martes, 8 de abril de 2008

Ataques caníbales por bandoleros en 1617 en Sierra Morena

Ataques caníbales por bandoleros en 1617 en Sierra Morena
Por Francisco Arroyo

Seguro que todos tenemos la imagen, un tanto infantil, del misionero blanquito metido dentro de una gran marmita que, conjuntamente a una gran variedad de verduras, se cuece para ser devorado por negritos impacientes tocados con huesos en la cabeza o en las narices. Siempre esta imagen nos traslada a lugares lejanos y un tanto exóticos,… Pero que pensaríais si os dijera que en el siglo XVII, en Sierra Morena se produjo un acto de canibalismo que acabó con los antropófagos en la hoguera. Era la Sierra Morena un lugar plagadito de bandidos y salteadores, costumbre que se siguió hasta bien entrado el siglo XIX, que amparándose en las oquedades de las peñas y en las frondosidades de las arboledas cometían un sinfín de asaltos y atropellos a los desafortunados viajeros que con ellos se topaban. En muchos casos los asaltos acababan en asesinatos, pero lo más frecuente era que los bandoleros les robaran todos los objetos de valor y en la caso de ser personas principales pidieran algún tipo de rescate, aunque esto no era muy habitual por el riesgo que se corría en el momento de cobrarlo. Contra esta plaga los cuadrilleros de la Santa Hermandad, los guindillas, pululaban por estos riscos para garantizar en lo posible el libre tránsito de las personas; la verdad es que con poco éxito. Esta situación se reflejada bastante fielmente en los capítulos que don Quijote se adentra en estas montañas.

Pues bien, en 1617 tuvo lugar un caso que espantó y sobrecogió a toda la sociedad castellana. Un fraile franciscano que había partido de Sevilla con dirección Madrid, fue retenido en su camino por una banda de salteadores de raza gitana. Hacía el camino a pie y se había parado a beber un poco de agua cuando le acosaron, y a pesar de que intentó huir, apenas unos metros pudo alejarse antes de ser preso. Le pidieron el dinero, que al parecer no tenía, le pidieron joyas que tampoco tenía, le pidieron ropas y sólo el sayal franciscano llevaba; en definitiva nada pudo saciar las pretensiones de aquellos bandidos, a pesar de que el fraile rogó e imploró con suaves, divinas y acertadas razones. Con una crueldad tremenda y sin atender a sus lamentos le desnudan y le matan. En romance, un autor anónimo contaba de esta forma lo que siguió:

Desnudan al frayle pobre

y, sacándole las tripas,

hazen pedaços su cuerpo

como fieros trogloditas.

Y entre los fieros gitanos,

dos dellos se determinan

a comer su cuerpo asado

¡Qué lastimosa comida!

Cortan leña, encienden lumbre

y espetan carne apriesa;

en asadores de palo

asan con grande alegría.

Antojose a una gitana

comer del frayle cozida

la cabeça, y al momento

la ponen a coçer limpia.

Se preparó una gran batida para limpiar los jarales, montes y ventas, pero la mayoría de los forajidos escaparon a las manos de la justicia. De los pocos que fueron apresados, se encontraban algunos de los integrantes de la partida caníbal. Como una práctica procesal más, fueron sometidos al tormento como método de prueba; en el potro fueron muchos los desmanes que confesaron, y entre ellos:

Confesaron lo del frayle

del modo que atrás se cuenta,

que dio lástima a las almas

y sentimiento a las piedras.

De este crimen tan salvaje se dio noticia a la Corte de Felipe III, que quiso en estas personas dar un gran escarmiento público y se ordeno su traslado a Madrid para que se viera su causa por el Consejo de Castilla, que era el tribunal más importante del reino. El juicio duró apenas cinco horas:

Y viendo aquellos señores

tal maldad, tal insolencia

y que a comer carne humana

con tal livertad se atrevían.

De su rigor espantados,

por justíssima sentencia

a quemarles condenaron

porque escarmienten y teman.

Ajusticiados en la hoguera acabaron sus días aquellos crueles criminales el 11 de noviembre de 1617, en auto público efectuado en la plaza Mayor de Madrid; a buen seguro que el hecho de ser gitanos nos le ayudo mucho

A pesar de que en estos días ya estamos curado de todo espanto gracias al cine en general y a la saga de “El silencio de los corderos” en particular, no deja de sorprender que una sociedad como la barroca capaz de generar artistas y pensadores de la talla de Rubens, Velázquez, Cervantes, Quevedo, Descartes,…pudiera convivir con semejantes episodio de violencia: horrendos asesinatos, torturas, racismo, crueles penas de muerte. De todas formas cuando estaba escribiendo esto pensaba en la estación de Atocha, en la base americana de Guantánamo, en la plaza de Tiananmen; la verdad es que no hemos avanzado mucho en 300 años.

La relación de este episodio está publicada en: ANÓNIMO. Relación verdadera de las crueldades y robos grandes que hazían en Sierra Morena…Barcelona. Estevan libreros. 1618. Editada modernamente por: SIMÓN DÍAZ, José. Relaciones de actos públicos celebrados en Madrid (1541-1650). Madrid, Instituto de Estudios Madrileños. 1982.

[Sobre canibalismo en la España del siglo XVII hay otro episodio interesante en 1641, en el sitio de Tarragona, cuando las tropas fieles a Felipe IV fueron sitiadas en esa ciudad por el ejército franco-catalán en la guerra de secesión catalana de 1640. Pero lo contaremos otro día]

© Francisco Arroyo Martín. 2008

Publicado en el blog El rincón de Pumuki en agosto del 2007

domingo, 23 de marzo de 2008

Emigrantes franceses en el Madrid del XVII

Emigrantes franceses en el Madrid del XVII
Por Francisco Arroyo

El 21 de marzo se celebró el Día Internacional contra el Racismo y la Xenofobia, este día tiene una especial trascendencia en nuestro país ya que buena parte de la población es extranjera y viene de lugares más allá de las fronteras. Incluso todos asistimos hace unos pocos días al intento del partido de la derecha de arañar votos desesperadamente a través de propuestas destinadas a endurecer las condiciones de vida de esta población.

Pero la consideración que algunos tienen de los inmigrantes como un problema no es algo exclusivo de nuestros días, ni tampoco es la primera vez que nuestro país es un foco de atracción para gentes nacidas en otros lugares y que vienen aquí atraídas por la posibilidad de mejorar las condiciones vitales que tenían en sus naciones de origen. Y uno de esos periodos fueron los años del siglo conocido como de Oro en nuestra historia.

Efectivamente, durante el siglo XVII, a pesar de los evidentes signos de decadencia respecto al pasado esplendor del XVI, los reinos que conformaban la monarquía católica eran un polo de atracción de las gentes más humildes de allá de los Pirineos. Los emigrantes eran de muchos lugares europeos, además hay que tener en cuenta que se consideraba extranjero a todo aquel nacido fuera del reino en cuestión (así un aragonés era extranjero en Castilla y viceversa); pero el grupo más numeroso eran los franceses. Y, lo que es más significativo, estos franceses acudían prácticamente por las mismas causas: fundamentalmente por la superpoblación y la pobreza en los lugares de origen; y la demanda de mano de obra para los trabajos más humildes y los altos salarios en el destino. En general, igual que ahora, pero con una diferencia fundamental, que en vez de venir de África o América venían de Europa, de Francia más concretamente. Pero lo más significativo es que la reacción contra estos emigrantes era muy similar a la actual: se les acusaba de llevarse la riqueza del país a sus aldeas y de no integrarse en la sociedad castellana de la época. Las autoridades, por su parte, intentaban ejercer un control efectivo sobre ellos y cobrar los impuestos y gabelas, además de someterlos a frecuentes confiscaciones cuando se iniciaba alguna guerra entre ambos reinos, lo que pasó con Francia en varias ocasiones a lo largo del siglo.

En el presente artículo se hace un análisis de los franceses que pulularon en el Madrid del siglo XVII, qué trabajos tenían, de qué regiones francesas provenían, a qué edad solían venir y volverse y de qué caían enfermos; ya que la principal fuente de información es el análisis del libro de ingresos del Hospital madrileño de San Luis de los Franceses que estaba entonces en la calle Jacometrezo esquina con la de Tres Cruces, en la parte ocupada por la actual Gran Vía, y dependía de la embajada de Francia. Este hospital fue fundado en 1613 por Enrique de Salvreux, capellán de Felipe III; si bien las dificultades que otras instituciones religiosas pusieron a esta fundación sólo pudieron superarse gracias a la intervención de la joven princesa de Asturias de entonces, Isabel de Borbón, mujer del futuro Felipe IV, y una de las tres reinas francesas que habría en este siglo XVII en España (curiosamente el mismo número de las guerras declaradas entre ambos reinos).

El artículo fue publicado hace unos años en la revista “Torre de Lujanes” y como es un poco extenso reproduzco algunos de los primeros párrafos y si estuvieras interesado incluyo un enlace para que te lo descargues completo si te place.

(...) Fue determinante en esta emigración francesa la situación demográfica de ambos países. Francia presentaba en el siglo XVII un excedente de población, era el país más poblado de Europa con diferencia, poseía entre 18 y 20 millones de habitantes. Por contra el carácter endémico de la población española se agravó aún más tras las pestes de finales del siglo XVI y la expulsión de los moriscos entre 1609 y 1611. Esto originó una demanda de mano de obra, que en gran parte fue atendida por la emigración francesa; gracias a las posibilidades que existían para trabajar en España tanto para trabajadores especializados, comerciantes y para el personal no cualificado, en los oficios considerados “viles” por los españoles.

Una viuda de Sevilla, madre de dos hijas, decide cambiar de residencia y consulta a una amiga anciana, que la dice:

“Granada y Córdoua, no niego que son buenas ciudades… más en comparación de Madrid, Corte del Español Monarca, cada una destas ciudades es una aldea, ¿qué digo aldea? Un solitario cortijo. Es Madrid un maremagno donde todo baxel nauega, desde el más poderoso galeón, hasta el más humilde y pequeño esquife, es el refugio de todo peregrino viviente, el amparo de todos los que la buscan, su grandeza anima a viuir en ella, su trato hechiza, y su confusión alegra ¿A qué humilde sugueto no engrandece, y muda de condición, para aspirar a mayor parte? ¿Qué linaje obscuro y baxo no se bautizó con nuevo apellido para passar plaça de noble? Finalmente, Teodora, la Corte es el lugar de los milagros, y el centro de las transformaciones”

Esta cita de Alonso del Castillo, cargada de fina ironía, refleja bien la idea que de Madrid tenían sus contemporáneos. Desde que se constituyó en sede de la Corte con Felipe II, y en especial desde el asentamiento definitivo con Felipe III; Madrid se convirtió en un lugar de acogida de población.


Si quieres seguir leyendo sobre el tema y conocer a grandes rasgos cómo fue esta ola de inmigración francesa a España, puedes bajarte el artículo Apuntes sobre la emigración francesa en el Madrid del siglo XVII completo en PDF; o haciendo clik en el siguiente enlace:



¡Espero que te guste!

