y credenciales de Date Masamune, daimio de Sendai, el cual les manifestaba su gran interés en que sus representantes viajaran a España y a Roma para llevar mensajes de paz al rey de España y establecer relaciones diplomáticas y comerciales en Nueva España, y para pedir al Papa que envíe misioneros católicos y un alto delegado papal [un obispo más, vamos] para evangelizar todo el Japón. Durante la estancia en México, en las celebraciones religiosas en torno a la Semana Santa, se produjeron varios bautizos colectivos: así el día 9 de abril se bautizaron 20 japoneses, y otros 22 el día 20; y tres días más tarde recibieron la confirmación de manos del arzobispo nada menos que 63 nipones. Hasekura no quiso tomar estos días el bautismo, ya que prefirió reservarse y recibirlo en Europa, en Roma o en Madrid, donde efectivamente lo hará, como veremos.

De todas formas, y a pesar de estas muestras de fervor religioso, en Japón pintaban bastos para los cristianos, ya que, el primero de febrero del 1614, el sogún Tokugawa Hidetada [el sogún era el gobernador militar del imperio japonés, y de hecho quien ostentaba el poder político al que se sometían los daimios, que eran los señores feudales de las distintas provincias; el emperador carecía de poder efectivo en el territorio y se había convertido en una figura simbólica y de carácter casi ceremonial] había decretado la prohibición de la práctica del cristianismo y la expulsión de los misioneros extranjeros. Al menos, Date Masamune, que, recordemos, era el daimio de Hasekura, esperó hasta el regreso de la embajada diplomática a Europa para aplicar en Ōshū la dura ley del sogún. Pero esto todavía se desconocía en México.

En el momento de partir de la capital de Nueva España, la comitiva se dividió: los españoles se quedaron en Nueva España, excepto los frailes que siguieron con Hasekura; y de los japoneses, una treintena continuaron el viaje hacía Europa, algunos, pocos, se quedaron en Nueva España a esperar la vuelta de Hasekura, y el resto volvió a Acapulco para regresar, de nuevo en el “San Juan Bautista”, a Japón. Después, la reducida comitiva encaminó sus pasos por el camino real al puerto atlántico de Veracruz, donde el 10 de junio, a bordo del galeón “San José”, comienzan la travesía del Golfo de México con dirección a La Habana. La intención era coger en la capital de la actual Cuba un barco de los que integraban la Flota de Indias.

Era La Habana el puerto del caribe donde la Flota de Nueva España [puerto de referencia Veracruz, actual México] se unía a los Galeones de Tierra Firme [puerto de referencia el de Cartagena, actual Colombia, y Portobelo en Panamá] para iniciar el viaje anual de regreso a España. Poco a poco fueron llegando los barcos cargueros y se fueron aprestando los buques de guerra de la Armada de Barlovento que escoltarían a la flota hasta el final del canal de Bahama, cerca de las Bermudas. Por fin, el 3 de agosto, a bordo del galeón “San Juan de Lúa”, la embajada inicia la travesía del Atlántico en la flota que comandaba el almirante don Antonio Oquendo. La presencia de la comitiva japonesa se recuerda hoy en La Habana con una estatua de bronce, erigida el 26 de abril de 2001, en honor de Hasekura Tsunenaga.

El viaje por el atlántico continuó sin contratiempos graves si exceptuamos alguna tormenta más que seria y la incertidumbre de que se produjera algún ataque corsario a alguna nave retrasada; que no se disipó hasta que en las Azores se vislumbraron las naves de la Armada del Océano, que escoltarían a la Flota hasta su llegada a la bahía de Cádiz. Una vez que se avistaron las costas andaluzas, se mandó aviso a la ciudad de Sevilla de la llegada de la embajada el 30 de septiembre y de las intenciones de la misma. La ciudad empezó desde ese momento a preparar el recibimiento que merecía tan excelsa visita.

Así, tras dos meses de navegación, el 5 de octubre, la flota llegó a la desembocadura del Guadalquivir y arribó a la barra de Sanlúcar de Barrameda. Debido al gran calado de algunos buques, lo que les impedía navegar río arriba hasta Sevilla, hubo que hacer el traspaso del cargamento de estas naves a las barcazas y gabarras fluviales, momento que también se aprovechaba para escamotear a la Hacienda Real un buen número de mercancías y efectos. Pero para los japoneses era acumular un retraso más a su dilatado viaje, del que pronto se cumpliría un año del día de la partida de Japón. Inmediatamente se enviaron las pertinentes cartas de presentación al ayuntamiento de Sevilla y a Madrid, a Felipe III (1578—1621), anunciando su llegada y las intenciones de su viaje.

Una vez que arribó la embajada de japonesa, acudió a presentar los honores pertinentes Alonso Pérez de Guzmán el Bueno, VII duque de Medina Sidonia (1550—1615), que era el señor de la villa de Sanlúcar de Barrameda y además era el capitán general del Mar Océano y de las costas de Andalucía y el representante de la principal familia andaluza. Hasekura y los principales miembros de la expedición fueron hospedados en la residencia ducal, donde fueron atendidos con la típica suntuosidad y pompa del magnate andaluz.

La ciudad de Sevilla encargó a unos de sus regidores, al veinticuatro Diego Caballero de Cabrera, que además era hermano de fray Luis Sotelo, que atendiera a los viajeros y que hiciera los preparativos necesarios para su entrada en Sevilla. El duque, a instancias del ayuntamiento sevillano, aparejó dos galeras para conducir a la comitiva a Coria del Río, donde tendrán que esperar hasta el día que sean recibidos en la ciudad. En esta localidad fueron hospedados, siempre a cargo de la ciudad de Sevilla, por Pedro Galindo, que atendió con esmero y cuidado a sus huéspedes. Incluso, la capital andaluza, envió una representación, formada por el citado Diego de Cabrera, Bartolomé López de Mesa, Bernardo de Ribera, y el propio Pedro Galindo, junto con un buen número de jurados y caballeros que los acompañaban, para que dieran la bienvenida al embajador y le felicitaran por su feliz viaje. Algo que satisfizo mucho a Hasekura y le hizo albergar esperanzas de éxito en su misión.

Por fin, el 21 de octubre [no coinciden en este dato los cronistas y algunos dan la fecha del 23] tiene lugar la fastuosa recepción en la ciudad de Sevilla. Hasekura partió de Coria del Río con su séquito, formado por el religioso sevillano y una guardia personal compuesta por los samuráis y una decena de soldados, todos elegantemente vestidos al modo japonés y, para dejar clara su intención, todos portaban rosarios al cuello; también iban con ellos los veinticuatro sevillanos Bartolomé López de Mesa y Pedro Galindo. Desde su salida de Coria la comitiva fue aumentando de número con infinidad de curiosos que no querían perderse la ocasión de ver de cerca tan singulares personajes. Pero esto no fue nada en comparación con la multitud que se agolpaba entorno al puente y a la puerta de Triana; toda la ciudad, desde el camino o desde las barcas en el río, querían conocer a tan ilustres y sorprendentes visitantes.

Cruzaron el puente de barcas de Triana numerosas carrozas y cabalgaduras y un sinfín de gente de todo tipo; tan grande fue el número que en algunos momentos se puso en peligro la propia integridad de la comitiva a pesar de los denodados esfuerzos de los alguaciles y justicias que intentaba poner un mínimo de orden en la procesión. [Quien conozca esta ciudad en Semana Santa podrá imaginárselo sin esfuerzo]. En la puerta de Triana les esperaban toda la nobleza de la ciudad y los miembros del ayuntamiento sevillano encabezados por el corregidor y asistente de Felipe III en la ciudad, Diego Sarmiento de Sotomayor (¿?—1618), primer conde de Salvatierra, que en nombre del rey y de la ciudad dio la bienvenida a el embajador, quien se apeó de la carroza y recibió y proporcionó las oportunas cortesías; mostrando en todo momento el sumo placer y honor que recibía de tan grandioso recibimiento. Después, Hasekura montó a caballo y se colocó junto al conde de Salvatierra, quienes, flanqueados por los alguaciles mayores de la ciudad y por el capitán de la guardia japonesa, condujeron la cabalgata por la ciudad hasta las puertas de Alcázar Real, donde se hospedaría el embajador a costa de la ciudad. Durante todo el trayecto estuvieron acompañados por millares de sevillanos que los saludaban alborozados a su paso. A su llegada a la residencia real sevillana fueron recibidos por Juan Gallardo de Céspedes, su alcaide. Así terminó esta jornada. Durante los días siguientes, Hasekura, como cualquier turista de hoy en día [pero sin cámara de fotos], recorrió la ciudad, visitó la catedral y, como no, subió a la Giralda para disfrutar desde lo alto de la magnífica visión de Sevilla y del Betis.

El día 27 de octubre tuvo lugar la recepción oficial de la embajada por el ayuntamiento sevillano. Sentado junto al conde de Salvatierra, Hasekura expuso los motivos y razones de su embajada en japonés que el padre fray Luis Sotelo interpretó en castellano, y que no eran otros que extender la fe en Cristo por todo el Japón y alcanzar un tratado de amistad y comercio con España; después entregó una carta de Date Masamune, que también tradujo el fraile franciscano, en la que se exponía su pretensión de ponerse bajo la autoridad del papa y de comenzar un periodo de amistad fraternal con el rey de España; seguidamente, fray Luis Sotelo hizo una relación de las incidencias del viaje, de la situación del cristianismo en Japón y una petición de ayuda económica para continuar su labor. Acto seguido respondió el conde de Salvatierra, diciendo que la ciudad de Sevilla ayudaría en todo lo que pueda al éxito de la misión y que él, en calidad de asistente real, transmitiría fiel y puntualmente todo el contenido de la embajada a Felipe III. Por último, entró en la sala capitular del ayuntamiento de Sevilla el capitán de la guardia de Hasekura para hacer entrega de la carta original de Date Masamune y de un daishō [大小], conjunto de las dos espadas tradicionales japonesas: la katana [] y la wakizashi [脇差]. [En los archivos sevillanos se conserva la carta original, pero las espadas desaparecieron tras los tumultos de 1868]. Después, como se trataba de una sesión ordinaria, la embajada abandono la sala y el cabildo continuó su sesión.

Los japoneses prolongarán su estancia en Sevilla durante un mes más, y en este tiempo el Alcázar sevillano recibirán innumerables visitas de cualquiera que fuera algo en Sevilla: nobles, jueces, cargos públicos,... y en particular sentirán el calor y el cariño de los sevillanos que, como veremos, dejará profunda huella en muchos de ellos. Hasekura, por su parte, realizó numerosas visitas a la catedral y al convento franciscano de la ciudad. También serán abundantes los actos festivos que se harán en su honor y homenaje: comedias, bailes, saraos,... Existe una relación de gastos del Libro de Cuentas, según la cual, el ayuntamiento de Sevilla se gastó más de 2.600 ducados en la estancia de la embajada japonesa [al cambio actual del precio del oro unos 142.000 €, mas de 23.000.000 millones de ptas.].

El 25 de noviembre la embajada abandona la ciudad hispalense con dirección a la capital de la monarquía hispana. La comitiva la componen unas cuarenta personas, dos carros, dos literas y cerca de cincuenta animales de carga. La ciudad de Sevilla, atenta hasta el último momento, designa a Gonzalo de Guzmán, junto con personal de servicio, para que acompañe y asista a la embajada hasta su llegada a Madrid.

Ciudad a la que llegarán el 20 de diciembre, tras un viaje en el cual la comitiva fue objeto de atención por todos los lugares por donde pasaron, destacando la parada de varios días en Córdoba y el recibimiento por el arzobispo de Toledo en la catedral primada. No fue tan espectacular el recibimiento en la Corte como lo había sido en Sevilla, seguramente, además de la información qua había trasmitido el conde de Salvatierra, también se tendrían noticias de la nueva situación en Japón y de las persecuciones que se habían iniciado contra los cristianos tras el decreto del sogún de febrero de 1614. Siempre se trató a la embajada como una delegación de un principado menor, en ningún momento se la consideró como la representación oficial del emperador o del sogún; en consecuencia el protocolo se ajustó a este rango.

Además, los agentes de los comerciantes de Nueva España y Filipinas debían mirar con recelo las intenciones comerciales de los japoneses, y a buen seguro que no tardaron de mover sus influencias en la Casa de Contratación y en el Consejo de Indias para que se mantuviera el estado actual en las relaciones comerciales con Japón. Estos dos órganos siempre se manifestaron contrarios a esta nueva alianza con los japoneses que podría poner en peligro la exclusividad comercial de los asentistas de Manila y Acapulco. Tampoco convine olvidar la creciente pujanza de los jesuitas en la Corte madrileña, que se habían hecho con el influyente Colegio Imperial y estaban fabricando su nueva y magnífica sede en la calle de San Bernardo; quienes a buen seguro no dejaron de medrar para que la misión acabará en fracaso y poder mantener el monopolio evangelizador en Japón. Así, el alojamiento de la embajada no fue en ningún palacio o residencia real ni en ninguna morada de los miembros de la nobleza cortesana, ni tan siquiera fue en alguno de propiedad municipal, sino en el convento de San Francisco de la localidad.

Más de un mes, hasta el 30 de enero de 1615, hubieron de esperar Hasekura y Luis Sotelo para ser recibido por Felipe III. En la audiencia real se reiteró la exposición de Hasekura sobre los deseos de su señor, el daimio Date Masamune, de mantener relaciones diplomáticas y establecer alianzas con España y que se cristianice todo el Japón; si bien en esta ocasión se hizo mucho más hincapié en la vertiente política y económica de la embajada; acto seguido se le hizo entrega a Felipe III de una carta original de Date Masamune [de la que se desconoce su actual paradero] fechada el año 13 a cuatro días de la novena luna, que se correspondía con el 6 de octubre de 1613, unos días antes de que partiera la embajada, como hemos visto. Luis Sotelo volvió a ser el intérprete de Hasekura e hizo un alegato ante el rey en defensa del acuerdo, ya que permitiría acercar posiciones con el sogún Tokugawa Hidetada para neutralizar la influencia holandesa e inglesa en Japón.

Hasekura estará alrededor de ocho meses en Madrid, por un lado preparando el viaje a Roma y por otro intensificando los contactos con las principales personalidades de la Corte al objeto de llevar a buen puerto su misión. Varias veces se entrevistó con el valido de Felipe III, el todopoderoso Francisco Gómez de Sandoval Rojas y Borja (1553—1625), I duque de Lerma, y con el nuncio apostólico del papa en Madrid.

