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lunes, 7 de diciembre de 2009

La Colección de Pinturas del I Marqués de Leganés

Reseña biográfica del marqués de Leganés

El I marqués de Leganés se llamaba Diego Messía y Guzmán y era el cuarto hijo del conde de Uceda [ojo no confundir con el duque del mismo nombre]. Este personaje tuvo la suerte de ser primo del conde duque de Olivares, todopoderoso valido de Felipe IV; y gracias a este parentesco, e imagino que alguna valía suya, pudo ascender en el escalafón militar, social y económico de su época. Llegó a ser general de los ejércitos del rey católico en Flandes, Portugal, Alemania y Cataluña; gobernador de Milán, presidente del Consejo de Flandes, y bastantes más cosas. Tuvo algunos éxitos sonados en su azarosa vida militar, destacando la victoria sobre los suecos en Nördlinguer (1634) o el victorioso socorro de Lérida de 1647; junto con otros sonoros fracasos: en Lérida en 1642 o en la toma de la fortaleza de Casale (1639).

Siendo apenas un adolescente viajó a la corte de Bruselas, en calidad de menino de la infanta Clara Isabel de Austria (hermana de Felipe III); con breves estancias en Madrid, pasaría veinte años en la capital belga, donde pudo medrar en esta corte y alcanzar una cierta notoriedad y riqueza. Fama y fortuna que se multiplicaron cuando su primo el conde duque de Olivares alcanzó la privanza del joven Felipe IV.

Este auge social le permitió la compra de los derechos señoriales de la entonces aldea de Leganés (que desde ese momento pasó a ser villa), allá por 1626, por unos 20.000 ducados [una verdadera fortuna] y convertirse así en señor de vasallos, requisito imprescindible para poder gozar de un título nobiliario. En estas, al año siguiente, el rey Felipe IV le otorgó el título de Marqués de Leganés, título con el que alcanzaría la Grandeza de España en 1641; en tan sólo catorce años pasó de ser un simple caballero de Santiago a Grande de España, algo no muy habitual en la época. Una vez titulado se cambió el nombre y pasó a llamarse Diego Felípez de Guzmán, en honor a sus benefactores.

En su vida se le acusó de aprovecharse de sus cargos y de enriquecerse ilícitamente; tras la muerte de su protector (Olivares, en 1643), sufrió un duro proceso judicial en que le acusaron de ladrón y de cobarde en el sitio de Lérida de 1642, pero de este juicio salió absuelto y volvió a dirigir los ejércitos de Felipe IV en la guerra franco-catalana y portuguesa en los años siguientes.

Murió en 1655 en su espléndido palacio que se situaba entre las actuales calles de San Bernardo, Flor Alta, Libreros y Marqués de Leganés de Madrid. Aparte de este palacio tuvo otra grandiosa casa en Morata de Tajuña (los herederos al marquesado de Leganés son marqueses de Morata) y en nuestra ciudad una casa de campo, a la que se referían como la “Huerta de Leganés” en la vega del arroyo de Butarque. En estas viviendas estaba diseminada su magnífica colección de pinturas, que llegó a contar con 1.333 obras en el momento de su muerte, siendo una de las mayores colecciones privadas de arte de su época, no sólo de España sino de toda Europa.

La línea del marquesado quedó sin sucesión directa tras la muerte sin descendencia del nieto del primer marqués en 1711, así el título familiar pasó a engrosar la ya gruesa lista de títulos de la Casa de Altamira que llegó a tener acumuladas ¡14 Grandezas de España! Actualmente el título de marqués de Leganés (el XIV) lo posee Gonzalo Barón y Gavito (que es también duque de Sessa, de Atrisco y conde de Altamira entre otros títulos) y parece que vive en México D.F.

El coleccionismo de arte en el siglo XVII


En el siglo XVII hubo una verdadera fiebre por el coleccionismo; por cualquier serie de artilugios u objetos que alguien pueda imaginar: calaveras enanas, relojes, autómatas, fósiles, ídolos aztecas que se traían de América o los finos y delicados cristales de Murano, conchas marinas, estatuas romanas,...; cualquier cosa podía ser objeto de colección de los espíritus caprichosos y asombradizos de la nobleza de la época. Las colecciones se acumulaban en las lujosas cámaras de sus mansiones y ellos competían orgullosos por mostrarlas a todo el mundo. Tal fue su profusión que se llegaron dividir y clasificar de sugerentes maneras; así a las colecciones de artilugios originados por el ingenio humano las llamaban “artificialias”, y “naturalias” a las que producía la naturaleza.