© Francisco Arroyo Martín. 2008

Para citar este artículo desde el blog:
ARROYO MARTÍN, Francisco. Apuntes sobre la emigración franceses en el Madrid del siglo XVII
http://franciscoarroyo.blogspot.com/2008/03/emigrantes-franceses-en-el-madrid-del.html
23 de marzo de 2008.

sábado, 8 de marzo de 2008

¡Estremecedor!

Declaraciones de Sandra Carrasco, de 19 años, hija del compañero Isaías asesinado por los criminales etarras en su último acto de brutalidad:
"Quiero agradecer de corazón el apoyo del pueblo de Arrasate; el cariño, apoyo y calor que está mostrando la gente anónima con mi madre y mis hermanos. Quiero agradecer el apoyo de los socialistas. Mi padre murió por defender la libertad, la democracia y las ideas socialistas. Era un hombre valiente que ha dado la cara y los que lo han matado son unos cobardes. Unos cobardes sin cojones. Pero sobre todo pido un cosa: y es que el asesinato de mi padre no sea manipulado por nadie. Eso no lo vamos a tolerar. Yo, mi madre, todos iremos a votar. Los que quieran solidarizarse con nuestro dolor, que acudan masivamente a votar el domingo. Para decir a los terroristas que no vamos a dar ni un solo paso atrás. Son unos hijos de puta"

Compañero Isaías: siempre en nuestro recuerdo.

Recogidas de El País

miércoles, 27 de febrero de 2008

¿Justicia para los templarios?

¿Justicia para los templarios?
Por Francisco Arroyo

Hace ya algunas semanas se publicó en distintos medios de comunicación [ver artículo de El País] que la Iglesia Católica había hecho justicia a los templarios al hacer público un documento inédito en el cual se produce la absolución de los templarios. Personalmente creo que en absoluto la edición de este manuscrito puede significar lo que se dice, ya que el documento en cuestión, el pergamino de Chinon, no llegó nunca a publicarse oficialmente. Se trata de una declaración necesaria para llegar a una solución de compromiso que en los primeros momentos del proceso intento buscar el papa Clemente V. La solución de compromiso que se buscaba era que se fundiera la Orden del Temple con la del Hospital de San Juan de Jerusalén; lo que no se produjo al optar por la disolución de la Orden; por lo tanto, el documento no se publicó y en consecuencia no tiene ningún valor en el derecho canónico. Se trata de un original de gran importancia histórica que muestran las vacilaciones y dudas que siempre existieron en el proceso que se llevó contra los templarios, pero que en ningún momento significa que se haga justicia con esta Orden, ya que las bulas papales condenatorias son las que muestran cual fue el comportamiento de la Iglesia, o mejor dicho del papa del momento, que no fue otro que dar cobertura legal al rey de Francia, Felipe IV, en su interés de eliminar la Orden y hacerse con sus bienes en beneficio propio. Y este papel lo jugó la Iglesia de forma indignante y vergonzante, ya que sabían desde el principio que las acusaciones de herejía eran supercherías interesadas. Lo que se demuestra con tan sólo comprobar que en el proceso sólo se dieron sentencias de culpabilidad en Francia y en los reinos situados bajo su influencia, mientras que en el resto (Castilla, Aragón, Inglaterra, etc.) todas fueron absolutorias.

La abundante documentación existente sobre el proceso contra los templarios ya permitía afirmar que la disolución de la Orden se dio bajo pruebas falsas e inconsistentes y a sabiendas de que era manifiestamente injusta. Bien, lo que asombra es que esa noticia salte a los medios como novedad, ya que todo el proceso que la Iglesia siguió contra la orden, Processus contra Templarios, está, y estaba, perfectamente localizado, estudiado y analizado por los especialistas y profusamente manipulado, malinterpretado y trastrocado por la cohorte ingente de seudoescritores, seudohistoriadores, seudointelectuales, seudoteólogos y seudofilósofos que han montado un circo con este asunto de los templarios y que si algo les une es su caradura y poca catadura moral a la hora de utilizar las fuentes históricas, cuando las utilizan ya que en las más de las ocasiones simplemente se las inventan

Bueno, para empezar por el principio.

La Orden del Temple se fundó en Jerusalén el 14 de enero de 1120 [si bien existen autores que la datan un año antes] por Hugo de Payns y ocho compañeros más que realizaron los votos religiosos de vivir conforme a la regla benedictina. La novedad de esta Orden religiosa fue que, al imponerse como objetivos fundacionales la defensa de los Santos Lugares de Palestina y garantizar la seguridad y libertad de los peregrinos cristianos que acudían a Jerusalén y demás centros de peregrinación, se obligaban al empleo de la fuerza y de las armas, ya que en esos momentos lograr esos fines no era posible sin la violencia y la guerra. Esta circunstancia generó la figura del monje soldado, dando lugar a la milicia cristiana de la que participarían caballeros cristianos que profesarían en la Orden, por un lado, la vida monástica y, por otro, la guerrera; así nacieron los milites Christi.

Como cualquier novedad, ésta generó fuertes polémicas en los diferentes estamentos eclesiásticos y políticos de la Europa del siglo XII, y no fue hasta el decidido apoyo de Bernardo de Claraval [quien con el paso de los años se convertirá en San Bernardo] a la nueva Orden del Temple y a su primer maestre Hugo de Payns cuando se vencieron las mayores reticencias. Uno de los principales argumentos fue que la propiedad de Jerusalén pertenecía al mismo Jesucristo ya que la ganó derramando su propia sangre; y que la defensa del Santo Sepulcro y demás lugares no debía correr por cuenta de soldados de aventura, mercenarios ávidos de riquezas y de glorias mundanas, sino por verdaderos "soldados de Cristo" que, guiados por la Fe y con absoluto desinterés, pudieran mantener para el cristianismo la Tierra en la que Jesucristo vivió, murió y resucitó. Y estos no eran otros que los templarios. [...]

Si quieres seguir leyendo sobre el tema y conocer a grandes rasgos cómo fue el proceso y las diferentes reacciones que hubo en Francia y los reinos ibéricos en relación a la Orden del Temple, puedes bajarte el artículo ¿Justicia contra los templarios? completo en PDF; o haciendo clik en el siguiente enlace:



¡Espero que te guste!

© Francisco Arroyo Martín. 2008

Para citar este artículo desde el blog:
ARROYO MARTÍN, Francisco. ¿Justicia contra los templarios?
http://franciscoarroyo.blogspot.com/2008/02/justicia-contra-los-templarios.html
27 de febrero de 2008.

domingo, 27 de enero de 2008

Pena de muerte en el siglo XVII

Pena de muerte en el siglo XVII
Por Francisco Arroyo

Muchos eran los delitos que estaban penados con la muerte en el siglo XVII, algunos verdaderamente triviales para el estándar del pensamiento actual, pero en esos años la vida humana parecía tener una cotización claramente a la baja, sin ir más lejos la homosexualidad podía llevar a los infelices amantes a la horca sin apenas posibilidades de remisión. De todas formas, para los ojos de la justicia, que entonces no era ciega, a lo sumo tenía una ligera catarata, no sólo importaba el delito, sino que se ponderaba también al delincuente; así para que un noble fuera condenado a muerte su falta tenía que haberse cometido contra el rey, contra otro noble o que fuera de tal tamaño, crueldad o saña, que fuera imposible de parar una revuelta social ante otra pena menor.

Tampoco existía una misma forma de ejecutar; los sistemas variaban en función de los orígenes sociales de los condenados al que se añadía la variante de la tipología del delito; también se aplicaban atenuantes y agravantes en la forma de morir en función de la gravedad del delito y de la alarma social que se hubiera generado.

Generalmente, los nobles solían morir degollados ya que se consideraba una muerte más digna, entre otras cosas, porque al tratarse de una muerte rápida apenas generaba sufrimiento en el momento de la agonía del condenado. Pero el sistema más extendido y usual era la horca; dentro de las variaciones locales, lo normal era un estructura tremendamente simple, como la muerte: un cadalso de madera al que se accedía por una pequeña escalinata, tres tableros de los que pendía un fuerte cordel, que algunas veces era de cuero en vez de pita, y un entarimado desde el cual el reo se precipitaría al vacío y comenzaría su trágico y fatal baile con la muerte.

Si el delito era juzgado por el tribunal religioso de la Inquisición, lo normal era que los condenados fueran quemados vivos en hogueras. Esos condenados lo eran por realizar prácticas heréticas; mayormente eran criptojudios o seguidores de las distintas ramas protestantes, si bien el elenco de posibles delitos era amplísimo. A diferencia de lo que pasó en la mayor parte de países europeos, donde la brujería, el satanismo y demás prácticas que hoy definiríamos como exotéricas, produjeron una infinidad de condenados a muerte por los tribunales religiosos, tanto en los católicos como en los de las distintas iglesias reformadas, destacando el especial encono de los calvinistas, en España fueron relativamente pocos los condenados por estas prácticas que en la mayoría de los casos acaban con penas de rango inferior: azotes, escarnios públicos, mutilaciones de orejas,…

Hay que señalar que oficialmente la Inquisición no condenaba a muerte, ya que lo prohíbe taxativamente el quinto mandamiento de la Iglesia Católica; la engañifa jurídica consistía en que el tribunal eclesiástico “relajaba” a los condenados al “brazo secular” para que fueran los tribunales civiles quienes decretaran la pena capital.

Dado que el supuesto fin de las condenas de la Inquisición era la redención pública de los pecados y se buscaba con ello el ejemplo moralizante y reparador del castigo y del arrepentimiento, las ejecuciones se revestían de una gran parafernalia, boato y aparato escénico; eran los que se conocían como “Autos de Fe”, en los cuales se leían los delitos cometidos y las condenas impuestas y se imploraba la misericordia divina para el perdón de los pecados. En este orden de cosas, si lo condenados mostraban sincero arrepentimiento, en una muestra de pretendida clemencia eran degollados antes de prender la hoguera; los que persistían en sus creencias o en su inocencia, irremediablemente ardían entre tremendos alaridos de dolor; pero también podía darse el caso de que los condenados hubieran fallecido antes de la ejecución, bien por muerte natural o por el castigo sufrido en el tormento, o que hubieran logrado fugarse [caso raro por cierto] o juzgados en su ausencia, en estos casos se quemaban sus esfinges en forma de muñecos de madera, paja trapos y cera; incluso en algunos casos se llegó a quemar a cadáveres exhumados de sus tumbas.

Por último, estaba el descuartizamiento del penado. El sistema consistía en atar cada uno de los brazos y piernas del infortunado a un animal de tiro, caballo o mulo; después se picaba a cada uno en direcciones contrarias hasta que los miembros se iban desencajando y desprendiendo del cuerpo.

Para mayor escarnio y a modo de advertencia pública, los despojos humanos se mostraban durante varios días en la picota, donde los pájaros y otros animales daban cuenta de ellos. Muerte atroz y violentísima que se reservaba para los condenados en delitos de “lesa majestad”, lo que por suerte era poco habitual.