Pero quizás el acto social de mayor trascendencia fue el bautizo del propio Hasekura en la capilla del monasterio de las descalzas reales de Madrid. Fray Luis Sotelo escribió una relación a su hermano Diego Caballero de Cabrera del desarrollo de este acontecimiento según el cual se desarrolló de la siguiente forma. El 17 de febrero de 1615, a las tres de la tarde, acudió a la citada capilla Felipe III, acompañado de su hija Ana de Austria (1601—1666) [que en las crónicas aparece como “Reina de Francia” ya que en esas fechas su matrimonio estaba concertado con Luis XIII de Francia (1601—1643), si bien su matrimonio por poderes se realizará en Burgos el 18 de octubre de 1615 y en persona en Burdeos el 21 de noviembre de ese mismo año, ya que ambos contrayentes tenían apenas 14 años, su matrimonio no se consumará hasta cuatro años más tarde. Chascarrillo “rosa”: esta es la reina sobre la cual se sospecha que tuvo algún affaire con el duque de Buckingham; la de los tres mosqueteros, vamos]. También acudieron a este acto la infanta María Ana de Austria; al parecer el príncipe Felipe estaba enfermo y se quedó en palacio con los otros dos infantes: Carlos y Fernando. A la celebración acudieron los principales caballeros de la Corte, entre ellos muchos Grandes, quienes junto a los japoneses se distribuyeron por las gradas. Hasekura estuvo acompañado toda la ceremonia por Lope de Moscoso Osorio (1555—1636), VI conde de Altamira, mayordomo mayor de la infanta Ana. El bautizado tuvo como padrinos al duque de Lerma y la condesa de Barajas. El oficiante fue el capellán mayor de Felipe III, Diego de Guzmán, ya que el arzobispo de Toledo tenía perlesía en las manos lo que le impedía oficiar el bautismo, si bien estuvo presente en la ceremonia. El bautizo se hizo con toda la solemnidad y destaca fray Luis Sotelo el afecto y gran devoción del japonés. Su nombre cristiano fue Felipe Francisco Hasekura.

Inmediatamente acabado el bautismo, el duque de Lerma llevó al embajador al cuarto real donde se entrevistó con Felipe IV, quien le felicitó y le pidió que le encomendase a Dios. Por su parte, Hasekura, agradeció su presencia y que le hubiera permitido usar su nombre y que esperaba que este acontecimiento tuviera su efecto y salvara muchas almas en Japón. Tras abandonar el monasterio la embajada fue escoltada por la Guardia Real hasta San Francisco, donde fueron recibidos por toda la comunidad franciscana con un solemne Te Deum Laudamus y gran aparato de música y canto.

La otra etapa del viaje era Roma, y tras conseguir la licencia real, hacía allí partió la comitiva el 15 de agosto de 1615. Se une a ellos como intérprete el doctor Escipión Amati que publicaría a finales de ese mismo año una crónica de la embajada: Historia del Reyno Di Voxy Del Giapone, Dell'Antichita Nobilita, E Valore Del Svo Re Idate Masamune,...; el veneciano Gregorio Matías y el intérprete Francisco Martínez. En el séquito todavía viajaban veintiún japoneses.

La ruta fue la habitual para los desplazamientos a Italia: Alcalá de Henares, Daroca, Zaragoza, Lérida y Barcelona; donde por mar se dirigirían a Génova para alcanzar Roma. Por todos estos lugares la comitiva se convirtió en un foco de atracción, así en las distintas localidades se esperaba su llegada para realizar los oportunos honores y saludos; los visitantes aprovechaba estas paradas para visitar los templos y monasterios franciscanos que financiaron la mayor parte del viaje.

De todas formas, en España y tras conocer las preocupantes noticias que llegaban de América, la posibilidad e llegar aun fructífero entendimiento cada vez eran menores; así en septiembre de 1615 el Consejo de Indias se manifestaba contrario a la alianza comercial con Japón a través de Nueva España, alegando que afectaría negativamente a los intereses de los mercaderes portugueses de la India y Macao y a los españoles de Filipinas. Por estas mismas fechas, en concreto el 20 de septiembre, Felipe III ordena al conde de Castro, embajador en Roma, para que vigile de cerca las audiencias ante el Papa. Además le indica que en lo relativo a las decisiones sobre el envío de misioneros a Japón debe atenerse a lo que indique el nuncio apostólico en España.

De todas formas la embajada sigue con su misión, y a principios de octubre de 1615, parten del puerto de Barcelona en dos fragatas y un bergantín con dirección al puerto genovés de la Saonna. Debido a unas fuertes tormentas la expedición tuvo que hacer un alto en la localidad francesa de San Tropez. En las crónicas del lugar quedó constancia de la visita de tan extraños personajes, en las cuales destacaban que los japoneses no tocaban la comida con las manos y ¡qué usaban unos palillos para acercarse los alimentos!; también llamó su atención que se sonaran los mocos con pequeños y suaves trozos de papel que desechaban después de su uso; pero lo que más destacan los cronistas galos son sus espadas de las cuales dicen que su forja era de un acero tan afilado que podían cortar un papel con tan solo la presión de un soplo.

Tras este incidente llegan a la ciudad de Génova a mediados de octubre, donde son recibidos por toda la nobleza de la ciudad y por el senado. A los pocos días inician su periplo por Italia que les permitirá alcanzar la ciudad eterna el primero de noviembre. El papa Pablo V (1550—1621), recibió a Hasekura con premura y así se le concede la audiencia el mismo día 3 de noviembre en el Sacro Colegio Cardenalicio; a la audiencia acude lo más selecto de la curia romana, grandes señores, prelados y embajadores. En el acto se repite el mismo ceremonial que hemos visto en Sevilla y en Madrid intervenciones del franciscano y del embajador japonés con la lectura de la carta, que Date Masamune destina al pontífice [De esta carta se conservan los originales en japonés y latín en los archivos vaticanos]. En la carta se pedía al papa que intercediera ante Felipe III para favorecer un tratado comercial y de amistad entre Japón y España y le pedía que enviara misioneros al Japón; en parte venía a decir:

Besando los pies santos del más grande, universal y mayor santo del mundo entero, al papa Paulo, con la sumisión y mayor reverencia, yo, Date Masamune, rey de Wôshû en el imperio de Japón, le suplico: (...) El Padre franciscano Luis Sotelo vino a nuestro país a esparcir la fe de Dios, entonces, aprendí sobre esta fe y deseé hacerme cristiano, si bien todavía no he logrado cumplir este deseo debido a ciertas dificultades. Sin embargo, para conseguir que mis súbditos se hagan cristianos, deseo que enviéis a misioneros de la iglesia franciscana. Por mi parte os garantizo que podréis construir una iglesia y que los misioneros gozarán de protección. También es mi deseo que escojáis y enviéis a un obispo. Para este fin he enviado a mi samurái Hasekura Tsunenaga Rokuyemon, como mi representante para que acompañe a través de los mares a Luis Sotelo en su viaje a Roma, y os ofrezca una muestra de obediencia y os bese los pies. (...) También, y puesto que nuestro país y Nueva España son países vecinos, para que os pida que intervengáis todo lo que podáis en la negociación con el rey de España; que todo será en beneficio de enviar misioneros a través de los mares (...)

La respuesta del papa la dio Pedro Trocio, secretario apostólico y doméstico de su santidad, en la cual le manifestó la alta estima que había producido la llegada de la embajada de tan remoto lugar. El papa mostró escaso interés en comprometerse en interceder frente a Felipe III en lo relativo a las relaciones comerciales con España. Si accedió al envío de misioneros y llegó incluso a nombrar a fray Luis de Sotelo como obispo de Mutsu, si bien con algunas condiciones: la obligación de fundar un seminario y que la su consagración debía hacerse en España por el nuncio apostólico; esta consagración nunca se llevó a cabo [En 1626 se imprimieron estos testimonios en castellano y latín en México]. No eran los mejores momentos para establecer relaciones entre países tan diferentes; sin ir más lejos, apenas unas semanas después, en Japón, se restringiría el comercio extranjero a tan sólo dos puertos: Nagasaki y Hirado; y como otro botón de muestra, recordar que en este mismo año de 1615, Galileo Galilei tuvo que enfrentarse a los tribunales de la inquisición y renegar del heliocentrismo y admitir que la Tierra era el centro del universo y de la Creación. No estábamos, evidentemente, en los mejores tiempos para la anuencia y la tolerancia mutua.

Pero la vida sigue y los actos políticos, religiosos y ceremoniales continuaron en Roma: así, se realizó el bautismo de otros cuantos japoneses, entre ellos el secretario personal de Hasekura, y otros recibieron la confirmación; el Senado de Roma concedió al embajador el título honorífico de ciudadano de Roma [el documento se conserva en el museo de Sendai]; en recuerdo de la visita de la embajada japonesa se pintaron unos frescos con este motivo en la sala regia del palacio del Quirinal donde aparece Hasekura conversando con Luis Sotelo, rodeado por otros miembros de la embajada. Pero no nos engañemos se trataban, ya entonces, de una parafernalia que, como los catafalcos barrocos, ocultaba tras una suntuosa fachada la triste realidad: tras dos años en Europa la embajada japonesa carecía de compromisos concretos, no los había conseguido del papa ni del rey de España.

Tras dos meses en Roma, el siete de enero de 1616, la comitiva comenzó el viaje de vuelta: Roma, Livorno, Génova, Barcelona, Zaragoza, Alcalá Henares, y... Sevilla. Esta vez había orden real de que la comitiva continuara directamente hacia el sur sin detenerse en la capital. En parte por ahorrarse gastos, en parte por no dar más vueltas a unas conversaciones y entrevistas cada vez más carentes de sentido político. El viaje iba de mal en peor y las desgracias no sólo son diplomáticas, parece ser que el fraile franciscano se rompe una pierna en este viaje de vuelta y Hasekura sufre un agudo proceso febril que le deja al borde de la extenuación.

En Sevilla se alojan en el convento de Nuestra Señora de Loreto de Espartinas. De la treintena de japoneses que quedaban en España, unos veinte, acompañados de algunos frailes franciscanos, vuelven a Japón. Pero Hasekura y Sotelo se resisten a marchar y con una voluntad férrea continúan escribiendo al papa, al nuncio, al rey, al valido,...; pero tan sólo consiguen el apoyo, y cada vez más tímido de ayuntamiento sevillano. Al igual que lo había hecho en Roma, el embajador insistía pertinazmente en que la autoridad y la fuerza del reino de, Ōshū, eran superiores a la de muchos países europeos, y que su señor pronto se iba a convertir en el máximo mandatario de Japón, y que tenía decidido acatar el poder espiritual de Roma y extender el cristianismo por todo el imperio japonés. Pero apenas consiguen que Felipe III remitiera, el 12 de julio de 1616, una amable carta de respuesta al rey de Boju, en la cual le expresa el trato considerado que había prestado a la embajada y le manifiesta su deseo que se continúen los esfuerzos diplomáticos para conseguir el loable fin de extender el cristianismo.

Aunque las noticias que llegaba de Japón parecían confirmar que efectivamente Date Masamune estaba protegiendo a los cristianos en su reino de las persecuciones ordenadas por el sogún en 1614, los ministros españoles dudaban que los acuerdos que alcanzaran con Hasekura verdaderamente tuvieran valor ante Tokugawa Ieyasu, que a pesar de su retiro [moriría el primero de junio de 1616] mantenía un gran poder político, y mucho menos por el sogún efectivo de Japón, su hijo Tokugawa Hidetada [Felipe III en sus cartas se refería a el como el universal señor del Japón], que era mucho más xenófobo e intolerante que su padre; y que contemplaba la práctica del cristianismo como un peligro para la estabilidad del imperio japonés ya que permitía la posibilidad de establecer fidelidades al margen de la estructura feudal existente; además de su intención de atajar el contrabando y comercio clandestino que las órdenes religiosas, en particular los jesuitas, tenían organizado y casi institucionalizado.

Un año más aguantó en Sevilla la embajada japonesa, pero sin medios económicos y agotados los recursos diplomáticos, Hasekura y Sotelo, en el “Santa María y San Vicente”, parten de Sevilla hacia Japón el cuatro de julio de 1617, acompañados por otro franciscano y los japoneses que restaban. Casi tres años después de su llegada a las costas andaluzas, abandonan Europa tremendamente decepcionados y contrariados por el fracaso de su misión. Como ya se ha avanzado anteriormente, los intereses comerciales existentes y las tremendas luchas intestinas entre las diferentes órdenes misioneras, junto con la intransigencia y xenofobia que se extendía por el Japón, hicieron fracasar irremediablemente la embajada diplomática. ¡Se tardarán 200 años en que llegue a Europa, en concreto a Francia, otra delegación japonesa!

Pero algo quedó en España de esta visita. Todo parece indicar que un reducido número de japoneses no volvió a su país y decidió quedarse a vivir en Sevilla y alrededores. A causa de esto, hoy existen varios centenares de personas descendientes de estos nipones; reconocibles por sus rasgos ligeramente orientales y, particularmente, porque llevan el apellido «Japón» [1.851 personas en toda España, de las cuales 1.344 en la provincia de Sevilla, según el padrón de 2006]

Alcanzaron las costas mejicanas a principios de 1618. Inmediatamente se dirigieron por tierra a Acapulco donde les esperaba, desde 1616, el “San Juan Bautista”. El barco había realizado un segundo viaje comercial de Japón a Nueva España cargado de especias, sedas y productos lujosos, los cuales generaron tal demanda que obligaron al gobierno virreinal a establecer precios tasados y límites estrictos a las transacciones. Al objeto de financiar en parte los elevados gastos de la embajada, Hasekura consigue una autorización para cargar el barco de diversos productos en Acapulco y poderlos vender después en Manila; puerto al que arribaron en abril de 1618.

Es sorprendente que Hasekura permaneciera dos años más en Filipinas, donde fue tratado muy cordialmente por las autoridades, tanto por el gobernador como por el obispo, como se refleja en varias misivas. Pero en esta estancia ya su único interés era liquidar la expedición y recuperar en lo posible los gastos; y para este fin, en julio de 1619, se vendió el “San Juan Bautista” a las autoridades españolas. Según parece el estado de la flota de guerra del archipiélago filipino estaba en un estado deplorable lo que permitía que los corsarios ingleses y holandeses, los piratas malayos y demás filibusteros del mar acosaran insistentemente a los navíos y puertos españoles. En este estado de cosas la robustez, tamaño y buen armazón del buque [que recordemos tenía una bodega de 500 toneladas de carga], permitía el apresto de artillería con la finalidad de trasformarlo en un buque de guerra; lo que se hizo con celeridad después de su adquisición. En julio de 1620 Hasekura partió de Manila, y será en este puerto donde verá por última vez al franciscano Luis Sotelo, que ante las graves noticias que se tenían de la situación Japón decide quedarse para preparar su regreso, ya de forma clandestina, a Japón.

Finalmente, Hasekura volvió a pisar tierra japonesa en agosto de 1620, cuando entró en el puerto de Nagasaki. Aún le quedaría un buen trecho para llegar a su destino, a Sendai, pero comparado con lo que dejaba atrás se puede decir que estaba en casa. Luis Sotelo escribió en su Relatio del statu de De ecclesiae Iaponicae que a su llegada a Sendai, que su compañero de viaje fue recibido como un héroe.

Pero en estos siete años que Hasekura había estado fuera, su país había cambiado drásticamente: desde 1614 el cristianismo estaba prohibido; el nuevo sogún, Tokugawa Hidetada, había limitado el contacto con los extranjeros y las relaciones comerciales; y Japón se movía hacia la política del sakoku [鎖国], del aislamiento y cierre del país, que se impondría oficialmente desde 1641 y que duraría hasta que en 1853 se firme el tratado de Kanagawa, y en la que se llegaría incluso a prohibir relatar sus experiencias a todas aquellos que hubieran estado en el extranjero.

Cuando Hasekura se postró frente a Date Masamune y le narró en persona los resultados de su misión, la decepción del daimio fue tremenda y del despecho se pasó a la ira. Aunque Date Masamune, a pesar de que era conocedor del fracaso de su delegación en Europa, se mantuvo firme en retrasar la aplicación de ley del sogún contra los cristianos hasta la vuelta de su embajador, una vez que hubo regresado fue implacable; y a los dos días de la llegada de Hasekura a la corte de Sendai se publicaron las siguientes medidas contra los cristianos:

· Se prohibió el cristianismo y su práctica; y se ordenó a todos los cristianos que renieguen de su fe, bajo pena de muerte, que se rebaja al destierro si son nobles. Todos ello de acuerdo con el decreto del sogún del primero de febrero de 1614.

· En segundo lugar de establecía un recompensa para todos aquellos que denunciaran a los criptocristianos.

· En tercer lugar se ordenaba la expulsión inmediata de todos los propagadores del cristianismo o el abandono de su religión.

Pero antes de terminar narrando las consecuencias del fracaso de la embajada y las especulaciones sobre el destino de nuestro embajador, no puedo olvidarme del padre Luis Sotelo que le dejamos en Manila. Dos años más tuvo que esperar el franciscano para preparar su regreso a Japón donde pesaba continuar su labor evangelizadora a pesar de las severas prohibiciones. Acompañado de otro fraile de la orden y dos jóvenes cristianos japoneses, Sotelo parte, de incógnito y disfrazado de comerciante, en un barco chino con dirección a Nagasaki, donde llegaron en septiembre de 1622. Nada más arribar, el capitán del barco los delata con la intención de cobrar la recompensa; inmediatamente son puestos bajo la jurisdicción del tribunal comisionado para las causas contra los cristianos. Cuando trasciende la personalidad del fraile, el propio sogún Tokugawa Hidetada se interesa por el caso; pero a pesar de haber sido su embajador oficioso hace algunos años no intercede por él y es encarcelado en Omura. El juicio que se sigue dura casi dos años y acaba dramáticamente con la condena a muerte de los inculpados; el 25 de agosto de 1624, Luis Sotelo, sus dos compañeros japoneses, el jesuita Miguel Carballo y el dominico Pedro Vázquez de Santa Catalina son quemados vivos. El papa Pío IX le beatificó en 1867.

Volviendo a Hasekura, todo hace pensar que el relato que hizo a Date Masamune de su viaje y estancia en Europa fue apasionado y entusiasta, lo que le pudo llevar a distorsionar en parte la realidad y mostrar una imagen exagerada de la grandeza y el poder de España y de la religión católica. Incluso parece que siguió alimentando el ego del daimio con la vieja engañifa de los franciscanos, según la cual una alianza con España y Roma le permitiría contrarrestar el poder del sogún, y, ¿por qué no?, convertirse en el regente de todo el imperio japonés. Evidentemente la realidad del Japón de 1620 era bien distinta y esa posibilidad era irrisoria; la visión política de Date Masamune enfocó rápidamente dónde estaba su aliado más útil que no era otro que Tokugawa Hidetada. En estas circunstancias, apenas un mes más tarde comenzaron las muertes de cristianos en el reino de Ōshū. Algunas informaciones señalan que la aplicación de las medidas anticristianas fueron relativamente suaves comparadas con el resto del Japón; incluso algunos han señalado que lo hizo tan sólo para apaciguar la presión a la que le sometía el sogún. Pero lo cierto es que el daimio de Sendai informó puntualmente de todo lo relativo a la embajada a Europa a Tokugawa Hidetada, y sin duda estas informaciones contribuyeron a la ruptura total de las relaciones con España a partir de 1624, cuando se estableció que tan sólo dos barcos europeos al año podrían atracar en el puerto de Nagasaki: uno holandés y otro inglés; precisamente con los primeros se estaba en guerra de nuevo desde 1621 [tras la ruptura de la tregua de 1609], y con los segundos la guerra abierta comenzaría en 1625 [tras su intento fallido de invadir la península ibérica por la bahía de Cádiz]. Además recordemos que en España reinaba Felipe IV desde 1621, quien había iniciado, bajo el gobierno del conde duque de Olivares, un ciclo belicista en sus relaciones internacionales [este rey, a pesar de gobernar más de 45 años, tan sólo tuvo una semana de paz, en el resto de su reinado siempre tuvo al menos una guerra declarada; si bien es cierto que en la mayoría de los caso fueron defensivas].

Sobre el devenir de nuestro samurai tras la finalización de su embajada sabemos muy poco. Para algunos renegó del cristianismo y se apartó de la actividad política y militar para disfrutar de sus rentas y posesiones; otros hablan que por el contrario mantuvo su fe con todas las consecuencias, afirmando incluso que fue martirizado por ello; y otros dicen que fue uno de los numerosos criptocristianos que intentaron mantener en secreto su fe durante la opresión religiosa [que se agudizaría aún más a partir de 1641, cuando se aplique con todo el rigor el sakoku, como hemos visto], y que propagó esta religión entre su familiares y allegados. Lo cierto es que el destino final de algunos de sus criados y familiares, que murieron años después en la hoguera por la práctica del cristianismo, hace pensar que mantuvo su fe y que efectivamente la extendió en su entorno cercano; situaciones similares se dieron con algunos de sus compañeros de viaje, en particular es conocido el caso de Yokozawa Shogen, que se convirtió en uno de los mayores activistas cristianos en Japón tras la prohibición.

Hasekura Tsunenaga Rokuyemon murió por una grave enfermedad en 1622, pero desconocemos a ciencia cierta donde reposan sus restos. Lo más probable es que se encuentren en una tumba budista de Enfukuji; pero existen otras dos posibles ubicaciones que reclaman el honor de contar con su tumba.

Parece ser que en 1640 la familia y criados de uno de sus hijos, en concreto Rokuemon Tsuneyori, sufrieron una serie de delaciones que llevó a la hoguera a varios de sus miembros que no renegaron del cristianismo, otros que si lo hicieron salvaron la vida; destacar que uno de los que murieron, Tarozaemon, había acompañada al propio Hasekura en su viaje a Europa. Este proceso a punto estuvo de arrastrar al propio heredero de Hasekura hacia un fatal destino, del que se salvó por ser quien era; pero su hermano Tsunemichi no le quedó más remedio que huir apresuradamente del lugar. Dentro del sumario que se siguió fueron requisadas las posesiones de la familia de Hasekura, y entre estas se encontraron numerosos artilugios cristianos como rosarios, cruces, medallas, etc. además de varios libros que fueron depositados en el tribunal de Sendai. Estos objetos estuvieron allí, amontonados y olvidados, hasta que en 1840 una rutinaria visita funcionarial realizó un inventario que los enumera y describe; pero a los que no se les da ningún tipo de trascendencia.

La embajada de Hasekura a Europa fue totalmente olvidada en Japón durante los años de aislacionismo y no se tuvo noticia de ella hasta que en 1873 otra nueva embajada japonesa a Europa, dirigida por Iwakura Tomomi, llega a Venecia y le muestran varios documentos relacionados con la visita de Hasekura a Roma. Con posterioridad se rescatarán los artilugios y abalorios depositados en la ciudad de Sendai y los regalos que trajo Hasekura para Date Masamune. Por esta razón hoy quedan bastantes testimonios del viaje de Hasekura el museo de la ciudad de Sendai, destacando un retrato del papa Pablo V, un retrato del propio Hasekura orando frente a un crucifijo, un juego de dagas y espadas malayas compradas en Filipinas, gran cantidad de artilugios religiosos cristianos y numerosas cartas y documentos; todos salvados milagrosamente, como hemos visto, del sakoku.

En Japón actualmente es una figura reconocida como lo demuestra el parque temático relacionado con su aventura existente en Ishinomaki o la novela del escritor japonés Shusaku Endo que, escrita en 1980 y titulada “El samurai”, recrea la vida y andanzas de Hasekura. También son testimonio de su viaje las estatuas que en su honor adornan varias ciudades que jalonaron su aventura: Sendai en Japón, Acapulco en México, La Habana en Cuba, Coria del Río en España, Civitavecchia en Italia,...


Por terminar con algo curioso, contaros que en 2005 se realizó en España una película de animación, financiada por el ministerio de Cultura y que tenía como finalidad introducir la cultura y los productos españoles en Japón, que de alguna manera rememora estos hechos. La película se titula “Gisaku” y está dirigida por Baltasar Pedrosa, y su argumento recoge en parte esta aventura: a principios del siglo XXI, Yohei, uno de los acompañantes de Hasekura en su viaje de 1614, despierta de un letargo mágico, que le había mantenido inconsciente desde entonces en la ciudad de Sevilla, con la misión de salvar al mundo del tenebroso poder del señor de las tinieblas Gorkan, que encarna el mal y que pretende conseguir la llave de Izanagi que el samurai a su vez debe proteger a toda costa; cometido que alcanza con éxito gracias a la ayuda de dos jóvenes adolescentes sevillanos que le guiarán por el desconocido universo que para este samurai japonés es la España actual.

En esta dirección podéis ver el videoclip: http://movies.filmax.com/gisaku/

© Francisco Arroyo Martín. 2007


Para citar este artículo desde el blog:

ARROYO MARTÍN, Francisco. Hasekura Tsunenaga, un samurái en la Corte de Felipe III. 7 de agosto de 2007. http://franciscoarroyo.blogspot.com/2007/08/hasekura-tsunenaga-un-samuri-en-la.html.

sábado 14 de julio de 2007

Leganés, ciudad cervantina.


Leganés, ciudad
cervantina
.

Por Francisco Arroyo Martín.






Aquella llamada me sorprendió en pecado mortal. Mi amigo me pedía un “articulillo” para una publicación sobre el aniversario del Quijote; pero no se quedó ahí, además el artículo debería tratar sobre el Quijote o Cervantes y su relación con Leganés, si bien amplió el límite geográfico a la zona sur de Madrid, en una clara muestra de magnanimidad ante mi titubeo inicial. De todas formas, con igual arrogancia y mismo arrojo que el cervantino Caballero del Lago, acepté el reto, sin pensar en los peligros que las negras aguas escondían, e incluso, y esto sí es de mérito, sin recordarle los honorarios que mi ilustre colegio profesional señala para estos casos.

Pero seguía en pecado mortal. A principio de año, casi todos los españoles (por no decir todos) hicimos alguna de estas dos solemnes promesas: “leer el Quijote”, en el caso de aquellos que no superaron la prueba pueril de su lectura; “releer el Quijote”, para aquellos que, con tremenda satisfacción, lo logramos. Inmediatamente, llegaron los Reyes y dejaron bajo el árbol la edición especial del Instituto Cervantes; y quedó su lectura para Semana Santa; acto seguido se pospuso para el puente de mayo; después decidimos que mejor en vacaciones (que hay más tiempo, tranquilidad y reposo y la labor lo requiere); luego fue para el puente del Pilar, ya en estos momentos con una firme reconvención: ¡De ahí no pasa! En este estadio se encontraba un servidor: una petición de un amigo, una relación imposible, una lectura pendiente, un tiempo inexistente y un prurito vanidoso que me impedía rechazar la oportunidad de participar, de alguna forma, en los fastuosos oropeles del centenario.

¡En fin! Lo primero era releer el Quijote; y con mirada atenta y pensamiento agudo buscar, y encontrar claro está, las posibles relaciones entre Leganés (sí, ya; o la zona sur de Madrid) y el mundo cervantino o quijotesco. Determiné que lo mejor era decirle al “jefe” que me diera unos días de asueto en el trabajo y que a cambio ya metería de rondón en el artículo un buen número de acertadas, sutiles y ajustadas referencias en honor y gloria de quien, hoy por hoy, nos da de comer, y, ¿cómo no?, de su augusta, ilustre y egregia persona.

Me armé de valor y al día siguiente, por la mañana tempranito, estaba un servidor haciendo antesala en el despacho principal; y en la espera, ¡él!, apareció ante mí y empezó a crecer desaforadamente y a transformarse grotescamente en aquel gigante usurpador del reino de la princesa Micomicona, aquel que era llamado Pandafilando de la Fosca Vista. Y yo, un pobre mortal falto del valor de don Quijote, quien le hizo frente en camisa de dormir, y además le venció, desangrándole y cortándole la cabeza en singular batalla, con la espada tan sólo como arma, en el castillo manchego que para algunos, víctimas de pérfidos encantadores, era venta; y yo, repito, al contrario de don Quijote, fui asaltado por escalofríos, tiritones y sudores, de los que salí por un brusco golpe de cabeza. Como un resorte me alcé del sofá, me atusé el pelo, me alisé la chaqueta y me compuse el nudo de la corbata; y no sé porqué razón pensé en los sótanos del edifico y los asimilé a la cueva de Montesinos, y también en el tiempo y en las dificultades que los moradores de la cueva tuvieron que pasar para poder salir de ella por las malas artes de Merlín, ese mago francés (no, si es que luego dicen) hijo del diablo, y por la flojera de carnes del buen Sancho.

En estas condiciones, la fortaleza de espíritu insuflada el día anterior se trasformó, en aquel angustioso trance, en flaqueza de ánimo; y de inexpugnable alcázar pasé a frágil empalizada. Y de la misma manera que don Quijote renunció a probar por segunda vez la consistencia, robustez y aguante de su artesanal media celada, yo también renuncié a mi justa pretensión; la ausencia de comprensión y la falta de sensibilidad podrían acarrear unas penosas consecuencias a las que no podía aventurarme.