En muchos casos la pena de muerte se conmutaba por lo que se conocía como “muerte en vida”, se trataba en enviar al penado a servir a las galeras del rey. La muerte en el cadalso se solía cambiar por veinte años atado a la bancada de un remo, tiempo de redención que dudo que alguien haya alcanzado jamás, ya que lo normal era que los condenados duraran apenas media docena de años. Para los que conseguían superar la decena de años existían cofradías y hermandades religiosas que instaban a su perdón y liberación, lo que solían conseguir ya que se consideraba que si habían superado tan tremendo castigo durante tanto tiempo sólo podía deberse a la intercesión divina.

De todas formas la conmutación de la pena capital a veces conseguía efectos tremendamente perniciosos para el infortunado reo. Como ejemplo os contaré un espeluznante caso que ocurrió en Madrid allá por los primeros años de este siglo cuando tres jóvenes, dos hombres y una mujer, fueron condenados a muerte. El caso es que la mujer era menor de edad ya que apenas frisaba los dieciséis años, y el tribunal en un acto de clemencia le permutó la pena capital por otro castigo inferior; en concreto que se le dieran doscientos latigazos, se le cortaran las orejas y por último se le colgara de los cabellos en plaza pública. El castigo se aplicó con el rigor y minuciosidad que acostumbraban los tribunales castellanos de la época, a causa del cual, la desgraciada muchacha murió dos días después por la gravedad de las heridas que sufrió en su suplicio. En este caso si puede decirse que fue peor el remedio que la enfermedad.

Pero lo peor no es recordar el pasado, lo peor es constatar que en multitud de países de hoy en día aún se sigue practicando la pena de muerte como pretendido remedio del delito y con ejecuciones tan atroces y crueles que en nada tienen que envidiar a las comentadas. Sirva este relato para contribuir en la medida que sea a eliminar esta lacra de las sociedades humanas. Y por esto quiero recomendaros la lectura de un artículo titulado Un reo de muerte que Mariano José de Larra publicó en El Mensajero allá por el 1835; en el cual, ya entonces, clamaba en contra de «este hábito de la pena de muerte, reglamentada y judicialmente llevada a cabo en los pueblos modernos con un abuso inexplicable, supuesto que la sociedad al aplicarla no hace más que suprimir de su mismo cuerpo uno de sus miembros».

[Quiero agradecer a Alicia Lindell que nos hay recordado a este autor en un reciente comentario publicado en el rincón de Pumuki; lo que me ha permitido releer algunos de sus artículos: la verdad es que hoy el blog de Larra no tendría precio]


Por último si queréis indignaros un poco con la vista de países que aún mantienen vigente este atroz castigo podéis visitar esta dirección:
http://www.es.amnesty.org/temas/pena-de-muerte/pagina/miles-de-personas-condenadas/

© Francisco Arroyo Martín. 2008

Para citar este artículo desde el blog:
ARROYO MARTÍN, Francisco. Pena de muerte en el siglo XVII.
http://franciscoarroyo.blogspot.com/2008/01/pena-de-muerte-en-el-siglo-xvii.html
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27 de enero de 2008.


viernes, 4 de enero de 2008

Las nodrizas en la Corte de los Austrias

Las nodrizas en la Corte de los Austrias
Por Francisco Arroyo

Criar un hijo en el siglo XVII no era ni de lejos una tarea fácil: la mortalidad infantil era muy elevada y superar los dos o tres años de edad era una verdadera prueba de supervivencia. De esta triste realidad no escapaban ni los príncipes; destacando en este aspecto Felipe IV que tuvo once hijos legítimos* con dos esposas [con la primera, Isabel de Borbón, contrajo matrimonio a la tierna edad de ¡siete añitos!, y la novia nueve; si bien no lo consumaron hasta cinco años después, con la llegada de la pubertad... Pero, volvamos al tema central]. Bueno, pues el caso es que de los legítimos sólo llegó a la edad adulta el que fuera su sucesor, el infortunado Carlos II; Baltasar Carlos se malogró con diecisiete años; Felipe Próspero apenas duro cuatro; María Eugenia no llegó a los dos; y los siete restantes murieron todos con menos de un año de vida.

Ante esta situación, y dada la importancia de los vástagos reales para la propia pervivencia de la monarquía, era lógico que se extremaran los cuidados y atenciones hacia los jóvenes infantes; y uno de los aspectos de mayor consideración era la elección de adecuadas y suficientes amas de cría para garantizar sobrado alimento a los lactantes. Las nodrizas y amas de cría nunca gozaron de buena fama; su consideración social corría paralela a la mala imagen que se tenían de las madres que no amamantaban a sus hijos. Pero en las Cortes de los reyes castellanos era habitual su presencia al menos desde el siglo XII, llegando incluso a regularse los criterios de selección de las nodrizas en el cuerpo constitucional castellano: nada menos que en las mismísimas Partidas; así, en la segunda partida, en la ley tercera del capítulo VII, se recogen las características que debían tener estas amas de cría. En primer lugar se establece un criterio de salubridad; así, por un lado, debían estar "sanas, hermosas y con leche asaz"; por otro lado se establecían prohibiciones étnicas-religiosas ya que las nodrizas debían ser de "casta pura", lo que significaba que no podían ser judías ni musulmanes, ni siquiera ser descendientes; y, por último, consideraciones morales, ya que tenían que ser de "buenas costumbres y no sañudas".

Hoy podríamos entender la primera observación, pero las dos últimas sólo se alcanzan a comprender bajo la creencia de que la leche era transportadora de valores espirituales y de carácter, y una mala elección podría contaminar las cualidades y virtudes del linaje familiar transmitido por el fluido esencial: la sangre. Por esta razón, dentro de palacio, la elección de nodrizas se hacía con el máximo esmero y cuidado, llegándose incluso a formar juntas de médicos y fisonomistas para seleccionar a las mujeres más propicias. Además, se procuraba que hubiera una gran cantidad de ellas dispuestas en todo momento; por seguir con el citado Carlos II, señalar que fue amamantado por... ¡31 nodrizas!, y contaba, además, con otras 62 de repuesto**; si bien hay que considerar que este caso siempre fue de particular consideración, ya que se trataba del único y último hijo varón que le quedaba a Felipe IV, y todo esfuerzo, por grande que fuera, siempre sería poco si se fracasaba en el objetivo de mantener la línea dinástica.

Estas mujeres, durante el tiempo que prestaban sus servicios, gozaban de una protección legal específica, y en particular, cualquier agresión de tipo sexual podía ser calificada como traición porque podría afectar a su labor amamantadora, y el agresor, entonces, padecer todo el rigor de la justicia castellana de entonces, que era mucho. Durante el tiempo que estaban empleadas en las labores de cría, estas mujeres recibían un salario de las arcas reales; y una vez acabada su función y si su trabajo había sido satisfactorio solían verse premiadas con pensiones o empleos concejiles para sus maridos o hijos, si bien esto no pasaba en todos los casos. También conviene señalar que son abundantes las nodrizas que aparecen en las relaciones de los domésticos de Palacio de los distintos Austrias que llevan aparejado el “doña” a su nombre, todo un signo de que también se buscaban estas amas de cría en los sectores sociales de mayor raigambre social. La mayoría de estas mujeres no mantenían una relación continuada con sus "hijos de leche", y lo habitual era que abandonaran el servicio en palacio una vez terminada su labor, pero en algunos casos que permanecieron en la Corte pudieron ejercer una influencia sentimental sobre los miembros de la familia real nada desdeñable; así, es conocido el caso de doña Ana de Guevara, que fue nodriza de Felipe IV, y el importante papel que jugó en las intrigas que precipitaron la caída, en 1643, del en otro tiempo todopoderoso conde duque de Olivares, pero no fue lo normal.

Evidentemente nodrizas había en todas las casas con lactantes en la cual la madre no pudiera darles el pecho, y donde no podían faltar era en los hospicios y expósitos que entonces eran muchos. Estos locales, generalmente gestionados por ordenes religiosas, a la hora de seleccionar a las mujeres exigían lo mismo que el rey: salud, buenas costumbres y fe en Dios, pero se diferenciaban en el sueldo, apenas una decena de maravedíes al día, lo que equivalía a media docena de huevos, si bien se podía cambiar el salario por el pago en especie de comida y ropa si prestaban sus servicios de forma interna y continuada en la institución.

Por último señalar que la prohibición de amamantar a niños por amas de cría de otra fe religiosa no era exclusiva de los católicos, pues similares vetos existían en las religiones judías y mahometanas; que en la intolerancia, como en otras muchas cosas, se diferencian poco una de las otras.

En los siglos XVIII y XIX, en las Cortes borbónicas [y en las inclusas, ya que en ambos sitios se seguía practicando una selección similar] la elección de las nodrizas era ya toda una especialidad y los criterios de idoneidad estaban ya muy definidos y reglamentados:

1. Tener una edad entre diecinueve a veintiséis años
2. Complexión robusta y buena conducta moral
3. Estar criando el segundo o tercer hijo; es decir haber tenido al menos dos partos
4. Leche, no más de noventa días
5. No haber criado hijos ajenos
6. Estar vacunada
7. Ni ella ni su marido, ni familiares de ambos, habrán padecido enfermedades de la piel
8. Será circunstancia preferente que la ocupación de su marido sea la del cultivo del campo

Durante este siglo también se especializó el origen de las amas de cría, destacando en particular por su número las mujeres cántabras del valle del Pas. Como la mujer de la imagen, Francisca Ramón González, natural de Peñacastillo, que fue ama de cría de la reina Isabel II y tuvo el honor de verse retratada por Vicente López.

© Francisco Arroyo Martín. 2008

Para citar este artículo desde el blog:
ARROYO MARTÍN, Francisco. Las nodrizas en la Corte de los Austrias.

http://franciscoarroyo.blogspot.com/2008/01/las-nodrizas-en-la-corte-de-los.html.
4 de enero de 2008.

Referencias de la imagen:
Francisca Ramón, Nodriza de Isabel II. 1830. Palacio Real de Madrid. Vicente López


* Y nada menos que, según se decía en los mentideros de entonces, unos cuarenta naturales, de los cuales sólo reconoció a Juan José de Austria

** Las “titulares” se dedicaban de forma exclusiva a los infantes, y a la vez sus hijos eran amantados por las nodrizas de “reserva” conjuntamente con los suyos propios.

viernes, 7 de diciembre de 2007

La prostitución en el Madrid del siglo XVII

La prostitución en el Madrid del siglo XVII
Por Francisco Arroyo

A pesar de que en un primer momento pudiera parecer lo contrario, los criterios morales respecto a la prostitución eran bastante laxos en la sociedad barroca española. Baste decir que dentro de la organizada y reglamentada estructura militar de los tercios, se contemplaba la presencia de un determinado número de mujeres públicas por cada unidad militar, además se indicaban como debían ser sus vestidos o los lugares y momentos en los cuales podían ejercer su oficio, entre otros aspectos, incluso la oficialía llegaba a establecer las tasas y honorarios de estas mujeres. No se puede decir lo mismo en el caso de la prostitución masculina, ya que las relaciones "contra Natura" eran consideradas como el pecado nefando y se castigaban con extremo rigor, en algunos casos con la muerte; y esto ocurría independientemente del sexo de los amantes.