En estas circunstancias tomé ejemplo de don Quijote y de turbio en turbio lo pasé trabajando y de claro en claro enfrascado en la relectura de la inmortal obra de Cervantes. Pero por más que me esforzaba no encontraba por ningún lado cómo enfocar y relacionar la obra de Cervantes con Leganés; y del poco dormir y del mucho leer al borde estuve de la enajenación y a un punto de renunciar y reconocer mi más absoluta incapacidad ¡El lugar más cercano a Leganés que aparece en el Quijote es Alcobendas! (que ni tan siquiera se encuentra en la socorrida zona sur de Madrid). Lugar de donde era el bachiller Alonso López, quien sufrió en sus carnes y en su pierna el coraje y el arrojo de don Quijote cuando acometió al tétrico y lúgubre desfile fúnebre que transportaba un cadáver desde Baeza a Segovia. Episodio cumbre de las aventuras de nuestro hidalgo en el cual Sancho Panza le dio el sobrenombre, digno del mayor ingenio, del “Caballero de la Triste Figura”.

En esto iban pasando los días y el “articulillo” seguía pendiente. El papel, y su horrible color blanco, me producía el mismo azoro y pánico que la oscuridad de la noche produjo a Sancho en la aventura de los batanes; y, sin llegar al mefítico apremio en el que se vio nuestro orondo escudero, el espantoso y reiterado golpeo de los batanes se reproducía en mi cabeza con la turbadora y repetida pregunta: ¿Qué pongo? ¿Qué pongo? ¿Qué pongo?... Una pesadilla de la cual era incapaz de salir. Así, ofuscado, consternado y a un punto de renunciar a mi bien merecida y mal reconocida gloria, decidí dar un paseo por esta ciudad. Paseo al que, desocupado lector, si no tienes algo mejor que hacer, te invito a que me acompañes.


Mi caminar errático y sin rumbo nos lleva... —¡Oh, destino insondable! ¡Oh, hado imprevisible! ¡Oh, albur inesperable! ¡Oh, azar impensable! ¡Cuán caprichosos os mostráis con el devenir de los humanos! ¡Cómo insignificantes esquifes, nos deriváis por el proceloso Océano y nos conducís a puertos ignotos!—... al “Parque de Miguel de Cervantes”. No dejó de alertar mi curiosidad que el primer homenaje que encontré hacia la figura cervantina en Leganés fuera un parque; además en una zona emblemática de la ciudad, a la puerta del Hospital Severo Ochoa y a lo largo de la avenida Orellana. Se trata de un parque diseñado por Antonio Ruiz Barbarín, y que enmarca con trazos y alineaciones oblicuas el barrio de los Descubridores (mejor rememorar esta faceta que la de la conquista), a los que don Quijote recuerda en la figura del cortesísimo Cortes cuando quema y barrena sus barcos para, movido por la Fama, iniciar un camino sin vuelta atrás. Se trata de un parque de gran originalidad y una fuerte idiosincrasia, que le aportan, principalmente, sus fuentes y la variedad de especies vegetales que existen, entre las cuales me permitirás, amable lector, destacar la decena de abedules que se esfuerzan por arraigar en condiciones tan inhóspitas para ellos; a buen seguro que añoran los fríos del septentrión como el morisco Ricote, tras ser expulsado de España, evocaba y lloraba por su patria.

El parque Miguel de Cervantes también sirve de pórtico al hospital Severo Ochoa, símbolo de la lucha ciudadana en Leganés, sin ninguna duda. Si recordamos el episodio en el cual Sancho se convierte en el gobernador de la ínsula Barataria, reconoceremos que los médicos parecen no salir bien parados en el Quijote. Pero: ¿Acaso no es médico también un tal Lamela? ¿Acaso no se parece este Lamela al infausto doctor Pedro Recio, médico del gobernador Panza? ¿Acaso no acabará Lamela, de seguir en su puesto, con el sistema de salud pública, como Pedro Recio hubiera acabado con Sancho Panza de seguir éste en el cargo? El mismo Sancho diferenciaba bien a los malos y buenos médicos, y así decía del doctor Recio: que quiere que muera de hambre, y afirma que esta muerte es vida, que así se la dé Dios a él y a todos los de su ralea, digo, a la de los malos médicos; que la de los buenos palmas y lauros merecen. Por suerte para los leganenses en “el Severo” contamos con un importante grupo de buenos médicos, enfermeros, celadores, etc.; y en señal de gratitud, bien merecen las palmeras y laureles que adornan algunas de nuestras calles más importantes; que a los médicos sabios, prudentes y discretos los pondré sobre mi cabeza y los honraré como a personas divinas, Sancho Panza “dixit”.

Frente a la entrada del hospital; abocado por una impresionante alineación de liquidambar; cercano a la parada de Metrosur; avecindado a los bustos de los poetas Rafael Alberti y Gabriel Celaya, obras ambas de Eduardo Carretero; ubicado en una pequeña y ornamentada rotonda; y flanqueado por varios ejemplares de thujas; me encontré con la cabeza —nada más y nada menos— del mismísimo Cervantes. Obra en bronce y acero cortén del Andrés Rábago (también conocido por OPS, Jonás, Ubú, El Roto,...) Es bien sabido que no hay constancia cierta de que Cervantes fuera retratado en su tiempo; si bien, existe una imagen de su rostro popularizada por un retrato atribuido a su persona del pintor barroco Juan de Jáuregui, pero del cual, incluso los entendidos, no se ponen del todo de acuerdo. Para conocer su rostro tenemos que recurrir al genial autorretrato que de sí mismo hizo Cervantes en el prólogo de sus “Novelas Ejemplares”:

Este que veis aquí, de rostro aguileño, de cabello castaño, frente lisa y desembarazada, de alegres ojos y de nariz corva, aunque bien proporcionada; las barbas de plata, que no ha veinte años que fueron de oro, los bigotes grandes, la boca pequeña, los dientes ni menudos ni crecidos, porque no tiene sino seis, y ésos mal acondicionados y peor puestos, porque no tienen correspondencia los unos con los otros; el cuerpo entre dos extremos, ni grande, ni pequeño, la color viva, antes blanca que morena, algo cargado de espaldas, y no muy ligero de pies. Este digo, que es el rostro del autor de La Galatea y de Don Quijote de la Mancha...

La fuente de inspiración de Andrés Rábago es palmaria: siguió fiel, puntual y cuidadosamente el autorretrato cervantino en la composición de su obra. De ahí la afirmación lapidaria que encontramos en la escultura: “Este es Cervantes”, para que al observador no le quepa ninguna duda de ante quién y ante qué se encuentra, frente al verdadero retrato de Cervantes. Y lo tenemos aquí, en Leganés.


Evidentemente, este encuentro con el busto de Cervantes me proporcionó un renovado impulso en la redacción del artículo: ¡Hay tema! ¡Hay tema! Comencé a vislumbrar luz donde, hasta entonces, sólo había tinieblas. De nuevo me identifiqué con Sancho Panza cuando, después de abandonar la gobernación de Barataria y de vuelta al palacio de los duques, cayó por una profunda y oscura sima; y tras sentirse muerto en vida la voz de don Quijote vino a devolvérsela. Así de grande fue mi alivio; si bien me dije: frena tu frenesí, apenas unas líneas tienes, mucho camino aún quedarte (hay que reconocer que los galácticos caballeros “jedáis”, al menos en el lenguaje, no les alcanzan a los “andantes” ni a la suela del zapato).

Como no podía ser de otra forma, asombrado lector, continué, espero que con tu compañía, mi deambular por Leganés. Mis pasos nos dirigieron a otro parque: al del Museo de Esculturas al Aire Libre. Llegué allí inconscientemente, ya que siempre que necesito un lugar apacible, sugestivo y tranquilo para reflexionar y poner en claro mis ideas, acabo en este hermoso vergel, donde se puede convertir una caótica y disonante algarabía en una sinfónica y armoniosa balada. Se trata de un bello jardín en donde la naturaleza y el arte se funden y los sentidos se confunden: el cromatismo de las flores se fusiona con la rotundez de las formas, los espacios, los volúmenes...; el olor del césped recién cortado se mezcla con la textura de la piedra, del bronce, del acero...; el crepitar de las hojas secas se une al sabor de aquel beso, de aquella sonrisa, de aquella lágrima...


En este museo se encuentra una estatua de bronce, obra del escultor catalán Apel.les Fenosa y propiedad del Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía, dedicada a “Orlando furioso”, en la cual aparece Orlando en el momento que, perdido y desesperado, carga con su caballo Brilladoro, al que no quería abandonar en el campo de batalla. El conde Roldán, que así se le conoce en las crónicas medievales castellanas, fue uno de los legendarios pares del rey Carlomagno, que según la leyenda sólo se le podía matar, como a un renacido Ulises, clavándole un alfiler en la planta del pie izquierdo. Finalmente murió, según los romanceros castellanos (los franceses lo cuentan de otra forma, ¿qué otra cosa se podría esperar?), en la batalla de Roncesvalles a manos de Bernardo de Carpio quien, como un nuevo Hércules cuando mató al gigante Anteón, le estranguló al ver que era imposible herirle con la espada.

Orlando (o Rotolando o Roland o Roldán) es descrito por nuestro caballero de la siguiente manera: de mediana estatura, ancho de espaldas, algo estevado, moreno de rostro y barbitaheño, velloso en el cuerpo y de vista amenazadora, corto de razones, pero muy comedido y bien criado. El motivo de la furia de Orlando fue el engaño de Angélica, su enamorada, con Medoro, un morillo de cabellos enrizados —al parecer durmieron juntos algo más de dos siestas—. Por la descripción de Roldán que hizo don Quijote, decía el cura entender porqué prefirió la bella Angélica al joven moro.

Es inevitable rememorar a don Quijote cuando se contempla esta escultura y acordarse de cuando nuestro caballero decidió volverse loco de amor en Sierra Morena, y mostrar así a doña Dulcinea, y al mundo, lo que era capaz de hacer sin motivo, para que pudiera hacerse una idea de lo que podría hacer en caso de tenerlo; si bien, en este episodio algunos quieren ver un puntito de temor de nuestro héroe hacia los cuadrilleros de la Santa Hermandad, tras la liberación de los galeotes. Para esta aventura optó don Quijote por imitar a Amadís de Gaula, el modelo de caballero andante, en sus sollozos, clamores y lamentos; y a Roldan, que arrancó los árboles, enturbió las aguas de las claras fuentes, mató pastores, destruyó ganados, abrasó chozas, derribó casas, arrastró yeguas..., en sus desatinos, desafueros y locuras —aunque sólo en las más esenciales—.

Con esta reflexión concluí abandonar las napeas y dríadas del parque del Museo de Esculturas al Aire Libre para adentrarnos de nuevo en el laberinto urbano y, a diferencia de Perseo, vagar sin hilo. En estas llegamos a la avenida de La Mancha. ¡Qué decir de esta avenida! Permíteme, paciente lector, una escueta descripción que, aún a riesgo manifiesto de ser acusado de cursilería, a mí, que en el fondo no dejo de ser un espíritu simple, me gusta: esta avenida es, a vista de pájaro, como un tajo esmeralda entre dos conchas de rubís.

Se trata de un lugar de encuentro, que no de frontera, entre dos populosos barrios: Santos y Zarzaquemada. La similitud con la región a la que se rinde homenaje es meridiana: La Mancha es una encrucijada de caminos, un lugar de paso de allí a allá o a acullá. Y el continuo trasiego de personajes que don Quijote se encuentra en los caminos manchegos, así lo demuestra. De igual manera los parques que jalonan la avenida de La Mancha en nuestra ciudad, el parque de los Olivos y el parque Picasso, frutos ambos del diseño de Ricardo Arribas y Benigno Rodríguez, son un lugar de encuentro, un espacio de tránsito, de comunicación, de concurrencia.

Muchas razones se han querido buscar en el enigma con el cual empieza la novela, y por qué razón, o razones, Cervantes no quiso acordarse del lugar de donde era originario Alonso Quijano “el Bueno”. Unos dicen que es donde Cervantes estuvo preso; otros que “lugar” era una población tan despreciable que producía sonrojo (cuando “lugar” se refiere a una población menor que villa pero mayor que aldea); otros que es una alusión indirecta al origen judío de Cervantes (cosa que está por ver); incluso algunos han identificado al famoso “lugar de La Mancha” con: ¡Santander! La verdad es siempre más sencilla, y el propio Cervantes nos la cuenta: cuyo lugar no quiso poner Cide Hamete puntualmente, por dejar que todas las villas y lugares de la Mancha contendiesen entre sí por ahijársele y tenérsele por suyo, como contendieron las siete ciudades de Grecia por Homero. En fin, doctores tiene la literatura, y, como los de todas las ciencias y artes, han de comer.


No se me escapó que uno de los parques que se encuentra en la avenida de La Mancha está dedicado a Pablo Picasso, para mi gusto y mi pobre entendimiento, el artista que mejor ha reflejado a la pareja inmortal de Cervantes en un sencillo dibujo en blanco y negro pero en el que cualquiera, incluso sin necesidad de haber leído el Quijote, identificaría al Caballero de la Triste Figura.


Cómo dejar de señalar que en uno de los extremos de este parque se encuentra el que fue en su tiempo el “anfiteatro” Egáleo, y hoy, acertadamente, es sólo teatro con el mismo nombre. La comedia como actividad literaria, junto con la poesía, es una de las pasiones frustradas de Cervantes; pero en el caso del teatro, el hecho de que se viera absolutamente oscurecido por Lope de Vega, que era, conviene recordar, su más acérrimo enemigo, y por la revolución teatral que trajo consigo el éxito de las obras del “Fénix de los ingenios”, contra la que luchó denudada e infructuosamente Cervantes, le produjo una profunda desazón. Así hace decir al cura del pueblo de don Quijote, “alter ego” de los gustos literarios de Cervantes: porque habiendo de ser la comedia, según le parece a Tulio, espejo de la vida humana, ejemplo de las costumbres y imagen de la verdad, las que ahora se representan son espejos de disparates, ejemplos de necedades e imágenes de lascivia. Concédeme, benévolo lector, licencia para aprovechar este asunto del teatro para recomendar, a todo aquel que no las conozca, esas pequeñas obras maestras que son “los entremeses” cervantinos. Y prosigamos, que esto promete.