Como pasaba en todas las grandes urbes del reino de Castilla la práctica de la prostitución se venía regulando al menos desde 1337 con el Ordenamiento de Alfonso XI. Destacando particularmente las ordenanzas sevillanas de 1553, que servirán de modelo para el resto de las normas municipales. Quizás la principal característica de estas normas era que no proscribían la prostitución sino que lo que prohibían era que se ejerciera en cualquier lugar y que pudieran confundirse las prostitutas con el resto de mujeres.

En esta línea, la principal preocupación de los dirigentes municipales madrileños no era la preservación de la castidad y la honra, sino mantener en lo posible el orden público y una pacífica convivencia. El organismo de vigilar y controlar la prostitución en la capital de la monarquía hispánica era la Sala de Alcaldes de Casa y Corte, excepto en el propio Palacio Real, donde los oficiales municipales carecían de jurisdicción. A diferencia de lo que ocurre en nuestros días, los ayuntamientos tenían importantes competencias policiales y judiciales, siempre en primera instancia, sobre un gran número de aspectos de la vida social. Por un lado aplicaban las leyes generales del reino y, por otro, las ordenanzas y disposiciones de estricto carácter local que se aplicaban únicamente en su ámbito jurisdiccional [que en el caso de Madrid, en algunos asuntos, abarcaban también a su "Tierra" o alfoz].

La ordenanza que en los primeros años del siglo XVII regulaba la práctica de la prostitución en Madrid, entre otros muchos aspectos, era el Pregón General para la governación de esta Corte [1] donde se recogía la necesidad de separar las “damas y mujeres honrosas” de las “cortesanas enamoradas”. A este objeto se obligaba a la residencia obligatoria de las prostitutas, y a la ubicación de los burdeles, en un barrio determinado; en concreto, en Madrid se estableció que fuera en el barranco de Lavapiés, lo que hoy es el barrio de su mismo nombre.

Además se establecía que la actividad de cualquier mujer enamorada ramera o cantonera, debía estar supervisada por la propia Sala y tan sólo se permitía el ejercicio de su oficio en casa pública y sin dependencia de rufianes [2], bajo una pena de cien azotes y la pérdida de sus vestidos y enseres; así se les prohibía vestir sedas y demás telas lujosas o portar joyas. La norma también prohibía la práctica sexual en caso de tener enfermedades venéreas so pena, también, de cien azotes y el destierro de la ciudad, castigo que se hacía extensivo a quien sabiéndolo no lo denunciara; a este fin los cirujanos de la Cárcel de Corte tenían entre sus obligaciones visitar periódicamente “el barranco”. También se mandaba que cada burdel o mancebía debía contar con un padre y una madre que debían garantizar el cumplimiento de la normativa, el orden público y el pago de los aranceles de la propia casa a las arcas municipales; no pudiendo tratar bajo ningún concepto con las prostitutas por el uso de su oficio, tan sólo podían cobrarlas por la ropa limpia, la comida, el uso del ajuar, etc. También estaba prohibido portar cualquier tipo de arma dentro de los burdeles, con el objetivo de eliminar en lo posible las peleas y desórdenes que inevitablemente se relacionaban con este mundo de hampa y bajos fondos; a este fin también se prohibían la venta de bebidas y los juegos de azar [Si hacemos caso a la imagen no pasaba lo mismo en los burdeles de los Países Bajos holandeses].

El afán reglamentista llegaba a establecer unos requisitos para ser prostituta, como eran ser mayor de doce años, ser huérfana o de padres desconocidos, no ser noble y haber perdido la virginidad antes de iniciarse en las labores del sexo, entre otros. El juez, antes de otorgar el oportuno permiso, tenía la obligación de persuadir a la muchacha para que no eligiera tan negro destino.

Por otro lado, los sectores religiosos más estrictos intentaron por todos los medios erradicar la prostitución de la ciudad; así vemos como los jesuitas presionaron para que la Sala ordenara el cierre de los burdeles durante fechas señaladas del calendario religioso; o, también, las habituales “misiones” para redimir las almas pecadoras de estas mujeres, que habitualmente se hacían todos los 22 de julio, día de santa María Magdalena, y los viernes santos, y que solían acabar con un buen número de ellas en el convento de las arrepentidas de Atocha.

A pesar de todo, limitar y reglamentar la prostitución era tan complicado como poner puertas al campo, e inmediatamente después de proclamarse las reglas se buscaban medios para saltarse la norma. Así se constatan innumerables expedientes en la documentación de la Sala que tenían como fin sancionar el establecimiento ilegal de cortesanas enamoradas fuera de los lugares acotados para ella, muchas de ellas casadas en matrimonios de conveniencia con sus propios rufianes o con maridos resignados; actuaciones de castigo que, dado su elevado número, se fueron limitando a las calles y zonas principales de la ciudad. Esta situación llevó a Felipe IV a prohibir la práctica de la prostitución con varias pragmáticas en 1623, de nuevo en 1632 y otra vez en 1661; pragmáticas que como tantas y tantas leyes de la época no tuvieron ningún resultado práctico, tan sólo agravar y hacer más difícil la vida de estas mujeres.

© Francisco Arroyo Martín. 2007

Para citar este artículo desde el blog:

ARROYO MARTÍN, Francisco. La prostitución en el Madrid del siglo XVII. http://franciscoarroyo.blogspot.com/2007/12/la-prostitucin-en-el-madrid-del-siglo.html
7 de diciembre de 2007.

Referencias de la imagen:

Escena en un burdel. 1650. Nicolaus Knüpfer

Rijksmuseum o Museo Nacional de Ámsterdam. Holanda.



[1] Archivo Histórico Nacional, Consejos, Sala de Alcaldes de Casa y Corte, Libro 1199.

[2] Que así les denominaba a los proxenetas.


lunes, 12 de noviembre de 2007

Cuando Dios quiso acabar con esto

Cuando Dios quiso acabar con esto
por Francisco Arroyo


Parece ser que en 1642, Dios estaba un pelín enojoso con los españoles. Así lo recogen los avisos que un jesuita madrileño escribía al padre general de la orden el 16 de agosto de 1642.

El caso es que hubo una gran tormenta en Burgos; tan grande que se hundió el crucero de la catedral y derribó algunas de las agujas que coronaban, y coronan aún, sus esbeltas torres y campanarios. Si esto pasó con la catedral, imaginaos lo que debió pasar con las casas y edificios de la ciudad y de la comarca. Arcos quedó prácticamente arrasado, muriendo muchos de los moradores de las casas; se dice que fueron incontables los árboles que arrancó la tormenta a su paso; y no menos fueron los caseríos y granjas arrasadas, los viñedos arrancados a cuajo, y las huertas y campos de cultivo destrozadas. En la Rioja llovieron piedras como ladrillos de grandes. Con tanta fuerza rugieron los elementos, que cuentan las crónicas que el agua de los ríos se revolvió y ascendía ribera arriba. Tal estrépito y fragor maravillaba y aterraba a todos, creyendo muchos que era el fin del mundo lo que llegaba.

Pero lo más terrorífico fue cuando en Burgos tronó con fuerza inusitada un espanto bramido que decía:

¡Déxame acabar de una vez con esto!

De lo cual dedujeron y conjeturaron que Dios estaba airado con los españoles y que alguna alma piadosa se interponía y le intentaba apaciguar.

Lo cierto es que eran momentos difíciles para la monarquía católica: Portugal y Cataluña estaban en franca rebelión; la primera con la elección de un nuevo rey, Juan IV, en vez de Felipe IV; y los catalanes habiendo nombrado a Luis XIII de Francia como conde de Barcelona y en consecuencia príncipe y señor de Cataluña. Lidiaban las tropas realistas de Felipe IV en los dos frentes y con ventura adversa en esos días. Además se había conocido una conspiración en Andalucía, inspirada por el duque de Medina Sidonia, para constituirse en un reino independiente; y otra similar en Aragón por el de Hijar. En esa situación no era raro que un desastre como el que describe el padre jesuita se pensara en esos momentos que sólo era posible por la ira de Dios.

Pero lo más curioso es la última conjetura en la cual un ánima bondadosa le sujeta, como si de un bravucón tabernario se tratara, para que calme su ira y detenga su furia.

Recogido por: VALLADARES, Antonio. Semanario Erudito. Madrid: Antonio Espinosa, 1740. t. 33, p. 16.

© Francisco Arroyo Martín. 2007

Para citar este artículo desde el blog:

ARROYO MARTÍN, Francisco. Cuando Dios quiso acabar con esto. 12 de noviembre de 2007. http://franciscoarroyo.blogspot.com/2007/11/cuando-dios-quiso-acabar-con-esto.html

martes, 7 de agosto de 2007

Hasekura Tsunenaga. Un samurái en la Corte de Felipe III

Hasekura Tsunenaga. Un samurái en la Corte de Felipe III
Por Francisco Arroyo Martín

El 28 de octubre de 1613 partió de Sendai hacía España una embajada japonesa enviada por Date Masamune [en japonés: 伊達 政宗] (1567—1636), señor feudal de la provincia de Ōshū [奥州], al noroeste de Japón [en la documentación española suele aparecer escrito de diferentes formas: Boju, Boxu, Voxu, Vojuí,... actualmente la provincia se conoce más por el nombre de Mutsu (陸奥国)]. La embajada estaba encabezada por el samurái Hasekura Tsunenaga Rokuyemon [支倉六右衛門常長] (1571—1622), capitán de la guardia personal de Date Masamune y veterano de las guerras de Corea, y contaba con el aliento de un fraile sevillano, el franciscano fray Luis Sotelo (1574—1624) que llevaba en Japón desde 1602, adonde llegó proveniente de Manila. La comitiva la formaban cerca de 200 personas, de los cuales unos cincuenta eran españoles: los frailes franciscanos que tutelaban la embajada y el resto de un naufragio de una nave española de 1611; la expedición se completaba con los diplomáticos japoneses, y las tropas y personal de su servicio, junto con un buen número de comerciantes.

La primera parte del viaje se hizo en un navío japonés de 500 toneladas de nombre “San Juan Bautista” en español, y “Date Maru” en japonés, fabricado al modelo de los galeones europeos bajo la dirección del navegante y explorador Sebastián Vizcaíno (1548—1624), que había llegado a Japón en 1611, y del inglés Guillermo Adams que estaba al servicio del ministerio de guerra del sogún Tokugawa Hidetada [徳川秀忠] (1579—1632; sogún entre 1605—1623). Actualmente existe una réplica de este barco en la ciudad de Ishinomaki, puerto desde el cual zarpó la nave.