Continuamos nuestro paseo por Leganés por la avenida de Juan Carlos I, y topamos con el conjunto escultórico de Juan Bordes “Fuente de LE-GA-NÉS” (popularmente conocido como “Los Cabezones”). Obra de acero cortén y bronce que pretende aunar distintos elementos constructivos y figurativos para conformar un grupo escultórico conceptual, en el que destacan las tres enormes cabezas de bronce trabajadas con técnica e intención expresionista. Frente a estas figuras, inmediatamente mi memoria me trasladó a Barcelona, a la casa de don Antonio Moreno, quien hospedó a don Quijote y a Sancho cuando, por acreditar para siempre de falso y mentiroso al autor del ficticio Quijote del apócrifo Avellaneda, decidió nuestro caballero no acudir a las justas de Zaragoza y pasar directamente a Barcelona; y en concreto al episodio de la cabeza parlante, respondona y adivinadora. Maravillados dejaron a todos los asistentes las respuestas que del bronce salían; excepto a Sancho, quien, en su acusado pragmatismo, lejos de sorprenderse del prodigio de que una escultura hablara, se mostró absolutamente decepcionado por la obviedad de las respuestas. Y tanto se extendió el prodigio por la ciudad condal que el autor del artificio hubo de comparecer ante la todopoderosa Inquisición; cara le pudo salir a don Antonio la broma de la mágica y encantada cabeza polaca (“¡Tate, tate, folloncicos!” Qué nadie me acuse de irrespetuoso: era polaca porque fue hecha y fabricada por uno de los mayores encantadores y hechiceros que ha tenido el mundo, que creo era polaco de nación y discípulo del famoso Escotillo). Nuestras leganenses cabezas tan sólo ofrecen una respuesta, eso sí, sin truco ni artimaña. Y de forma mancomunada informan, a todo aquel que llega, del nombre de nuestra ciudad, por si algún viajero, despedido y despistado por la maraña indescifrable de letras y números que jalonan nuestros caminos asfaltados, acaba arribando en ella, acaso sin pretenderlo.

Pero, querido lector, sigamos el recorrido del cual me he convertido en tu cicerone. Tenemos en Leganés un barrio que recuerda batallas notorias de la historia de nuestro país; son hechos trágicos, dolorosos y dramáticos que los leganenses no queremos olvidar, para que con su recuerdo podamos evitar que se repitan, para que se queden tan sólo en las páginas de los libros y en las azules placas de las calles. Una de estas calles recuerda la celebérrima batalla naval de Lepanto. De sobra es conocida la definición que hizo Cervantes de esta batalla en el prólogo de la segunda parte del Quijote: la más alta ocasión que vieron los siglos pasados, los presentes, ni esperan ver los venideros. Cervantes fue soldado a bordo de la nao “La Marquesa” en la batalla naval que se produjo el 7 de octubre de 1571 entre la flota turca y la católica de la Santa Alianza, allá en el golfo de Lepanto, en las lejanas aguas del Egeo. A pesar de estar enfermo, Cervantes pidió a su capitán que le destinara al esquife, puesto de los de mayor peligro, osadía rayana a la temeridad. En el Quijote aparece un personaje, el cautivo, que participó en esta batalla en la que, según sus palabras, se desengañó el mundo y todas las naciones del error en que estaban, creyendo que los turcos eran invencibles por la mar. De este trance, y con tan sólo veinticuatro añitos, salió Cervantes con una herida en el pecho y con su mano izquierda inutilizada, lo que ha servido para que sea común referirse a él como “el manco de Lepanto”. Pero sus desgracias no quedaron ahí, pues, además de sufrir los horrores de la guerra, Cervantes tuvo que probar la amargura de la falta de libertad, y hubo de pasar cinco años cautivo en Argel, tras que fuera apresada la galera “Sol”, en la cual regresaba a España después de varias andanzas por el Mediterráneo. De todas formas, nunca rememoró este episodio con rencor o aversión; muy al contrario siempre lo consideró un momento glorioso de su vida. Si bien el problema turco se arreglaría, según don Quijote, con que el rey católico juntara apenas media docena de los caballeros andantes que vagan por España.

Seguramente, leído lector, habrás caído en la cuenta de que el almirante de la armada católica en esta batalla no era otro que el más insigne, excelso y eximio vecino que jamás haya tenido Leganés. Nada más y nada menos que un hijo de Carlos primero de Castilla y quinto de Alemania; bastardo, eso sí, pero infante de Castilla e infante de Leganés también; conocido por la Historia como don Juan de Austria y por sus vecinos de Leganés como Jeromín. Y en la calle de ese nombre, en el distrito Centro, en lo que era el portalón de entrada al “Patio Callejo”, está la placa con la que recordamos su corta, pero seguro que intensa, estancia en nuestro terruño. Era Jeromín hijo natural del César y de Bárbara de Blomberg y nació en Ratisbona allá por el 1545. Con tan sólo cinco años llegó a Leganés un misterioso niño, del que sólo se sabía que “era hijo de persona principal”; acudió de la mano del ayuda de cámara del emperador Carlos, Adrian de Bois, quien lo alojó en la casa de Ana de Medina, natural del lugar, y de Francisco Massay, músico flamenco de la corte que tocaba la vihuela de arco; y lo puso a cargo del cura, don Bernabé Vela, persona de confianza de Luís Méndez de Quijada (¿pariente de don Quijote?, curioso el apellido para el tema que tratamos), quien, a su vez, era mayordomo del emperador. Parece ser que don Bernabé ponía interés, pero la educación del infante no era la más adecuada; Jeromín dedicaba más tiempo a tirar con ballestilla a los pájaros (quizás en lo que hoy es el patio del colegio que lleva su nombre) que al estudio y a su adecuada formación. Por esta razón se decidió, cuatro años más tarde, trasladarle a Villagarcía de Campos, donde, bajo la tutela de la mujer de Luís Méndez de Quijada, doña Magdalena de Ulloa, culminó su formación y preparación. A buen seguro que don Juan de Austria no olvidaría estos años en Leganés donde pudo disfrutar de un grado de libertad que, con toda probabilidad, le sería desconocido más tarde. Parece, además, que a pesar de estar destinado por su padre a hacer carrera eclesiástica, sus correrías por las huertas de Leganés y los desdichados pajarillos le predestinaron a la carrera de las armas. Haciendo uso de esta profesión y bajo el mandato de su hermano Felipe II, gobernó y condujo la armada católica que destruyó a la flota turca en Lepanto con tan sólo veintiséis años. No hay que olvidar, pues, que este paisano nuestro también dirigió en esa ocasión al mayor ingenio de la literatura castellana, y dichosamente con fortuna.

Pero dejemos atrás los vetustos y añejos recuerdos, nostálgico lector, y sigamos paseando por Leganés. Muy cerca de la calle Jeromín, en la plaza de España, surge una de las estatuas más queridas en Leganés: “Mujer en libertad”, obra en bronce de José Leal. Cuando pasé a su lado recordé uno de los pasajes más bellos del Quijote:

La libertad, Sancho, es uno de los más preciosos dones que a los hombres dieron los cielos; con ella no pueden igualarse los tesoros que encierra la tierra ni el mar encubre. ¿Puede añadirse algo más? A buen seguro que no.

No lejos de allí, entre el sol y la luna, te podré decir, parafraseando a don Quijote: “con el manicomio hemos dado, amigo lector”. Espero que cuando leas este artículo los responsables regionales de la sanidad se hayan apiadado del edificio y lo hayan rescatado de su segura ruina, y en consecuencia todavía esté en pie su estupenda fachada neomudejar. El falso Quijote del apócrifo Avellaneda acaba sus días como un orate, encerrado en el frenopático de Toledo; pero el genuino, el verdadero, el auténtico muere cuando muere su locura, como dijo el cura: Verdaderamente se muere y verdaderamente está cuerdo Alonso Quijano. ¿A quién le interesa la vida de Alonso Quijano “el Bueno”? Pero volvamos a nuestro psiquiátrico: algunos locos ilustres han pasado por la puerta de la antigua Casa de Locos de Santa Isabel o del moderno Instituto Psiquiátrico José Germain; recuerdo, a bote pronto, al poeta Leopoldo Panero, morador del Instituto y vecino nuestro durante muchos años. Los leganenses compartimos con don Quijote ser un referente y un símbolo de la locura y de los locos. Es imposible olvidar las alusiones que sobre el manicomio de Leganés hacen varios literatos del siglo XIX, especialmente Galdós que lo cita varias veces en algunas de sus obras más importantes: “Fortunata y Jacinta”, “La desheredada”, “Misericordia”,... Como muestra un botón: allá por el 1898 se estrenó en el teatro Maravillas de Madrid un disparatado “apropósito cómico-lírico”, titulado “Leganés, 15—3 T”, texto de Felipe Pérez Capo y libreto de Mariano Hermoso y Manuel Chalons, en el cual se explican los dislates y desatinos de la revista representando la obra como creación “de tres de Leganés”; sin más, queda justificado el absurdo de la revista. No olvidemos que, como decía la copla:

Tres cosas tiene Leganés

que no las tiene Getafe:

casa de locos, cuartel

y el huerto del tío Tomate.


De las tres, la casa de locos es la única que queda (no sé por cuánto tiempo); así que digamos como el eclesiástico que reprendía sus locuras a don Quijote cuando el duque hizo gobernador a Sancho: mirad si no han de ser ellos locos, pues los cuerdos canonizan sus locuras.

Pero prosigamos, curioso lector, con nuestro paseo. Me dirijo ahora al barrio del Carrascal y en el camino me tropiezo con el edificio Sabatini, antiguo cuartel saboyano y moderna universidad carolina, edificio del prestigioso arquitecto italiano Francisco Sabatini ¡Qué mejor motivo para recordar el memorable discurso de las armas y las letras que hizo don Quijote! En este discurso, acorde a la profesión que profesaba nuestro caballero, las armas ganan por goleada a las letras; éstas, según don Quijote, deben hacer buenas leyes y garantizar su cumplimiento para lograr una justicia distributiva y dar a cada uno lo que es suyo; fin loable y excelso, pero que no alcanza a la finalidad de las armas, que no es otra que la paz, que es el mayor bien que los hombres pueden desear en esta vida. En esto, siento decirlo, los leganenses nos distanciamos de don Quijote, y hace algunos años ya que apostamos por las letras como primera opción para la paz. De todas formas, algunos queremos pensar que, en nuestros días, el bueno de don Quijote habría marchado, a pie o a caballo, a nuestro lado por la paz y en contra de la guerra.

Al cruzar Zarzaquemada en el paseo de La Solidaridad, nos encontraremos con la estatua ecuestre de “Orestes”, de José Seguiri. De la leyenda trágica de este héroe clásico (¡Oye!, de culebrón venezolano: a petición de su hermana, mató a su madre en venganza por el asesinato de su padre) no se acuerda Cervantes, pero sí de su ejemplar amistad con Pílades; a la que pone como comparativo de la que se tuvieron Rocinante y el rucio de Sancho, digo que, dice Cervantes, dicen que dejó el autor escrito.

En la marcha hacia el este por Zarzaquemada, a la altura de la Casa de los Niños (edificio del no menos prestigioso arquitecto José María Pérez “Perídis”), nos hallamos, de improviso, rodeados de los felinos de bronce de la “Plaza de los Gatos”, obra de Adrián Carra. En este lugar ¿cómo no evocar la burla de los gatos que los duques aragoneses le hicieron a don Quijote?, una de las más divertidas y a la vez dolorosa. La bella y cruel Altisidora suspiraba de amor por don Quijote, lo que obligaba a nuestro héroe a realizar ingentes esfuerzos por preservar su castidad y su amor por la entonces encantada Dulcinea; tarea difícil, dado el ardor y la pasión que la adolescente ponía en su quehacer. En esto, ya de noche, don Quijote se asomó al balcón de su aposento en un intento de desengañar a Altisidora; y sin decir agua va fue atacado por una jauría de diablos gatunos que, encencerrados por las colas y encerrados en un saco, atacaron despiadadamente a nuestro caballero; quien, ciego por la oscuridad y sordo por el estruendo, daba cuchilladas al aire en un vano e inútil empeño de defenderse de la legión de fieras endiabladas que miañaban por doquier. La aventura acabó con el rostro de nuestro héroe surcado de arañazos y con sus narices horadadas por los colmillos de un gato que no se arrendó a pesar de las amenazas que profería don Quijote: ¡No me le quite nadie, déjenme mano a mano con este demonio, con este hechicero, con este encantador; que yo le daré a entender, de mí a él, quién es don Quijote de la Mancha! Lo cierto es que nuestra canalla gatesca, es más queda, más sorda y mucho más pacífica.

Seguimos andando, y en el camino nos encontramos la fuente de La Noria, que nos evoca la aventura del barco encantado en el Ebro, en la cual, amo y escudero, estuvieron a punto de morir ahogados o destrozados por una aceña; y en la que no me entretengo ya que se va haciendo tarde y nos queda aún un buen trecho.

Tras atravesar el Carrascal llegamos, andante lector, a la avenida de la Lengua Española; impresionante avenida de amplios carriles, medianas arboladas y paseos ajardinados, que antes simplemente era la carretera de Villaverde. Qué mejor homenaje para la lengua española que el propio Quijote. No deja de sorprender la clarividencia de Cervantes, que, en el prólogo de la segunda parte de don Quijote, en la dedicatoria que hace a Pedro Fernández de Castro, VII conde de Lemos, le dice (¿en tono de sorna?) que ha recibido carta del emperador de China, en lengua chinesca, en la cual le informa que tiene intención de abrir un colegio en China donde se enseñe la lengua castellana y quería que el libro que se leyese fuese el de la historia de don Quijote. Lo cierto es que el Quijote es una obra universal traducida a todas las lenguas cultas, y que ya en su época fue un éxito editorial importante; así, la primera edición en inglés fue en 1612 y en francés en 1614, las dos antes de que saliera de imprenta la segunda parte; los demás idiomas europeos siguieron la serie con celeridad. El vaticinio de don Quijote que de su historia se imprimirían treinta mil veces de millares, sin que el cielo lo haya remediado, se superó hace ya muchas décadas.

En esta avenida, en una de las rotondas de acceso a Parquesur, encontramos una escultura dedicada a “Rocinante”, obra en bronce patinado de Wenceslao Jiménez. Se trata de un Rocinante… ¿cómo decirlo?, sorprendente, portentoso, extraordinario, asombroso, prodigioso, admirable, grandioso, imponente,… A nadie se le escapa que la figura que se nos representa tiene poco que ver (por no decir nada en absoluto) con la idea que todos tenemos de Rocinante y de la descripción que de esta mítica cabalgadura se hace en la novela; Cervantes nos lo pinta flaco, muy flaco, flaquísimo, tanto que se convirtió en el nombre de todos los rocines flacos: estaba Rocinante maravillosamente pintado, tan largo y tendido, tan atenuado y flaco, con tanto espinazo, tan hético confirmado, que mostraba bien al descubierto con cuánta advertencia y propiedad se le había puesto el nombre de Rocinante. Por contra el autor parece que pretende mostrar la imagen idealizada que de Rocinante tenía don Quijote: fue luego a ver su rocín, y, aunque tenía más cuartos que un real y más tachas que el caballo de Gonela, que “tantum pellis et ossa fuit”, le pareció que ni el Bucéfalo de Alejandro ni Babieca el del Cid con él se igualaban. En fin, doctores tiene la escultura, y como los de todas las ciencias y artes han de comer.