Pero antes de contaros las peripecias del viaje y la estancia en Europa de este grupo de japoneses, conviene saber que objetivos buscaba esta misión diplomática. En primer lugar hay que señalar que la presencia de misioneros cristianos en las islas del Japón se remonta, al menos, al 15 de agosto de 1549 cuando desembarcó en Kagoshima el jesuita San Francisco Javier [monje navarro que se convertiría en la mano derecha de San Ignacio de Loyola. Fundador de la Compañía de Jesús]. Años más tarde, en 1582, los jesuitas habían conseguido un buen número de conversos al catolicismo [se habla de 150.000], lo que les permitió organizar una expedición a Roma y conseguir del Papa un obispado para la isla, cátedra que desde entonces sería ocupada por un jesuita hasta la expulsión de los religiosos extranjeros que se produjo en el siglo siguiente. En esta tesitura, el resto de las órdenes misioneras, y en particular los franciscanos, se quedaron en una situación de dependencia y subordinación respecto a los jesuitas; algo que evidentemente no gustaba.

Por otro lado, Japón había incrementado notablemente sus relaciones comerciales con los asentamientos españoles y portugueses del Pacífico, tanto en los continentales de la India como en los de los archipiélagos de Molucas y Filipinas, especialmente; los cuales desde la unificación de las dos Coronas en Felipe II en el año de 1580, dependían todas [al menos teóricamente, luego su funcionamiento era muy independiente] del Consejo de Indias (en Madrid) y de la Casa de Contratación (en Sevilla), que eran los órganos que autorizaban los permiso y franquicias de contratación. Lo que pretendía los japoneses era establecer relaciones diplomáticas con el Rey de España y establecer los acuerdos necesarios para poder negociar y comerciar directamente con América y Europa a través de los puertos del Pacífico de Nueva España (México); y lo que pretendían los franciscanos (aparte de participar en esta nueva red comercial) era la división del Japón en dos obispados y ocupar ellos al menos el del norte. Para lograrlo partieron a Madrid y Roma, las dos ciudades europeas más importantes del momento.

Viajes similares se habían intentado ya en 1610, donde la expedición la encabezaba el franciscano fray Alonso Muñoz, y dos años después por el mismo fray Luis Sotelo; en ambos casos la expedición fracasó. Lo cierto es que la situación de los cristianos en Japón empeoró notablemente a partir de 1613, llegándose a prohibir el culto en muchos territorios, si bien en el caso de Date Masamune no sólo continuó autorizando la difusión y extensión del catolicismo, sino que persiguió las prácticas de otras religiones, especialmente a los budistas y sintoístas.

Bien, pero sigamos con el viaje de Hasekura Tsunenaga, quien avista el continente americano, siguiendo la ruta tradicional del galeón de Manila, en el cabo de Mendocino, península de California, y siguiendo la costa, el 25 de enero de 1614, llega a Acapulco, principal puerto pacífico de Nueva España; tres meses después de su partida de Japón. Tras penetrar en la amplísima bahía de esta ciudad y obtener las autorizaciones pertinentes se produce el desembarco y la embajada japonesa fue recibida con gran ceremonial por los representantes del virrey de Nueva España, don Diego Fernández de Córdoba (1578—1630), marqués de Guadalcázar. De todas formas hubo que esperar un tiempo en esta ciudad para preparar el viaje a México, el séquito se hospedó en el convento franciscano del lugar. No faltaron en este tiempo de espera enfrentamientos entre miembros japoneses y españoles de la expedición; de especial relevancia fue el mantuvo el capitán de la guardia personal de Hasekura, un tal Tomé o Tomás [por el nombre algunos han querido ver que fuera hijo de algún español, pero lo más normal es que adoptara este nombre tras bautizarse] y Sebastián Vizcaíno. Se utilizaron los aceros y del duelo salió gravemente herido el arrogante marino español. Ante este hecho las autoridades españolas establecieron varias normas el 4 de marzo, encaminadas a garantizar la seguridad, el comercio y el libre movimiento de los japoneses, que no podían ser molestados por nadie so pena de graves castigos, y por contra se limitaba el uso de armas al propio Hasekura y a media docena de escogidos samuráis.

Por fin, partió el séquito de Acapulco y llegó a la ciudad de México el 25 de marzo. En esta ciudad fueron recibidos con la mayor pompa y boato por el propio virrey, el arzobispo de México, Juan Pérez de la Serna (1573—1631), y el provincial de la orden franciscana. A todos ellos se les entregaron las cartas y credenciales de Date Masamune, daimio de Sendai, el cual les manifestaba su gran interés en que sus representantes viajaran a España y a Roma para llevar mensajes de paz al rey de España y establecer relaciones diplomáticas y comerciales en Nueva España, y para pedir al Papa que envíe misioneros católicos y un alto delegado papal [un obispo más, vamos] para evangelizar todo el Japón. Durante la estancia en México, en las celebraciones religiosas en torno a la Semana Santa, se produjeron varios bautizos colectivos: así el día 9 de abril se bautizaron 20 japoneses, y otros 22 el día 20; y tres días más tarde recibieron la confirmación de manos del arzobispo nada menos que 63 nipones. Hasekura no quiso tomar estos días el bautismo, ya que prefirió reservarse y recibirlo en Europa, en Roma o en Madrid, donde efectivamente lo hará, como veremos.

De todas formas, y a pesar de estas muestras de fervor religioso, en Japón pintaban bastos para los cristianos, ya que, el primero de febrero del 1614, el sogún Tokugawa Hidetada [el sogún era el gobernador militar del imperio japonés, y de hecho quien ostentaba el poder político al que se sometían los daimios, que eran los señores feudales de las distintas provincias; el emperador carecía de poder efectivo en el territorio y se había convertido en una figura simbólica y de carácter casi ceremonial] había decretado la prohibición de la práctica del cristianismo y la expulsión de los misioneros extranjeros. Al menos, Date Masamune, que, recordemos, era el daimio de Hasekura, esperó hasta el regreso de la embajada diplomática a Europa para aplicar en Ōshū la dura ley del sogún. Pero esto todavía se desconocía en México.

En el momento de partir de la capital de Nueva España, la comitiva se dividió: los españoles se quedaron en Nueva España, excepto los frailes que siguieron con Hasekura; y de los japoneses, una treintena continuaron el viaje hacía Europa, algunos, pocos, se quedaron en Nueva España a esperar la vuelta de Hasekura, y el resto volvió a Acapulco para regresar, de nuevo en el “San Juan Bautista”, a Japón. Después, la reducida comitiva encaminó sus pasos por el camino real al puerto atlántico de Veracruz, donde el 10 de junio, a bordo del galeón “San José”, comienzan la travesía del Golfo de México con dirección a La Habana. La intención era coger en la capital de la actual Cuba un barco de los que integraban la Flota de Indias.

Era La Habana el puerto del caribe donde la Flota de Nueva España [puerto de referencia Veracruz, actual México] se unía a los Galeones de Tierra Firme [puerto de referencia el de Cartagena, actual Colombia, y Portobelo en Panamá] para iniciar el viaje anual de regreso a España. Poco a poco fueron llegando los barcos cargueros y se fueron aprestando los buques de guerra de la Armada de Barlovento que escoltarían a la flota hasta el final del canal de Bahama, cerca de las Bermudas. Por fin, el 3 de agosto, a bordo del galeón “San Juan de Lúa”, la embajada inicia la travesía del Atlántico en la flota que comandaba el almirante don Antonio Oquendo. La presencia de la comitiva japonesa se recuerda hoy en La Habana con una estatua de bronce, erigida el 26 de abril de 2001, en honor de Hasekura Tsunenaga.

El viaje por el atlántico continuó sin contratiempos graves si exceptuamos alguna tormenta más que seria y la incertidumbre de que se produjera algún ataque corsario a alguna nave retrasada; que no se disipó hasta que en las Azores se vislumbraron las naves de la Armada del Océano, que escoltarían a la Flota hasta su llegada a la bahía de Cádiz. Una vez que se avistaron las costas andaluzas, se mandó aviso a la ciudad de Sevilla de la llegada de la embajada el 30 de septiembre y de las intenciones de la misma. La ciudad empezó desde ese momento a preparar el recibimiento que merecía tan excelsa visita.

Así, tras dos meses de navegación, el 5 de octubre, la flota llegó a la desembocadura del Guadalquivir y arribó a la barra de Sanlúcar de Barrameda. Debido al gran calado de algunos buques, lo que les impedía navegar río arriba hasta Sevilla, hubo que hacer el traspaso del cargamento de estas naves a las barcazas y gabarras fluviales, momento que también se aprovechaba para escamotear a la Hacienda Real un buen número de mercancías y efectos. Pero para los japoneses era acumular un retraso más a su dilatado viaje, del que pronto se cumpliría un año del día de la partida de Japón. Inmediatamente se enviaron las pertinentes cartas de presentación al ayuntamiento de Sevilla y a Madrid, a Felipe III (1578—1621), anunciando su llegada y las intenciones de su viaje.

Una vez que arribó la embajada de japonesa, acudió a presentar los honores pertinentes Alonso Pérez de Guzmán el Bueno, VII duque de Medina Sidonia (1550—1615), que era el señor de la villa de Sanlúcar de Barrameda y además era el capitán general del Mar Océano y de las costas de Andalucía y el representante de la principal familia andaluza. Hasekura y los principales miembros de la expedición fueron hospedados en la residencia ducal, donde fueron atendidos con la típica suntuosidad y pompa del magnate andaluz.

La ciudad de Sevilla encargó a unos de sus regidores, al veinticuatro Diego Caballero de Cabrera, que además era hermano de fray Luis Sotelo, que atendiera a los viajeros y que hiciera los preparativos necesarios para su entrada en Sevilla. El duque, a instancias del ayuntamiento sevillano, aparejó dos galeras para conducir a la comitiva a Coria del Río, donde tendrán que esperar hasta el día que sean recibidos en la ciudad. En esta localidad fueron hospedados, siempre a cargo de la ciudad de Sevilla, por Pedro Galindo, que atendió con esmero y cuidado a sus huéspedes. Incluso, la capital andaluza, envió una representación, formada por el citado Diego de Cabrera, Bartolomé López de Mesa, Bernardo de Ribera, y el propio Pedro Galindo, junto con un buen número de jurados y caballeros que los acompañaban, para que dieran la bienvenida al embajador y le felicitaran por su feliz viaje. Algo que satisfizo mucho a Hasekura y le hizo albergar esperanzas de éxito en su misión.

Por fin, el 21 de octubre [no coinciden en este dato los cronistas y algunos dan la fecha del 23] tiene lugar la fastuosa recepción en la ciudad de Sevilla. Hasekura partió de Coria del Río con su séquito, formado por el religioso sevillano y una guardia personal compuesta por los samuráis y una decena de soldados, todos elegantemente vestidos al modo japonés y, para dejar clara su intención, todos portaban rosarios al cuello; también iban con ellos los veinticuatro sevillanos Bartolomé López de Mesa y Pedro Galindo. Desde su salida de Coria la comitiva fue aumentando de número con infinidad de curiosos que no querían perderse la ocasión de ver de cerca tan singulares personajes. Pero esto no fue nada en comparación con la multitud que se agolpaba entorno al puente y a la puerta de Triana; toda la ciudad, desde el camino o desde las barcas en el río, querían conocer a tan ilustres y sorprendentes visitantes.