Rocinante era, con diferencia, mucho más templado, sosegado y tranquilo que toda la caterva de caballos famosos: no se parecía a Bucéfalo ni a Babieca ni a Pegaso ni a Brilladoro ni a Bayarte ni a Frontino ni a Bootes ni a Peritoa ni a Orelio ni a Hipogrifo ni siquiera a Clavileño el Alígero. Tanto se diferenciaba de ellos que sólo en la batalla contra el Caballero de los Espejos se le conoce a Rocinante haber corrido algo; además, la única ocasión en que sabemos que Rocinante sintió picores y deseos poco castos fue en la aventura de los yangüeses y acabó apaleado, maltrecho y derrengado por los suelos, y con él su caballero y escudero. Pero, a pesar de ser tan diferente, puede encabezar la lista de caballos famosos; aunque se llevara la culpa de la derrota definitiva de don Quijote frente al Caballero de la Blanca Luna. Tan grave fue el cargo que a punto estuvo de ser ahorcado por este delito en el camino de vuelta a la anónima aldea de nuestros héroes; pero el espíritu agradecido de don Quijote no lo permitió: —Pues ni él [Rocinante] ni las armas —replicó don Quijote—, quiero que se ahorquen, porque no se diga que a buen servicio mal galardón.

Me despido de la rotonda, y de la estatua, recordando un trozo del diálogo que, en forma de soneto, mantuvieron Babieca y Rocinante:

Babieca: Metafísico estáis

Rocinante: Es que no como

La avenida de la Lengua Española nos lleva al monumento capital de Leganés relacionado con don Quijote y Cervantes: la escultura de acero corten y bronce titulada “Homenaje a la Lengua Española”, obra de Aurelio Teno. Este Quijote leganense conecta directamente con otros dos monumentos del mismo autor, dedicados al mismo personaje y ubicados en las capitales de los Estados Unidos y de Argentina: Washington, Buenos Aires y Leganés, los tres vértices del triángulo cervantino y atlántico de Aurelio Teno (verdad que da un “no sé qué” el codearse con los más grandes). Con un acusado modelado expresionista, el autor nos representa la figura de don Quijote alzando con sus brazos la cabeza, apenas esbozada, de Rocinante. Las figuras se erigen encima de un voluminoso libro de acero cortén; parece que don Quijote quiere sobrepasar los angostos cañones de la palabra y, con su cabalgadura, volar por las dilatadas llanuras del espíritu, de la misma forma que un idioma no sólo es un mecanismo, más o menos eficaz, de transmisión de información sino que es parte fundamental del acerbo cultural que define y conforma las sociedades de los hombres. El conjunto escultórico está rodeado de flores en un homenaje agradecido y sentido de todos los leganenses a nuestra lengua común, y por extensión a don Quijote y a toda la miríada de personajes literarios, reales o de ficción, que nos permiten vivir desde el sofá, desde el metro, desde la piscina, desde…cualquier lugar, las más remotas aventuras, las más entusiastas pasiones y las más excitantes vidas.

La gran novela de Cervantes, en sí, y los personajes que aparecen en ella, han sido objeto de innumerables estudios, ensayos, conferencias, reflexiones, tesis doctorales, artículos (en algunos casos “articulillos”), ediciones, etc.; y, en consecuencia, también han sido multitud los autores, literatos, filósofos, lingüistas, historiadores, pintores, escultores, intelectuales (en algunos casos “intelectualillos”), pensadores, etc. que de una u otra forma han abordado el tema. Por lo tanto es tarea imposible, y con seguridad ingenua, pretender recoger sumariamente una frase, una afirmación, una imagen, ..., que pueda poner en común tantos y tan diversos puntos de vista, y en algunos casos tan discrepantes; por eso, me limitaré a reproducir la descripción que de la primera parte del Quijote hacía el bachiller Sansón Carrasco cuando le explicaba, al mismo don Quijote, el éxito de su historia: los niños la manosean, los mozos la leen, los hombres la entienden y los viejos la celebran.

En fin, paciente lector, parece que nuestro recorrido se acerca poco a poco a su final, y dejando atrás la avenida de la Lengua Española ponemos rumbo al barrio de San Nicasio, en concreto a la avenida del Mar Mediterráneo. Como el mar al que está dedicado, que parece un patio de vecinos gigante, nuestra avenida es donde confluyen varios barrios del distrito de San Nicasio: Ríos, Campo de Tiro y V Centenario, y también el barrio de La Fortuna. La casualidad ha querido, por un lado, que en esta calle esté el colegio que Leganés dedica a la ya glosada batalla de Lepanto, para Cervantes su mayor momento de gloria; y juntarlo con el de mayor dolor para don Quijote, ya que fue en las playas de Barcelona, a orillas del Mediterráneo precisamente, donde nuestro Caballero de los Leones perdió su singular y último lance contra el Caballero de la Blanca Luna, lo que le obligó a retirarse durante un año a su aldea y renunciar al uso de las armas durante ese tiempo. Tremendas condiciones que don Quijote aceptó porque estaba obligado por las leyes de la caballería andante, pero a lo que no estuvo dispuesto fue a reconocer que existiera, ni tan siquiera que pudiera existir, otra más bella que Dulcinea; e incluso estando ya derribado, y el Caballero de la Blanca Luna intimándole con la punta de la lanza en su cuello, revindicó don Quijote su amor y su entrega a la princesa manchega. Se trata de uno de los momentos más tristes de la novela cervantina, donde hasta el más insensible corre riesgo de sentir humedad en los ojos. En cuanto a las emociones que genera, sólo son comparables a las que suscita el diálogo que mantienen amo y escudero cuando, derrotados y abatidos, regresan a su aldea, y Sancho, contagiado del mal de su amo, le anima para pasar el año de penitencia disfrazados de pastores en los montes, selvas y prados de la aldea; incluso don Quijote ya piensa en sus nombres: yo el pastor Quijótiz, y tú el pastor Pancino; pero no se quedó ahí, Sansón Carrasco sería Sansino o Carrascón; el barbero maese Nicolás, Miculoso; el cura, Curiambro; Teresa, Teresona; y Dulcinea, ¡ay!, Dulcinea sólo podía ser Dulcinea.

Para compensar estos sentimientos, quiero informarte, afligido lector, que al margen de esta avenida se erige, sugestivo, el nuevo centro cívico municipal, que está dedicado a José Saramago, un portugués que se ha convertido en una de las glorias de las letras castellanas. El edificio, obra de Manuel del Vals y que de alguna manera evoca la romana plaza de San Pedro, parece querer acoger en su seno diáfano y límpido al visitante e introducirlo, por un patio de agua y plantas, en el templo de la cultura que conforman su gran biblioteca y su magnífico teatro dedicado a José Monleón.

Cuando dejo la avenida del Mediterráneo, recuerdo las desconsoladas y amargas palabras con las que clamó don Quijote cuando salió de Barcelona:

—Aquí fue Troya; aquí mi desdicha, y no mi cobardía, se llevó mis alcanzadas glorias; aquí usó la Fortuna conmigo de sus vueltas y revueltas; aquí se oscurecieron mis hazañas; aquí, finalmente, cayó mi ventura para jamás levantarse.

Nuestro periplo llega a su fin, estimado lector, atravieso el barrio de las Provincias, dirección Valdepelayo, y en el altozano de la calle Aragón diviso el colegio público dedicado a la memoria de Miguel de Cervantes. En este punto tan sólo me queda culminar el traslado de su autorretrato:

Llámase comúnmente Miguel de Cervantes Saavedra. Fue soldado muchos años, y cinco y medio cautivo, donde aprendió a tener paciencia en las adversidades. Perdió en la batalla naval de Lepanto la mano izquierda de un arcabuzazo, herida que, aunque parece fea, él la tiene por hermosa, por haberla cobrado en la más memorable y alta ocasión que vieron los pasados siglos, ni esperan ver los venideros, militando debajo de las vencedoras banderas del hijo del rayo de la guerra, Carlo Quinto, de felice memoria.

En la aprobación de la segunda parte del Quijote, el licenciado Márquez Torres cuenta que cuando estuvo en Francia, con motivo de las negociaciones de las bodas entre príncipes e infantas de aquel reino y el de España, descubrió que Cervantes era conocido y alabado por los caballeros franceses, no sólo por el Quijote, sino también por “La Galatea” y por sus “Novelas Ejemplares”. El licenciado sigue su relato apenado porque, ante las insistentes preguntas de los franceses sobre la persona de Cervantes, tuvo que confesar que era viejo, soldado, hidalgo y pobre, a que uno respondió estas formales palabras: «Pues ¿a tal hombre no le tiene España muy rico y sustentado del erario publico?». Pues que se sepa, afecto lector, que Leganés si honra y ensalza como se merece la memoria de Cervantes y de sus creaciones.

Por todo esto digo que Leganés es, y así debe ser reconocida a partir de ahora, una de las ciudades cervantinas de mayor importancia en España, e incluso en el mundo. De todas formas, habrá ciegos que continuarán viendo una bacía donde reluce el dorado metal del yelmo de Mambrino; pues a esos les proclamo: ¡Leganés, ciudad cervantina!, y quien lo contrario dijere, le haré yo conocer que miente, si fuere caballero, y si escudero, que remiente mil veces.



Así, fiel lector, termino el “articulillo”, y hago mías las palabras de Cervantes en el prólogo de la segunda parte del Quijote: ¿Pensará vuestra merced ahora que es poco trabajo hacer un libro?

Vale.

© Francisco Arroyo Martín

Para citar este artículo desde el blog:
ARROYO MARTÍN, Francisco. Leganés, ciudad cervantina. http://franciscoarroyo.blogspot.com/. 14 julio de 2007.

© Fotografías: José Luis Sampedro y archivo Ayto. Leganés

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  • ARROYO MARTÍN, Francisco. Leganés, ciudad cervantina; en: AA.VV. Jornadas Cervantinas: El Quijote IV Centenario. Leganés. Madrid. Instituto de Estudio Históricos del sur de Madrid «Jiménez de Gregorio» y Ayto de Leganés, 2005, págs. 11-25.
  • ARROYO MARTÍN, Francisco. Leganés, ciudad cervantina; en: AA.VV. Memoria: El Quijote IV Centenario. Leganés, editado por Juan Alonso Resalt. Madrid. Instituto de Estudio Históricos del sur de Madrid «Jiménez de Gregorio» y Ayto de Leganés, 2006, págs. 95-111.


jueves 14 de septiembre de 2006

El PSOE desde la proclamación de la Segunda República hasta la aprobación de la Constitución de 1931

El PSOE desde la proclamación de la Segunda República hasta la aprobación de la Constitución de 1931
Por Francisco Arroyo Martín
Agrupación Socialista de Leganés


[Conferencia impartida en la Agrupación Socialista de Leganés con motivo del 75º aniversario de la II República]

Leganés, 19 de abril de 2006


75º ANIVERSARIO DE LA PROCLAMACIÓN DE LA SEGUNDA REPÚBLICA ESPAÑOLA

Presentación

Quiero empezar mi intervención agradeciendo a la compañera que ha decidido donar esta bandera, este símbolo de lucha, de compromiso y de fraternidad, a nuestro partido, y, en concreto, a la Agrupación Socialista de Leganés. Tenemos que felicitarnos por ello, y también tenemos que seguir trabajando de forma tenaz y constante para que colectivamente sepamos y podamos estar a la altura de todo lo que representa esta bandera; estoy seguro de que conjuntamente podemos conseguirlo.
Acto seguido, y siguiendo con el capítulo de agradecimientos, lo quiero expresar en este momento hacia nuestro Secretario General por la invitación que me hizo a participar en este acto, para el cual, además, me pidió que preparara una pequeña alocución relacionada con el hecho sustancial que hoy nos ha juntado aquí: la recuperación para el colectivo del Partido Socialista Obrero Español de un emblema de la historia del movimiento obrero de nuestro país y la conmemoración del 75 aniversario de la proclamación de la Segunda República Española.
Yo he hablado numerosas veces en este foro; unas veces como cargo político, otras como cargo orgánico y otras como militante. Mis intervenciones han sido para dar gestión, presentar programas y propuestas, analizar diferentes situaciones y acontecimiento del devenir de la actualidad política, preguntar, contestar, apoyar unas veces, criticar otras, aportar ideas y sugerencias en programas, ... En definitiva, nada más que lo que cualquier activo del partido hace habitualmente en nuestra agrupación. Pero en este acto voy a hablar de Historia; por primera vez hablo en esta casa, en mi casa, en la Casa del Pueblo de Leganés, de Historia; y para mí es una verdadera satisfacción. ¿Por qué? Puede que alguno de vosotros os lo preguntéis; y quiero contestaros que yo, con humildad y modestia, me considero ante todo un aprendiz de historiador, como saben aquellos que bien me conocen. Por eso reitero mis agradecimientos y mi satisfacción por haber tenido la oportunidad de participar en este acto.
Comentaba hace un momento que lo que hacemos en este acto es en sí la recuperación para el colectivo del PSOE de un emblema, de una insignia, de una divisa de una parte de la historia del movimiento obrero de nuestro país. Si este acto se sometiera al análisis frío y aséptico de un observador externo, posiblemente concluiría de esta forma:
“Estos socialistas de Leganés están un poco locos: si hay más de 500 banderas en el almacenillo, ¿Qué importa una más?”
Si de forma fría y aséptica el acto en sí mismo no tiene especial significación, ¿Por qué la tiene para todos nosotros? Además estoy seguro de que ninguno nos emocionaríamos porque el inventario de banderas de la agrupación aumente en una más; entonces ¿Por qué para todos los que estamos aquí hoy, este acto es importante?
La respuesta hay que buscarla en que lo que da sentido a la izquierda como pensamiento político no son los partidos, ni las propuestas más o menos acertadas, ni las personas que dirigen las organizaciones políticas; nada de eso por sí solo explica que nosotros nos sintamos herederos de un acerbo cultural y político que nos identifica, interna y externamente, como compañeros frente a otras concepciones políticas. La razón última es la pervivencia en el tiempo de unos valores que constituyen la esencia del pensamiento político de izquierdas; y que, a pesar de los cambios, transformaciones y novedades que se han producido en los hombres y mujeres y en las sociedades que forman, perviven en el intelectual colectivo y dan sentido a nuestra actividad por mucha mutación que se produzca.
Ante estas mudanzas, estos valores necesitan verse reflejados en símbolos, que, en algunos casos, pueden desembocar incluso en mitos que faciliten la identificación colectiva de los valores gregarios. Así, esta bandera que hoy recibimos ha dejado, en este acto, de tener exclusivamente un valor privado, emotivo y sentimental (¡ojo!, que no es poco), y adquiere, en este mismo acto, una trascendencia colectiva, evocativa y simbólica. La bandera pasa de ser una mera enseña de un grupo de trabajadoras más o menos organizado, a convertirse en un símbolo de cómo la lucha obrera se mantuvo con pulso, viva, aún en las peores circunstancias.
Pero para que los símbolos puedan cumplir el papel de aglutinante, se precisa que sean conocidos y valorados. Por eso, y dado que en el acto de hoy también conmemoramos el 75 aniversario de la proclamación de la Segunda República Española, periodo histórico que es, igualmente, un símbolo de la izquierda y del movimiento obrero, he creído conveniente centrar el contenido de esta charla en el papel que jugó nuestro partido, el PSOE, en los primeros meses de esta apasionante etapa de la historia de España.
Introducción. La Segunda República: El PSOE entre la revolución o el reformismo
Para la izquierda política de nuestro país, la Segunda República representa uno de los momentos más trascendentales de su historia. Por primera vez los partidos obreros llegaban al poder en España, y, además, lo hacían por medios democráticos y con una revolución incruenta que produjo un cambio de régimen político.
Evidentemente este hecho marcará el devenir de los partidos de izquierda, y, en concreto, el del PSOE. Desde el origen del partido se aprecian dos líneas de actuación por parte de sus dirigentes, a las que podríamos resumir como vía revolucionaria y vía reformista. En el periodo que vamos a analizar encontraremos la expresión más genuina de esta dicotomía. Durante el bienio reformista (1931-1933) hallaremos que el partido socialista se posiciona dentro de un claro y decidido reformismo. Veremos que, lejos de forzar situaciones revolucionarias, el PSOE, principal partido obrero del momento, gobierna con partidos republicanos burgueses; y desde el gobierno tendrá que enfrentarse a la acción política del PCE, que en esos momentos era un partido de muy corta afiliación pero tremendamente organizado; y también tendrá enfrente a la entonces muy poderosa CNT; ni siquiera el apoyo incondicional de la UGT le sirvió para atemperar el desgaste de estos años.
Posteriormente, después de que la derecha conquistara el poder en las elecciones de 1933, el PSOE da un profundo giro en su política y se desvincula de las opciones moderadas, convirtiéndose en el principal impulsor de las Alianzas Obreras, que generarán el movimiento revolucionario de 1934.
Tras el fracaso de los movimientos de noviembre de 1934, y tras la dura represión que les siguió, el PSOE abandonó definitivamente las veleidades revolucionarias y apostó por el posibilismo político; a la unidad revolucionaria si bien, durante mucho tiempo y en muchas ocasiones, se escondía debajo de unos planteamientos cargados de radicalismo. Esto es algo que se puede apreciar en la formación del Frente Popular. La derecha reaccionaria se había aglutinado en torno a la Confederación Española de Derechas Autónomas (CEDA), y parecía que sólo la unidad del resto de fuerzas políticas (democristianas, progresistas, republicanas, nacionalistas, radicales y obreras) podía vencerla. Así se formó el Frente Popular: variopinta coalición política, en la que convivían desde el POUM, hasta partidos republicanos burgueses, pasando por el PSOE y el PCE, que dio lugar a una formación muy radicalizada en los mensajes, pero con un programa muy moderado de corte republicano, que, por desgracia, no pudo ni tan siquiera iniciarse por el golpe militar de Franco en 1936.
Desde la proclamación hasta la aprobación de la Constitución (1931)
El 13 de abril de 1931 se comienzan a conocer en toda España los resultados de las elecciones municipales del domingo 12; y ese mismo día por la tarde las gentes se lanzaron a la calle en el sentido exacto del término: todas las localidades se convirtieron en un hervidero de gente y noticias. En casi todas las ciudades y pueblos se produjeron actos de afirmación republicana, que, en la mayoría de los casos, consistían en concentraciones pacíficas; las acciones de mayor “violencia” consistieron en arrancar las placas de las calles con nombres monárquicos (del tipo: calle Real, avenida de Alfonso XIII, etc.).
Fue una localidad vasca, guipuzcoana a más señas, la primera en proclamar la República, concretamente a las seis de la mañana del día 14 lo realizan los concejales republicanos de Eibar; después le seguirían muchas más: Barcelona, Zaragoza, Sevilla,... El cambio de régimen culminaría con la precipitada salida del rey Alfonso XIII ese mismo día, y con el discurso de Alcalá Zamora en Madrid, a las nueve de la noche, anunciando a los españoles la Segunda República.
La proclamación
Pero vamos a ver cómo se sucedieron los acontecimientos políticos. En primer lugar hay que señalar que la monarquía entró en el año 1931 con una profunda crisis social y política, agudizada por el fracaso político de la dictadura de Primo de Ribera y por la crisis económica mundial de 1929. Aquí algunos de los temas candentes: en la modelo de Barcelona estaba encarcelado todo un “gobierno provisional de la república” que salió de la reunión que el autodenominado “comité revolucionario republicano” tuvo en San Sebastián a finales de 1930; el gobierno monárquico quería fusilar (como lo hizo al final) a los capitanes Galán y García Hernández por la sublevación de Jaca del 12 de diciembre de 1930, creando así los primeros mártires de la II República; los monárquicos exigían una elecciones para la formación de unas cortes constituyentes, las cuales rechazaban frontalmente los republicanos y los socialistas; el gobierno dimitirá en bloque el 14 de febrero de 1931, … Ante esta situación el gobierno del almirante Juan Bautista Aznar (último presidente de la monarquía) convocó unas elecciones municipales para el 12 de abril a las que seguirían una elecciones generales de carácter constituyente.
Señalar que el PSOE, y el resto de partidos republicanos, decidieron participar en las elecciones, aunque no pensaban reconocer a los ayuntamientos resultantes de las mismas, ya que consideraban que la manipulación electoral imposibilitaría el acceso a las ciudades importantes de los partidos obreros y republicanos.
Lo cierto es que el juicio de los sucesos de Jaca y el realizado al “comité revolucionario” (13 y 20 de marzo), se convirtieron en cajas de resonancia del programa republicano, mientras que los sectores monárquicos, con profundas diferencias entre sus principales dirigentes, no supieron reaccionar a tiempo.
Los resultados fueron sorprendentes para todos:
o 67 % de participación, lo que desmiente el abstencionismo monárquico.
o 50,83 % de concejales monárquicos; 49,17 de antimonárquicos (si bien los resultados estaban distorsionados por el artículo 29 de la Ley Electoral que favorecía a los candidatos oficialistas del gobierno).
o En 44 capitales de provincia vencen las candidaturas republicanas, frente a las sólo 8 en las que lo hacen las monárquicas (Lugo, Burgos, Soria, Ávila, Pamplona, Cádiz, Las Palmas de Gran Canaria y Palma de Mallorca).
Ante esta situación, la derecha se vio desbordada por los acontecimientos. Y tras la proclama de Eibar, se precipitan las promulgaciones republicanas en los balcones de ayuntamientos y diputaciones: la gente está en la calle, nadie parece trabajar ese día, se producen innumerables concentraciones y manifestaciones populares, espontáneas y pacíficas. Sin duda alguna, esta situación amedrenta al rey que, ese día 14, a las once de la mañana, ordena al conde de Romanones que prepare el traspaso de poderes y la salida de la familia real con Alcalá Zamora. Romanones pretendía conseguir unas semanas donde se pudiera buscar una solución definitiva. Alcalá Zamora, que en esos momentos contaba ya con el apoyo de la Guardia Civil dirigida por el general Sanjurjo, y en uno de sus escasos momentos de clarividencia política, se mostró inflexible: el plazo para la salida de Alfonso XIII será esa misma noche (en concreto antes de la salida del sol del día 15). Igualmente, Alcalá Zamora, en unos de sus abundantes momentos de acierto en la gestión, exigió legitimar el traspaso de poderes: el rey traspasaría todos los poderes al gobierno actual del almirante Aznar; y éste los traspasaría, al día siguiente, a los nuevos mandatarios.
Esta reunión acabó a las dos y media. A las seis se reunió el último Consejo de Ministros de la monarquía, que se celebró en el Palacio Real de Madrid[1]. Con tan sólo la oposición de De la Cierva se aprobó el traspaso de poderes con un discurso de Alfonso XIII que comenzaba así: “Las elecciones celebradas el domingo me revelan claramente que hoy no tengo el amor de mi pueblo […]”. Inmediatamente partió hacía Cartagena, de donde saldría el barco con destino a Francia.
De todas formas, el traspaso de poderes no se produjo de la forma acordada. El Comité Revolucionario, presionado por las masas que inundaban todo el centro de Madrid, había decido hacerse formalmente con el poder sin esperar al traspaso acordado. Así, a las ocho de la tarde, el que ya se denominaba “gobierno provisional de la república”, llega al ministerio de gobernación en la Puerta del Sol. En la entrada, la Guardia Civil que protegía el edifico le presenta armas; después, Miguel Maura realiza la primera acción del gobierno provisional: la destitución telefónica de los gobernadores civiles de toda España.
A las nueve de la noche, en un discurso radiado, Alcalá Zamora anunciaba a los españoles el cambio de régimen; decía: “[…] la segunda república española se ha instaurado por un acto de soberanía popular, pacífico y ejemplar […]”
El PSOE fue un elemento determinante para que la proclamación de la república se hiciera como se hizo, pues siendo el partido obrero y de masas más importante del momento, y contando entonces con la UGT como la principal fuerza sindical, la presión popular pudo ser canalizada y sustentada. Los representantes del partido en el “comité revolucionario” defendieron que era preciso hacerse con el poder independientemente de las formalidades legitimadoras, pues era la voluntad popular quien lo legitimaba. Su participación en el “gobierno provisional” se realizó según los acuerdos de la declaración de San Sebastián.
El gobierno provisional
El gobierno provisional estaba formado según los acuerdos del Pacto de San Sebastián, y conformaba una amplia coalición de partidos republicanos que abarcaban todo el arco ideológico:
o Presidente: Niceto Alcalá Zamora (Derecha Liberal Republicana).
o Estado: Alejandro Lerroux (Partido Republicano Radical).
o Gobernación: Miguel Maura (DLR).
o Justicia: Fernando de los Ríos (Partido Socialista Obrero Español).
o Guerra: Manuel Azaña (Acción Republicana).
o Marina: Santiago Casares Quiroga (Organización Republicana Gallega Autonomista).
o Fomento: Álvarez de Albornoz (Partido Republicano Radical Socialista).
o Economía: Nicolau d’Olwer (Partit Catalanista Republicà).
o Hacienda: Indalecio Prieto: (PSOE).
o Trabajo: Francisco Largo Caballero (PSOE)[2].
o Instrucción Pública: Marcelino Domingo (PRRS).
o Comunicaciones: Diego Martínez Barrio (PRR).
Como se puede apreciar, el conglomerado de partidos era ya muy grande, en concreto de siete partidos; pero en algunos casos, estos partidos eran representantes de otras alianzas de partidos o de opciones políticas territoriales. Así, Acción Republicana representaba a una pequeña coalición de grupúsculos organizados en Alianza Republicana; los partidos autonomistas gallego y catalán, a su vez, representaban otras opciones federalistas y autonomistas. En conclusión, era un gobierno complejo que, además, no contaba con un programa de gobierno definido[3]. El PSOE, si bien renunció, en favor de la unidad republicana, a la presidencia del gobierno que le correspondía, asumió tres carteras de vital importancia: Trabajo, que debería acometer la reforma agraria, problema básico entonces; Justicia, que debería garantizar el ordenamiento jurídico y la aplicación de las reformas; y Hacienda que debería buscar los recursos necesarios para llevar a buen puerto las nuevas iniciativas legislativas.
El PSOE era el partido con más miembros en el gobierno, pero su papel como garante del proceso era mucho mayor. Se trataba de un partido muy regularmente implantado en todo el territorio del Estado; contaba con más de 25.000 afiliados, lo que implicaba ser el mayor partido de masas del momento. Además la Unión General de Trabajadores, con cerca de 300.000 afiliados al inicio del año 1931 que se convertirían en cerca de 1.000.000 a finales de año, en esos momentos participaba de una misma directriz política, lo que posibilitó que la naciente república pudiera soportar los duros ataques a que se vio sometida desde la derecha reaccionaria y desde la izquierda revolucionaria.
En este caso, el reformismo político y el posibilismo en la gestión, fueron las opciones que imperaron dentro del partido. De todas formas el debate dentro de la organización era muy fuerte y con posiciones muy extremas que obligaron, incluso, a la convocatoria de un congreso extraordinario.
Pero no adelantemos acontecimientos; veamos primero cómo era la España republicana.
La España del 15 de abril, los retos republicanos
La situación económica del país se encontraba en una fase de transición. El modelo de crecimiento económico de la dictadura de Primo de Ribera, basado en el proteccionismo y en fuertes medidas arancelarias, estaba agotado y con claros signos de recesión que imposibilitaban mantener la positiva balanza comercial con el exterior. Además, los efectos de la crisis mundial de 1929, comenzaban a sentirse en las economías internacionales. Parece que era imprescindible iniciar una política destinada a aumentar el mercado interno. Pero las raquíticas condiciones productivas de la industria, muy dependiente de la maquinaria y de elementos manufacturados externos; la falta de capitalización (a modo de ejemplo señalar que Telefónica, que era la sociedad anónima más importante del país, era controlada en su totalidad por una empresa extranjera, la ITT); las insuficientes redes de transporte y comunicaciones; la atomización industrial; la falta de una estructura financiera estable; la baja productividad laboral; etc., lo convertían poco menos que en una misión imposible.