Cruzaron el puente de barcas de Triana numerosas carrozas y cabalgaduras y un sinfín de gente de todo tipo; tan grande fue el número que en algunos momentos se puso en peligro la propia integridad de la comitiva a pesar de los denodados esfuerzos de los alguaciles y justicias que intentaba poner un mínimo de orden en la procesión. [Quien conozca esta ciudad en Semana Santa podrá imaginárselo sin esfuerzo]. En la puerta de Triana les esperaban toda la nobleza de la ciudad y los miembros del ayuntamiento sevillano encabezados por el corregidor y asistente de Felipe III en la ciudad, Diego Sarmiento de Sotomayor (¿?—1618), primer conde de Salvatierra, que en nombre del rey y de la ciudad dio la bienvenida a el embajador, quien se apeó de la carroza y recibió y proporcionó las oportunas cortesías; mostrando en todo momento el sumo placer y honor que recibía de tan grandioso recibimiento. Después, Hasekura montó a caballo y se colocó junto al conde de Salvatierra, quienes, flanqueados por los alguaciles mayores de la ciudad y por el capitán de la guardia japonesa, condujeron la cabalgata por la ciudad hasta las puertas de Alcázar Real, donde se hospedaría el embajador a costa de la ciudad. Durante todo el trayecto estuvieron acompañados por millares de sevillanos que los saludaban alborozados a su paso. A su llegada a la residencia real sevillana fueron recibidos por Juan Gallardo de Céspedes, su alcaide. Así terminó esta jornada. Durante los días siguientes, Hasekura, como cualquier turista de hoy en día [pero sin cámara de fotos], recorrió la ciudad, visitó la catedral y, como no, subió a la Giralda para disfrutar desde lo alto de la magnífica visión de Sevilla y del Betis.

El día 27 de octubre tuvo lugar la recepción oficial de la embajada por el ayuntamiento sevillano. Sentado junto al conde de Salvatierra, Hasekura expuso los motivos y razones de su embajada en japonés que el padre fray Luis Sotelo interpretó en castellano, y que no eran otros que extender la fe en Cristo por todo el Japón y alcanzar un tratado de amistad y comercio con España; después entregó una carta de Date Masamune, que también tradujo el fraile franciscano, en la que se exponía su pretensión de ponerse bajo la autoridad del papa y de comenzar un periodo de amistad fraternal con el rey de España; seguidamente, fray Luis Sotelo hizo una relación de las incidencias del viaje, de la situación del cristianismo en Japón y una petición de ayuda económica para continuar su labor. Acto seguido respondió el conde de Salvatierra, diciendo que la ciudad de Sevilla ayudaría en todo lo que pueda al éxito de la misión y que él, en calidad de asistente real, transmitiría fiel y puntualmente todo el contenido de la embajada a Felipe III. Por último, entró en la sala capitular del ayuntamiento de Sevilla el capitán de la guardia de Hasekura para hacer entrega de la carta original de Date Masamune y de un daishō [大小], conjunto de las dos espadas tradicionales japonesas: la katana [刀] y la wakizashi [脇差]. [En los archivos sevillanos se conserva la carta original, pero las espadas desaparecieron tras los tumultos de 1868]. Después, como se trataba de una sesión ordinaria, la embajada abandono la sala y el cabildo continuó su sesión.

Los japoneses prolongarán su estancia en Sevilla durante un mes más, y en este tiempo el Alcázar sevillano recibirán innumerables visitas de cualquiera que fuera algo en Sevilla: nobles, jueces, cargos públicos,... y en particular sentirán el calor y el cariño de los sevillanos que, como veremos, dejará profunda huella en muchos de ellos. Hasekura, por su parte, realizó numerosas visitas a la catedral y al convento franciscano de la ciudad. También serán abundantes los actos festivos que se harán en su honor y homenaje: comedias, bailes, saraos,... Existe una relación de gastos del Libro de Cuentas, según la cual, el ayuntamiento de Sevilla se gastó más de 2.600 ducados en la estancia de la embajada japonesa [al cambio actual del precio del oro unos 142.000 €, mas de 23.000.000 millones de ptas.].

El 25 de noviembre la embajada abandona la ciudad hispalense con dirección a la capital de la monarquía hispana. La comitiva la componen unas cuarenta personas, dos carros, dos literas y cerca de cincuenta animales de carga. La ciudad de Sevilla, atenta hasta el último momento, designa a Gonzalo de Guzmán, junto con personal de servicio, para que acompañe y asista a la embajada hasta su llegada a Madrid.

Ciudad a la que llegarán el 20 de diciembre, tras un viaje en el cual la comitiva fue objeto de atención por todos los lugares por donde pasaron, destacando la parada de varios días en Córdoba y el recibimiento por el arzobispo de Toledo en la catedral primada. No fue tan espectacular el recibimiento en la Corte como lo había sido en Sevilla, seguramente, además de la información qua había trasmitido el conde de Salvatierra, también se tendrían noticias de la nueva situación en Japón y de las persecuciones que se habían iniciado contra los cristianos tras el decreto del sogún de febrero de 1614. Siempre se trató a la embajada como una delegación de un principado menor, en ningún momento se la consideró como la representación oficial del emperador o del sogún; en consecuencia el protocolo se ajustó a este rango.

Además, los agentes de los comerciantes de Nueva España y Filipinas debían mirar con recelo las intenciones comerciales de los japoneses, y a buen seguro que no tardaron de mover sus influencias en la Casa de Contratación y en el Consejo de Indias para que se mantuviera el estado actual en las relaciones comerciales con Japón. Estos dos órganos siempre se manifestaron contrarios a esta nueva alianza con los japoneses que podría poner en peligro la exclusividad comercial de los asentistas de Manila y Acapulco. Tampoco convine olvidar la creciente pujanza de los jesuitas en la Corte madrileña, que se habían hecho con el influyente Colegio Imperial y estaban fabricando su nueva y magnífica sede en la calle de San Bernardo; quienes a buen seguro no dejaron de medrar para que la misión acabará en fracaso y poder mantener el monopolio evangelizador en Japón. Así, el alojamiento de la embajada no fue en ningún palacio o residencia real ni en ninguna morada de los miembros de la nobleza cortesana, ni tan siquiera fue en alguno de propiedad municipal, sino en el convento de San Francisco de la localidad.

Más de un mes, hasta el 30 de enero de 1615, hubieron de esperar Hasekura y Luis Sotelo para ser recibido por Felipe III. En la audiencia real se reiteró la exposición de Hasekura sobre los deseos de su señor, el daimio Date Masamune, de mantener relaciones diplomáticas y establecer alianzas con España y que se cristianice todo el Japón; si bien en esta ocasión se hizo mucho más hincapié en la vertiente política y económica de la embajada; acto seguido se le hizo entrega a Felipe III de una carta original de Date Masamune [de la que se desconoce su actual paradero] fechada el año 13 a cuatro días de la novena luna, que se correspondía con el 6 de octubre de 1613, unos días antes de que partiera la embajada, como hemos visto. Luis Sotelo volvió a ser el intérprete de Hasekura e hizo un alegato ante el rey en defensa del acuerdo, ya que permitiría acercar posiciones con el sogún Tokugawa Hidetada para neutralizar la influencia holandesa e inglesa en Japón.

Hasekura estará alrededor de ocho meses en Madrid, por un lado preparando el viaje a Roma y por otro intensificando los contactos con las principales personalidades de la Corte al objeto de llevar a buen puerto su misión. Varias veces se entrevistó con el valido de Felipe III, el todopoderoso Francisco Gómez de Sandoval Rojas y Borja (1553—1625), I duque de Lerma, y con el nuncio apostólico del papa en Madrid.

Pero quizás el acto social de mayor trascendencia fue el bautizo del propio Hasekura en la capilla del monasterio de las descalzas reales de Madrid. Fray Luis Sotelo escribió una relación a su hermano Diego Caballero de Cabrera del desarrollo de este acontecimiento según el cual se desarrolló de la siguiente forma. El 17 de febrero de 1615, a las tres de la tarde, acudió a la citada capilla Felipe III, acompañado de su hija Ana de Austria (1601—1666) [que en las crónicas aparece como “Reina de Francia” ya que en esas fechas su matrimonio estaba concertado con Luis XIII de Francia (1601—1643), si bien su matrimonio por poderes se realizará en Burgos el 18 de octubre de 1615 y en persona en Burdeos el 21 de noviembre de ese mismo año, ya que ambos contrayentes tenían apenas 14 años, su matrimonio no se consumará hasta cuatro años más tarde. Chascarrillo “rosa”: esta es la reina sobre la cual se sospecha que tuvo algún affaire con el duque de Buckingham; la de los tres mosqueteros, vamos]. También acudieron a este acto la infanta María Ana de Austria; al parecer el príncipe Felipe estaba enfermo y se quedó en palacio con los otros dos infantes: Carlos y Fernando. A la celebración acudieron los principales caballeros de la Corte, entre ellos muchos Grandes, quienes junto a los japoneses se distribuyeron por las gradas. Hasekura estuvo acompañado toda la ceremonia por Lope de Moscoso Osorio (1555—1636), VI conde de Altamira, mayordomo mayor de la infanta Ana. El bautizado tuvo como padrinos al duque de Lerma y la condesa de Barajas. El oficiante fue el capellán mayor de Felipe III, Diego de Guzmán, ya que el arzobispo de Toledo tenía perlesía en las manos lo que le impedía oficiar el bautismo, si bien estuvo presente en la ceremonia. El bautizo se hizo con toda la solemnidad y destaca fray Luis Sotelo el afecto y gran devoción del japonés. Su nombre cristiano fue Felipe Francisco Hasekura.

Inmediatamente acabado el bautismo, el duque de Lerma llevó al embajador al cuarto real donde se entrevistó con Felipe IV, quien le felicitó y le pidió que le encomendase a Dios. Por su parte, Hasekura, agradeció su presencia y que le hubiera permitido usar su nombre y que esperaba que este acontecimiento tuviera su efecto y salvara muchas almas en Japón. Tras abandonar el monasterio la embajada fue escoltada por la Guardia Real hasta San Francisco, donde fueron recibidos por toda la comunidad franciscana con un solemne Te Deum Laudamus y gran aparato de música y canto.

La otra etapa del viaje era Roma, y tras conseguir la licencia real, hacía allí partió la comitiva el 15 de agosto de 1615. Se une a ellos como intérprete el doctor Escipión Amati que publicaría a finales de ese mismo año una crónica de la embajada: Historia del Reyno Di Voxy Del Giapone, Dell'Antichita Nobilita, E Valore Del Svo Re Idate Masamune,...; el veneciano Gregorio Matías y el intérprete Francisco Martínez. En el séquito todavía viajaban veintiún japoneses.

La ruta fue la habitual para los desplazamientos a Italia: Alcalá de Henares, Daroca, Zaragoza, Lérida y Barcelona; donde por mar se dirigirían a Génova para alcanzar Roma. Por todos estos lugares la comitiva se convirtió en un foco de atracción, así en las distintas localidades se esperaba su llegada para realizar los oportunos honores y saludos; los visitantes aprovechaba estas paradas para visitar los templos y monasterios franciscanos que financiaron la mayor parte del viaje.