Pero con todo, el principal problema lo constituía la estructura de propiedad agrícola. Sirva el dato: Galicia contaba con 14.500.000 fincas que ocupaban 2.000.000 de hectáreas; Andalucía occidental, 4.000 fincas para 2.500.000 de hectáreas. Las dos opciones eran nefastas: en el norte apenas se obtenía suficiente para mantener a los campesinos que trabajaban las fincas; y en los latifundios del sur el monocultivo, el absentismo de los propietarios y la desviación de los capitales, ofrecían cada vez menos posibilidades a los agricultores y trabajadores agrarios. Las condiciones de vida de gran parte de los jornaleros andaluces, extremeños y castellanos, se podrían calificar de miserables. Cerca de 4.000.000 de personas vivían de la actividad agraria[4], y para más de 3.000.000 de ellas, la modificación de las estructuras de producción y propiedad agrarias era vital.
Otra dificultad con que se encontró el gobierno de la república fue la conflictividad obrera. Se calcula que existían 2.500.000 de obreros industriales y 1.500.000 de pequeños empresarios, comerciantes, artesanos y funcionarios. Los trabajadores industriales, y buena parte de los agrícolas, se encuadraban dentro de las dos grandes centrales sindicales: UGT y CNT; esta última mantuvo durante este tiempo una gran beligerancia contra la república y sus gobiernos, a los que consideraba poco menos que sicarios del capitalismo. UGT, por el contrario, siempre se alineó con las distintas políticas que ejerció el PSOE, aunque presionó para que modificara el colaboracionismo inicial con los partidos burgueses por la unidad revolucionaria con los partidos y organizaciones obreras.
Otros problemas claves del momento eran la Iglesia y el Ejército. La jerarquía católica se mostró contraria al nuevo régimen y a sus órganos de gobierno, a los que consideraba como meros usurpadores del legítimo poder; aparte del anticlericismo tradicional del PSOE, había que añadir incluso el de los partidos republicanos más moderados. El principal problema estaba en que la práctica totalidad de la educación (muy deficitaria) estaba en manos de las órdenes religiosas. El ejército estaba fuera de control y totalmente desestructurado debido a las veleidades imperialistas de la década anterior en el norte de África; esta situación de guerra había generado un ejército con 200 generales, 17.000 oficiales y 100.000 soldados.
No hay que olvidar la situación de las nacionalidades. El nacionalismo catalán, vasco y gallego, por este orden, pugnaban entonces por conseguir estatutos de mancomunidades con autonomía política. En Cataluña existían varios partidos nacionalistas de todas las opciones ideológicas; no ocurría esto en el País Vasco, donde el Partido Nacionalista Vasco, de tendencia democristiana, era hegemónico si exceptuamos a los carlistas que en esos momentos defendían los tradicionales fueros; en Galicia los partidos nacionalistas eran mucho más moderados, y, en general, los podríamos definir como de centro-derecha.
Las primeras medidas de gobierno
En primer lugar, hay que señalar la ausencia de un programa de gobierno común; ni tan siquiera existía un programa definido ni un acuerdo de mínimos o de líneas básicas de acción. Nada. Hay que recordar que el pacto de San Sebastián era una declaración de unidad de acción para el derrocamiento de la monarquía; sólo había un acuerdo tácito: aplazar las cuestiones fundamentales hasta las elecciones constituyentes. Este acuerdo era lógico; además el primer (o único objetivo) del gobierno provisional era consolidar el nuevo régimen republicano antes que hincar reformas estructurales del Estado. Ahora bien, la presión popular, las expectativas que se generaron y los anhelos de los distintos sectores, forzaron que se adoptaran decisiones de gran calado que, si bien debían ser refrendados en las futuras cortes, constituían de por sí toda una declaración de principios.
Además, la coalición republicana estaba descompensada, pues los partidos burgueses eran claramente mayoritarios en la composición del gobierno; con lo cual, en el debate de los meses anteriores a las elecciones de junio se decantaron por una “república conservadora”, frente a la “república popular” que postulaban los sectores obreristas del PSOE y de los sindicatos. En general, en estos meses se produjo un difícil equilibrio entre la tendencia conservadora de la mayoría del gobierno y la necesidad de dar respuesta a las demandas sociales, que de forma inmediata se trasladaron al gobierno.
Tras la toma del poder y la destitución de los gobernadores civiles, y la información a los cuarteles de la nueva situación política, las primeras medidas decretadas, la misma noche del día 14, fueron:
o Aprobación del “Estatuto Jurídico” del gobierno provisional:
o Elecciones constituyentes para el mes de julio.
o Libertad de cultos y creencias.
o Respeto a la conciencia individual.
o Respeto a las libertades y derechos ciudadanos.
o Sometimiento de los decretos del gobierno a las futuras Cortes.
o Garantía de la propiedad privada; si bien se reservaba el derecho de expropiación por causa de utilidad pública.
o Amnistía para todos los delitos políticos, sociales y de imprenta.
o Declarar el día 15 de abril no laborable.
o Declarar fiesta nacional el 14 de abril.
o Decretos de nombramientos de altos cargos de la administración (gobernadores de Madrid y Barcelona; subsecretarios, etc.).
En definitiva podía ser el “Estatuto Jurídico” un programa mínimo de gobierno, pero la falta de coordinación y de unidad política del gobierno derivó en una autonomía ministerial, en la cual cada ministro llevó a cabo el programa de su partido en esa área.
El primer problema con el que tuvo que enfrentarse el gobierno provisional lo había originado la declaración de Macià el mismo día 14, cuando proclamó la “República Catalana dentro de la República Federal Española”. En principio, no se trataba de una declaración unilateral de independencia, pero sí se trataba de una definición de modelo de república; lo que, aparte de incumplir el pacto de San Sebastián, generaba profundas diferencias entre los partidos que conformaban el gobierno provisional. En esta situación, tres ministros[5] se desplazaron a Barcelona para ratificar los acuerdos del pacto de San Sebastián: las Cortes Constituyentes aprobarían un estatuto de autonomía para Cataluña previamente aprobado por referéndum por los catalanes; además el modelo territorial del Estado debía establecerse en la futura Constitución. Macià aceptó la propuesta a cambio de que el gobierno central legalizara al gobierno de la “Generalitat”; este decreto se firmó el 26 de abril, en el viaje que en loor de multitudes realizó Alcalá Zamora a Barcelona.
En el País Vasco, a rebufo de Cataluña, se produjo una revitalización del sentimiento nacionalista, que culminaría el 14 de junio con una asamblea de alcaldes en Estella que aprobaron un estatuto que reconocía un “gobierno vasco vinculado a la República Federal Española”. La autonomía para el País Vasco no era bien vista por el gobierno central, ya que los partidos proponentes, PNV y tradicionalistas, no destacaban precisamente por su fervor republicano; además, en el PSOE se mostraban muy reticentes a este estatuto de Estella por el papel que se otorgaba a la Iglesia en la educación.
Pero, como hemos visto, el problema más acuciante era el agrario, tanto en relación a los sistemas de producción como al régimen de propiedad. El día 20 de abril se produce el primer debate en el seno del gobierno sobre este asunto, y se aprecian claramente dos posturas enfrentadas: los ministros socialistas exigen la adopción de medidas drásticas para poner todas las tierras de labor en producción, bien por parte de los dueños o de los trabajadores; por otro lado el resto del gobierno prefería contemporizar y realizar estudios técnicos que permitieran buscar soluciones efectivas. La controversia se resolvió con la decisión de actuar en temas concretos por decretos y dejar la reforma estructural para la futura Ley de Reforma Agraria. Así:
o El 28 de abril se aprobó el decreto de “términos municipales” por el que se obligaba a los propietarios a emplear trabajadores del municipio donde se ubicaran las fincas (decreto de difícil aplicación, sobre todo en épocas de recolección).
o El 29 de abril se aprobó otro decreto por el que se prohibía la rescisión de los contratos de arrendamiento (excepto por falta de pago).
o El 7 de mayo se aprobó el decreto del “laboreo forzoso” que obligaba a cultivar las tierras según el uso y costumbre del lugar; en caso contrario, el laboreo de las fincas se cedería a las organizaciones obreras de la localidad.
o En junio, por varios decretos, se estableció la jornada laboral de ocho horas; se fijaron salarios mínimos en las actividades agrarias; y se crearon los jurados mixtos del trabajo rural.
Como se puede apreciar, son medidas muy moderadas, pero fueron vistas por los propietarios agrarios con connotaciones revolucionarias, lo que generó una fuerte contestación por la oligarquía agraria. A esto se añadió una gran conflictividad social que se generó desde el momento en que la CNT no aceptó de ningún grado las medidas adoptadas, en especial la de los jurados mixtos, que en gran mayoría ocuparon militantes de la UGT (recordar que Largo Caballero era presidente de la UGT). Todos los decretos habrían de ser convalidados por la futuras Cortes de la república.
Como hemos visto Manuel Azaña tuvo la responsabilidad de acometer las necesarias y drásticas reformas que necesitaba el Ejército. El primer paso era reducirlo en tamaño; hacerle en verdad operativo para la defensa nacional, modernizar el armamento; mejorar las unidades, tanto en su estructura de mandos como en las técnicas militares;… A este fin se redactaron más de treinta decretos que serían ratificados en las cortes de septiembre. Destacar:
o El 22 de abril se exigía la promesa de fidelidad a todos los militares que quisieran seguir en activo. Aquellos que no prometieran fidelidad se les retiraría del servicio pero percibiendo el sueldo íntegro.
o El 25 de abril, se promulgó el decreto de Retiros, por este decreto 8.000 oficiales (cerca del 40%) optaron por la jubilación anticipada.
o Se redujo el número de divisiones, se suprimió el Consejo Supremo de Justicia Militar, lo mismo ocurrió con las capitanías generales y con la Academia General de Zaragoza[6], etc.
o Se creó el cuerpo de suboficiales, para los cuales se debía reservar un 60% de las plazas de oficiales de las academias (se buscaba descastar la oficialía).
Si bien se puede hablar que la mayoría de las medidas adoptadas fueron positivas, el éxito de la reforma del Ejército fue relativo, pues muchos jefes militares antirrepublicanos no tuvieron el menor reparo de jurar fidelidad a la República y seguir conspirando contra el Estado; y por el contrario mucho buenos y fieles oficiales se acogieron a los beneficios del decreto de Retiros. Pero quizás el mayor defecto estribó en que no se realizó ninguna reforma en el cuerpo militar encargado del orden público, en la Guardia Civil. Como veremos, en muchos casos las actuaciones de la Guardia Civil para sofocar la infinidad de conflictos sociales con los que tuvo que bregar la república, originaron más problemas de orden público que el conflicto en sí.
También es reseñable el esfuerzo que el gobierno provisional realizó en mejorar la muy deficiente educación del país. La educación pública era claramente insuficiente, se estimaba que se precisaban más de 27.000 nuevas escuelas para garantizar la escolarización. Así sí las primeras medidas se encaminaron a dotar al estado de recursos suficientes. Además si se quería romper el cuasi monopolio que sobre la educación tenían las órdenes religiosas había que dar salida a los escolares que estaban en estas instituciones. Las medidas más importantes fueron fueron:
o Declarar voluntaria la enseñanza religiosa (6 de mayo).
o Creación del Patronato de Misiones Pedagógicas (29 de mayo).
o Se crearon 7.000 plazas de maestro.
o Se aumentaron los sueldos de los maestros entre el 20 y el 40 por ciento (23 de junio).
o Se aprobó un plan para crear 6.570 escuelas entre 1632 y 1933 (16 de septiembre).
Forzosamente, estas medidas, y otras de similar calado, como eran la disolución de las órdenes religiosas y el cese de toda ayuda oficial del Estado a las instituciones religiosas, generaron un conflicto con la Iglesia Católica desde el mismo día de la proclamación. Esta situación generó un clima de inquietud que tuvo su mayor exponente en la “quema de conventos”. Lo cierto es que estos hechos se produjeron en una “jornada de lucha” convocada para el 11 de mayo en Madrid por la CNT y el PCE (fuerzas de poca influencia en la capital) ante los altercados que se produjeron el día anterior en un intento de asalto del edifico del “ABC” donde murieron dos personas (una de ellas un niño de 13 años). En esta “jornada de lucha”, sin saber cómo y sin que ninguna organización revindicara la autoría, a las diez de la mañana empezó a arder la residencia de los jesuitas de la calle de la Flor; acto seguido le siguieron varios edificios religiosos de Madrid. Al día siguiente los altercados se propagaron por varias ciudades; más de cien edificios fueron incendiados, si bien no hubo ninguna víctima. El gobierno de la república, después de varios titubeos, declaró el estado de guerra el día 12 por la tarde para sofocar este atropello. Nunca se repetirían hechos como estos en los años de la república.
Elecciones a Cortes Constituyentes
En medio de esta conflictividad social y política se produjeron las elecciones a Cortes el 28 de junio. Votó más del 70 % del censo, en el que se había rebajado la edad de voto a los 23 años pero en el que todavía no votaban las mujeres. Las candidaturas conjuntas de republicanos y socialistas obtuvieron una victoria casi total, sumando las formaciones afines y las situadas más a la izquierda alcanzaron el 90 % de la Cámara. Socialmente estos partidos representaban las clases medias burguesas (pequeños comerciantes, intelectuales, funcionarios, etc.), y las clases trabajadoras (obreros industriales y agrícolas). Se trataba de un éxito de los presupuestos republicanos, pero en su seno se escondían contradicciones que se manifestarían ineludibles a las pocas semanas. El partido socialista era la minoría más numerosa, si bien la agrupación de los partidos republicanos burgueses representaba la opción política mayoritaria.
El 14 de julio, en medio de una gran algarabía popular, Julián Besteiro fue elegido presidente de las Cortes. La composición de la Cámara quedó así:
El PSOE había convocado un congreso extraordinario, inmediatamente después de conocerse los resultados electorales, para debatir la participación en el nuevo gobierno. Gano la postura “colaboracionista”, defendida por Indalecio Prieto, por el 56 % de los delegados presentes en el Congreso. Besteiro, curiosamente, había defendido una posición mucho más crítica con la Alianza Republicana, ya que consideraba que algunos partidos que la conformaban, en concreto el radical de Lerroux, defendía los intereses de la oligarquía económica. En este congreso también se aprobó un programa mínimo para la nueva Constitución; si bien los apartados más comprometidos apenas fueron defendidos en los debates constitucionales.
Pero a pesar de la indiscutible victoria y del clima de euforia que se respiraba en estos días, la violencia iba a marcar los meses veraniegos. Sin apenas tiempo para ocupar los despachos, el nuevo gobierno se encontró con la huelga de telefónica promovida por la CNT. El apoyo del gobierno a la empresa alargó el conflicto todo el verano, lo que llevó en algunos momentos a que la central anarquista realizara numerosos actos de coacción y sabotaje, incluido la colocación de bombas en Madrid y Barcelona. En Sevilla, en el mes de julio, la conflictividad social originó varios enfrentamientos entre huelguistas y la Guardia Civil en los que se produjeron varias muertes entre los primeros. A partir de entonces la espiral de violencia no dejó de crecer: se aplicó “la ley de fugas” a cuatro presos comunistas; se tomó la ciudad por el Ejército y la Guardia Civil; se bombardeó con artillería varias casas; etc.
El debate de la Constitución republicana
En medio de este clima de violencia y crispación social, comenzaron los debates constitucionales. El 29 de julio se nombró una Comisión Parlamentaria de 21 miembros, que reflejaba la composición de la Cámara, cuyo presidente era el socialista Luís Jiménez de Asúa. Con sorprendente celeridad se elaboró una propuesta constitucional, que el propio Asúa la definió como “avanzada y de izquierda, pero no socialista”. La propuesta se presentó al plenario el 29 de agosto, apenas mes y medio después de constituirse las Cortes; el debate del articulado comenzó el 16 de septiembre.
Los puntos que generaron mayores dificultades y divisiones entre el bloque republicano fueron:
o Definición del Estado. Tras una votación muy ajustada (170 a 152) se recogió la propuesta socialista que definía al Estado como: España es una república democrática de trabajadores de todas clases que se organiza en régimen de libertad y justicia.
o Estructura del Estado. En el articulado se eludió la estructura federal por una ambigua formula que permitía los estatutos de autonomía: La república constituye un Estado integral compatible con la autonomía de municipios y regiones.
o Asignación de competencias y organización de las aut