De todas formas, en España y tras conocer las preocupantes noticias que llegaban de América, la posibilidad e llegar aun fructífero entendimiento cada vez eran menores; así en septiembre de 1615 el Consejo de Indias se manifestaba contrario a la alianza comercial con Japón a través de Nueva España, alegando que afectaría negativamente a los intereses de los mercaderes portugueses de la India y Macao y a los españoles de Filipinas. Por estas mismas fechas, en concreto el 20 de septiembre, Felipe III ordena al conde de Castro, embajador en Roma, para que vigile de cerca las audiencias ante el Papa. Además le indica que en lo relativo a las decisiones sobre el envío de misioneros a Japón debe atenerse a lo que indique el nuncio apostólico en España.

De todas formas la embajada sigue con su misión, y a principios de octubre de 1615, parten del puerto de Barcelona en dos fragatas y un bergantín con dirección al puerto genovés de la Saonna. Debido a unas fuertes tormentas la expedición tuvo que hacer un alto en la localidad francesa de San Tropez. En las crónicas del lugar quedó constancia de la visita de tan extraños personajes, en las cuales destacaban que los japoneses no tocaban la comida con las manos y ¡qué usaban unos palillos para acercarse los alimentos!; también llamó su atención que se sonaran los mocos con pequeños y suaves trozos de papel que desechaban después de su uso; pero lo que más destacan los cronistas galos son sus espadas de las cuales dicen que su forja era de un acero tan afilado que podían cortar un papel con tan solo la presión de un soplo.

Tras este incidente llegan a la ciudad de Génova a mediados de octubre, donde son recibidos por toda la nobleza de la ciudad y por el senado. A los pocos días inician su periplo por Italia que les permitirá alcanzar la ciudad eterna el primero de noviembre. El papa Pablo V (1550—1621), recibió a Hasekura con premura y así se le concede la audiencia el mismo día 3 de noviembre en el Sacro Colegio Cardenalicio; a la audiencia acude lo más selecto de la curia romana, grandes señores, prelados y embajadores. En el acto se repite el mismo ceremonial que hemos visto en Sevilla y en Madrid intervenciones del franciscano y del embajador japonés con la lectura de la carta, que Date Masamune destina al pontífice [De esta carta se conservan los originales en japonés y latín en los archivos vaticanos]. En la carta se pedía al papa que intercediera ante Felipe III para favorecer un tratado comercial y de amistad entre Japón y España y le pedía que enviara misioneros al Japón; en parte venía a decir:

Besando los pies santos del más grande, universal y mayor santo del mundo entero, al papa Paulo, con la sumisión y mayor reverencia, yo, Date Masamune, rey de Wôshû en el imperio de Japón, le suplico: (...) El Padre franciscano Luis Sotelo vino a nuestro país a esparcir la fe de Dios, entonces, aprendí sobre esta fe y deseé hacerme cristiano, si bien todavía no he logrado cumplir este deseo debido a ciertas dificultades. Sin embargo, para conseguir que mis súbditos se hagan cristianos, deseo que enviéis a misioneros de la iglesia franciscana. Por mi parte os garantizo que podréis construir una iglesia y que los misioneros gozarán de protección. También es mi deseo que escojáis y enviéis a un obispo. Para este fin he enviado a mi samurái Hasekura Tsunenaga Rokuyemon, como mi representante para que acompañe a través de los mares a Luis Sotelo en su viaje a Roma, y os ofrezca una muestra de obediencia y os bese los pies. (...) También, y puesto que nuestro país y Nueva España son países vecinos, para que os pida que intervengáis todo lo que podáis en la negociación con el rey de España; que todo será en beneficio de enviar misioneros a través de los mares (...)

La respuesta del papa la dio Pedro Trocio, secretario apostólico y doméstico de su santidad, en la cual le manifestó la alta estima que había producido la llegada de la embajada de tan remoto lugar. El papa mostró escaso interés en comprometerse en interceder frente a Felipe III en lo relativo a las relaciones comerciales con España. Si accedió al envío de misioneros y llegó incluso a nombrar a fray Luis de Sotelo como obispo de Mutsu, si bien con algunas condiciones: la obligación de fundar un seminario y que la su consagración debía hacerse en España por el nuncio apostólico; esta consagración nunca se llevó a cabo [En 1626 se imprimieron estos testimonios en castellano y latín en México]. No eran los mejores momentos para establecer relaciones entre países tan diferentes; sin ir más lejos, apenas unas semanas después, en Japón, se restringiría el comercio extranjero a tan sólo dos puertos: Nagasaki y Hirado; y como otro botón de muestra, recordar que en este mismo año de 1615, Galileo Galilei tuvo que enfrentarse a los tribunales de la inquisición y renegar del heliocentrismo y admitir que la Tierra era el centro del universo y de la Creación. No estábamos, evidentemente, en los mejores tiempos para la anuencia y la tolerancia mutua.

Pero la vida sigue y los actos políticos, religiosos y ceremoniales continuaron en Roma: así, se realizó el bautismo de otros cuantos japoneses, entre ellos el secretario personal de Hasekura, y otros recibieron la confirmación; el Senado de Roma concedió al embajador el título honorífico de ciudadano de Roma [el documento se conserva en el museo de Sendai]; en recuerdo de la visita de la embajada japonesa se pintaron unos frescos con este motivo en la sala regia del palacio del Quirinal donde aparece Hasekura conversando con Luis Sotelo, rodeado por otros miembros de la embajada. Pero no nos engañemos se trataban, ya entonces, de una parafernalia que, como los catafalcos barrocos, ocultaba tras una suntuosa fachada la triste realidad: tras dos años en Europa la embajada japonesa carecía de compromisos concretos, no los había conseguido del papa ni del rey de España.

Tras dos meses en Roma, el siete de enero de 1616, la comitiva comenzó el viaje de vuelta: Roma, Livorno, Génova, Barcelona, Zaragoza, Alcalá Henares, y... Sevilla. Esta vez había orden real de que la comitiva continuara directamente hacia el sur sin detenerse en la capital. En parte por ahorrarse gastos, en parte por no dar más vueltas a unas conversaciones y entrevistas cada vez más carentes de sentido político. El viaje iba de mal en peor y las desgracias no sólo son diplomáticas, parece ser que el fraile franciscano se rompe una pierna en este viaje de vuelta y Hasekura sufre un agudo proceso febril que le deja al borde de la extenuación.

En Sevilla se alojan en el convento de Nuestra Señora de Loreto de Espartinas. De la treintena de japoneses que quedaban en España, unos veinte, acompañados de algunos frailes franciscanos, vuelven a Japón. Pero Hasekura y Sotelo se resisten a marchar y con una voluntad férrea continúan escribiendo al papa, al nuncio, al rey, al valido,...; pero tan sólo consiguen el apoyo, y cada vez más tímido de ayuntamiento sevillano. Al igual que lo había hecho en Roma, el embajador insistía pertinazmente en que la autoridad y la fuerza del reino de, Ōshū, eran superiores a la de muchos países europeos, y que su señor pronto se iba a convertir en el máximo mandatario de Japón, y que tenía decidido acatar el poder espiritual de Roma y extender el cristianismo por todo el imperio japonés. Pero apenas consiguen que Felipe III remitiera, el 12 de julio de 1616, una amable carta de respuesta al rey de Boju, en la cual le expresa el trato considerado que había prestado a la embajada y le manifiesta su deseo que se continúen los esfuerzos diplomáticos para conseguir el loable fin de extender el cristianismo.

Aunque las noticias que llegaba de Japón parecían confirmar que efectivamente Date Masamune estaba protegiendo a los cristianos en su reino de las persecuciones ordenadas por el sogún en 1614, los ministros españoles dudaban que los acuerdos que alcanzaran con Hasekura verdaderamente tuvieran valor ante Tokugawa Ieyasu, que a pesar de su retiro [moriría el primero de junio de 1616] mantenía un gran poder político, y mucho menos por el sogún efectivo de Japón, su hijo Tokugawa Hidetada [Felipe III en sus cartas se refería a el como el universal señor del Japón], que era mucho más xenófobo e intolerante que su padre; y que contemplaba la práctica del cristianismo como un peligro para la estabilidad del imperio japonés ya que permitía la posibilidad de establecer fidelidades al margen de la estructura feudal existente; además de su intención de atajar el contrabando y comercio clandestino que las órdenes religiosas, en particular los jesuitas, tenían organizado y casi institucionalizado.

Un año más aguantó en Sevilla la embajada japonesa, pero sin medios económicos y agotados los recursos diplomáticos, Hasekura y Sotelo, en el “Santa María y San Vicente”, parten de Sevilla hacia Japón el cuatro de julio de 1617, acompañados por otro franciscano y los japoneses que restaban. Casi tres años después de su llegada a las costas andaluzas, abandonan Europa tremendamente decepcionados y contrariados por el fracaso de su misión. Como ya se ha avanzado anteriormente, los intereses comerciales existentes y las tremendas luchas intestinas entre las diferentes órdenes misioneras, junto con la intransigencia y xenofobia que se extendía por el Japón, hicieron fracasar irremediablemente la embajada diplomática. ¡Se tardarán 200 años en que llegue a Europa, en concreto a Francia, otra delegación japonesa!

Pero algo quedó en España de esta visita. Todo parece indicar que un reducido número de japoneses no volvió a su país y decidió quedarse a vivir en Sevilla y alrededores. A causa de esto, hoy existen varios centenares de personas descendientes de estos nipones; reconocibles por sus rasgos ligeramente orientales y, particularmente, porque llevan el apellido «Japón» [1.851 personas en toda España, de las cuales 1.344 en la provincia de Sevilla, según el padrón de 2006]

Alcanzaron las costas mejicanas a principios de 1618. Inmediatamente se dirigieron por tierra a Acapulco donde les esperaba, desde 1616, el “San Juan Bautista”. El barco había realizado un segundo viaje comercial de Japón a Nueva España cargado de especias, sedas y productos lujosos, los cuales generaron tal demanda que obligaron al gobierno virreinal a establecer precios tasados y límites estrictos a las transacciones. Al objeto de financiar en parte los elevados gastos de la embajada, Hasekura consigue una autorización para cargar el barco de diversos productos en Acapulco y poderlos vender después en Manila; puerto al que arribaron en abril de 1618.

Es sorprendente que Hasekura permaneciera dos años más en Filipinas, donde fue tratado muy cordialmente por las autoridades, tanto por el gobernador como por el obispo, como se refleja en varias misivas. Pero en esta estancia ya su único interés era liquidar la expedición y recuperar en lo posible los gastos; y para este fin, en julio de 1619, se vendió el “San Juan Bautista” a las autoridades españolas. Según parece el estado de la flota de guerra del archipiélago filipino estaba en un estado deplorable lo que permitía que los corsarios ingleses y holandeses, los piratas malayos y demás filibusteros del mar acosaran insistentemente a los navíos y puertos españoles. En este estado de cosas la robustez, tamaño y buen armazón del buque [que recordemos tenía una bodega de 500 toneladas de carga], permitía el apresto de artillería con la finalidad de trasformarlo en un buque de guerra; lo que se hizo con celeridad después de su adquisición. En julio de 1620 Hasekura partió de Manila, y será en este puerto donde verá por última vez al franciscano Luis Sotelo, que ante las graves noticias que se tenían de la situación Japón decide quedarse para preparar su regreso, ya de forma clandestina, a Japón.

Finalmente, Hasekura volvió a pisar tierra japonesa en agosto de 1620, cuando entró en el puerto de Nagasaki. Aún le quedaría un buen trecho para llegar a su destino, a Sendai, pero comparado con lo que dejaba atrás se puede decir que estaba en casa. Luis Sotelo escribió en su Relatio del statu de De ecclesiae Iaponicae que a su llegada a Sendai, que su compañero de viaje fue recibido como un héroe.

Pero en estos siete años que Hasekura había estado fuera, su país había cambiado drásticamente: desde 1614 el cristianismo estaba prohibido; el nuevo sogún, Tokugawa Hidetada, había limitado el contacto con los extranjeros y las relaciones comerciales; y Japón se movía hacia la política del sakoku [鎖国], del aislamiento y cierre del país, que se impondría oficialmente desde 1641 y que duraría hasta que en 1853 se firme el tratado de Kanagawa, y en la que se llegaría incluso a prohibir relatar sus experiencias a todas aquellos que hubieran estado en el extranjero.

Cuando Hasekura se postró frente a Date Masamune y le narró en persona los resultados de su misión, la decepción del daimio fue tremenda y del despecho se pasó a la ira. Aunque Date Masamune, a pesar de que era conocedor del fracaso de su delegación en Europa, se mantuvo firme en retrasar la aplicación de ley del sogún contra los cristianos hasta la vuelta de su embajador, una vez que hubo regresado fue implacable; y a los dos días de la llegada de Hasekura a la corte de Sendai se publicaron las siguientes medidas contra los cristianos:

· Se prohibió el cristianismo y su práctica; y se ordenó a todos los cristianos que renieguen de su fe, bajo pena de muerte, que se rebaja al destierro si son nobles. Todos ello de acuerdo con el decreto del sogún del primero de febrero de 1614.

· En segundo lugar de establecía un recompensa para todos aquellos que denunciaran a los criptocristianos.

· En tercer lugar se ordenaba la expulsión inmediata de todos los propagadores del cristianismo o el abandono de su religión.

Pero antes de terminar narrando las consecuencias del fracaso de la embajada y las especulaciones sobre el destino de nuestro embajador, no puedo olvidarme del padre Luis Sotelo que le dejamos en Manila. Dos años más tuvo que esperar el franciscano para preparar su regreso a Japón donde pesaba continuar su labor evangelizadora a pesar de las severas prohibiciones. Acompañado de otro fraile de la orden y dos jóvenes cristianos japoneses, Sotelo parte, de incógnito y disfrazado de comerciante, en un barco chino con dirección a Nagasaki, donde llegaron en septiembre de 1622. Nada más arribar, el capitán del barco los delata con la intención de cobrar la recompensa; inmediatamente son puestos bajo la jurisdicción del tribunal comisionado para las causas contra los cristianos. Cuando trasciende la personalidad del fraile, el propio sogún Tokugawa Hidetada se interesa por el caso; pero a pesar de haber sido su embajador oficioso hace algunos años no intercede por él y es encarcelado en Omura. El juicio que se sigue dura casi dos años y acaba dramáticamente con la condena a muerte de los inculpados; el 25 de agosto de 1624, Luis Sotelo, sus dos compañeros japoneses, el jesuita Miguel Carballo y el dominico Pedro Vázquez de Santa Catalina son quemados vivos. El papa Pío IX le beatificó en 1867.

Volviendo a Hasekura, todo hace pensar que el relato que hizo a Date Masamune de su viaje y estancia en Europa fue apasionado y entusiasta, lo que le pudo llevar a distorsionar en parte la realidad y mostrar una imagen exagerada de la grandeza y el poder de España y de la religión católica. Incluso parece que siguió alimentando el ego del daimio con la vieja engañifa de los franciscanos, según la cual una alianza con España y Roma le permitiría contrarrestar el poder del sogún, y, ¿por qué no?, convertirse en el regente de todo el imperio japonés. Evidentemente la realidad del Japón de 1620 era bien distinta y esa posibilidad era irrisoria; la visión política de Date Masamune enfocó rápidamente dónde estaba su aliado más útil que no era otro que Tokugawa Hidetada. En estas circunstancias, apenas un mes más tarde comenzaron las muertes de cristianos en el reino de Ōshū. Algunas informaciones señalan que la aplicación de las medidas anticristianas fueron relativamente suaves comparadas con el resto del Japón; incluso algunos han señalado que lo hizo tan sólo para apaciguar la presión a la que le sometía el sogún. Pero lo cierto es que el daimio de Sendai informó puntualmente de todo lo relativo a la embajada a Europa a Tokugawa Hidetada, y sin duda estas informaciones contribuyeron a la ruptura total de las relaciones con España a partir de 1624, cuando se estableció que tan sólo dos barcos europeos al año podrían atracar en el puerto de Nagasaki: uno holandés y otro inglés; precisamente con los primeros se estaba en guerra de nuevo desde 1621 [tras la ruptura de la tregua de 1609], y con los segundos la guerra abierta comenzaría en 1625 [tras su intento fallido de invadir la península ibérica por la bahía de Cádiz]. Además recordemos que en España reinaba Felipe IV desde 1621, quien había iniciado, bajo el gobierno del conde duque de Olivares, un ciclo belicista en sus relaciones internacionales [este rey, a pesar de gobernar más de 45 años, tan sólo tuvo una semana de paz, en el resto de su reinado siempre tuvo al menos una guerra declarada; si bien es cierto que en la mayoría de los caso fueron defensivas].

Sobre el devenir de nuestro samurai tras la finalización de su embajada sabemos muy poco. Para algunos renegó del cristianismo y se apartó de la actividad política y militar para disfrutar de sus rentas y posesiones; otros hablan que por el contrario mantuvo su fe con todas las consecuencias, afirmando incluso que fue martirizado por ello; y otros dicen que fue uno de los numerosos criptocristianos que intentaron mantener en secreto su fe durante la opresión religiosa [que se agudizaría aún más a partir de 1641, cuando se aplique con todo el rigor el sakoku, como hemos visto], y que propagó esta religión entre su familiares y allegados. Lo cierto es que el destino final de algunos de sus criados y familiares, que murieron años después en la hoguera por la práctica del cristianismo, hace pensar que mantuvo su fe y que efectivamente la extendió en su entorno cercano; situaciones similares se dieron con algunos de sus compañeros de viaje, en particular es conocido el caso de Yokozawa Shogen, que se convirtió en uno de los mayores activistas cristianos en Japón tras la prohibición.

Hasekura Tsunenaga Rokuyemon murió por una grave enfermedad en 1622, pero desconocemos a ciencia cierta donde reposan sus restos. Lo más probable es que se encuentren en una tumba budista de Enfukuji; pero existen otras dos posibles ubicaciones que reclaman el honor de contar con su tumba.

Parece ser que en 1640 la familia y criados de uno de sus hijos, en concreto Rokuemon Tsuneyori, sufrieron una serie de delaciones que llevó a la hoguera a varios de sus miembros que no renegaron del cristianismo, otros que si lo hicieron salvaron la vida; destacar que uno de los que murieron, Tarozaemon, había acompañada al propio Hasekura en su viaje a Europa. Este proceso a punto estuvo de arrastrar al propio heredero de Hasekura hacia un fatal destino, del que se salvó por ser quien era; pero su hermano Tsunemichi no le quedó más remedio que huir apresuradamente del lugar. Dentro del sumario que se siguió fueron requisadas las posesiones de la familia de Hasekura, y entre estas se encontraron numerosos artilugios cristianos como rosarios, cruces, medallas, etc. además de varios libros que fueron depositados en el tribunal de Sendai. Estos objetos estuvieron allí, amontonados y olvidados, hasta que en 1840 una rutinaria visita funcionarial realizó un inventario que los enumera y describe; pero a los que no se les da ningún tipo de trascendencia.

La embajada de Hasekura a Europa fue totalmente olvidada en Japón durante los años de aislacionismo y no se tuvo noticia de ella hasta que en 1873 otra nueva embajada japonesa a Europa, dirigida por Iwakura Tomomi, llega a Venecia y le muestran varios documentos relacionados con la visita de Hasekura a Roma. Con posterioridad se rescatarán los artilugios y abalorios depositados en la ciudad de Sendai y los regalos que trajo Hasekura para Date Masamune. Por esta razón hoy quedan bastantes testimonios del viaje de Hasekura el museo de la ciudad de Sendai, destacando un retrato del papa Pablo V, un retrato del propio Hasekura orando frente a un crucifijo, un juego de dagas y espadas malayas compradas en Filipinas, gran cantidad de artilugios religiosos cristianos y numerosas cartas y documentos; todos salvados milagrosamente, como hemos visto, del sakoku.

En Japón actualmente es una figura reconocida como lo demuestra el parque temático relacionado con su aventura existente en Ishinomaki o la novela del escritor japonés Shusaku Endo que, escrita en 1980 y titulada “El samurai”, recrea la vida y andanzas de Hasekura. También son testimonio de su viaje las estatuas que en su honor adornan varias ciudades que jalonaron su aventura: Sendai en Japón, Acapulco en México, La Habana en Cuba, Coria del Río en España, Civitavecchia en Italia,...


Por terminar con algo curioso, contaros que en 2005 se realizó en España una película de animación, financiada por el ministerio de Cultura y que tenía como finalidad introducir la cultura y los productos españoles en Japón, que de alguna manera rememora estos hechos. La película se titula “Gisaku” y está dirigida por Baltasar Pedrosa, y su argumento recoge en parte esta aventura: a principios del siglo XXI, Yohei, uno de los acompañantes de Hasekura en su viaje de 1614, despierta de un letargo mágico, que le había mantenido inconsciente desde entonces en la ciudad de Sevilla, con la misión de salvar al mundo del tenebroso poder del señor de las tinieblas Gorkan, que encarna el mal y que pretende conseguir la llave de Izanagi que el samurai a su vez debe proteger a toda costa; cometido que alcanza con éxito gracias a la ayuda de dos jóvenes adolescentes sevillanos que le guiarán por el desconocido universo que para este samurai japonés es la España actual.

En esta dirección podéis ver el videoclip: http://movies.filmax.com/gisaku/

© Francisco Arroyo Martín. 2007


Para citar este artículo desde el blog:

ARROYO MARTÍN, Francisco. Hasekura Tsunenaga, un samurái en la Corte de Felipe III. 7 de agosto de 2007. http://franciscoarroyo.blogspot.com/2007/08/hasekura-tsunenaga-un-samuri-en-la.html.