La nobleza no hacía con esta costumbre otra cosa que copiar a los reyes, que eran los primeros en acumular objetos y artefactos para su distracción, solaz y deleite. Y el arte pictórico (en todas sus manifestaciones: lienzo, tabla, tapiz, grabado, etc.) no podía ser menos. En la España del siglo XVII destaca la figura de Felipe IV, que atesoró una innumerable colección de pinturas. Tres razones influyeron en este afán real: el propio gusto personal del monarca, la presencia de Velázquez como primer pintor real y la ornamentación del palacio del Buen Retiro como obra arquitectónica más señalada de la época. Pero de todas formas, no hacía otra cosa que seguir el modelo de su abuelo, Felipe II, a quien, por su pasión por los libros y códices antiguos, debemos que España posea la más completa biblioteca medieval del mundo en El Escorial.

Las salas del palacio del Buen Retiro de Felipe IV albergaron la mejor y más completa pinacoteca de su época, con cuadros de todas las escuelas y géneros pictóricos, que además era uno de los primeros ejemplos de una colección organizada con algún criterio específico: sala de paisajes, sala de retratos, sala de bufones, sala de las batallas, etc.

En este ambiente no es raro que las colecciones se prodigarán entre la nobleza española del siglo XVII. Destacando las colecciones del duque de Monterrey, marqués de Leganés, conde de Benavente, marqués de la Torre, Jerónimo Villafuerte Zapata, Juan de Velasco, Juan de Lastosa, Jerónimo Funes Muñoz, Suero de Quiñones o Juan de Espina, entre otras muchas dignas de reconocimiento. La visita, admiración y elogio, en su caso, de las colecciones era actividad obligada en la sociedad de la época; muchos grandes literatos nos dejaron glosas de las mismas: entre otros, Gracián, Carducho o el mismo Quevedo.

Por referir algunas de las colecciones más curiosas, citaré la de Juan de Velasco que se componía de curiosidades de la naturaleza y de multitud de autómatas. O la de Juan de Lastosa, en Huesca, que reunía una serie de autómatas que representaban a los más diversos animales salvajes, reales o ficticios: dragones, leones, leopardos, grifos, elefantes, rinocerontes, camellos, panteras, tigres,... O la colección de primorosos instrumentos musicales que, entro otras muchas series singulares, poseía el enigmático madrileño Juan de Espina, quien ordenó en su testamento la destrucción de una colección de figuras humanas de damas y galanes que tenía dispuestas por los corredores de su casa en fingidas fiestas (¿y bacanales?).

El marqués de Leganés es un fiel exponente de esta costumbre, que en su caso casi se convirtió en una obsesión. Es asombroso el número de artilugios que atesoraba en sus casas según se desprende del inventario que se hizo de sus bienes tras su muerte: relojes [algunos con autómatas, como en la plaza Mayor de Leganés; ¡Cuántas vueltas da el mundo!], espadas, piezas de artillería, estatuas (entre ellas una veintena de bustos de bronce de emperadores romanos), espejos,... Vicente Carducho, en sus Diálogos de la pintura (Madrid, 1633), destaca de la colección del marqués de Leganés, además de sus cuadros, su "muchedumbre" de ricos muebles y sus "espejos singulares", así como sus "relojes extraordinarios". En verdad, un sin fin de objetos, pero lo verdaderamente asombroso era su colección de pinturas: ¡más de 1.300 pinturas poseía el buen señor! Tan sólo por el número ya sería extraordinaria [el palacio del Buen Retiro tenía unos 800 cuadros], pero lo verdaderamente importante era la calidad de gran parte de las obras que contenía. Pero no fue el único potentado enamorado del arte, también eran notables las colecciones de pinturas del conde de Monterrey, del marqués de Castel Rodrigo, del almirante de Castilla, del duque del infantado o la del protonotario Jerónimo de Villanueva; y no sólo los nobles acumulaban pinturas, sirva como ejemplo que Las Hilanderas de Velázquez pertenecía a la esplendida colección del “plebeyo” Juan de Arce.

La colección de arte del marqués de Leganés. Inventario de la colección

El marqués de Leganés fue uno de los principales coleccionista de arte de la España del barroco, e incluso de toda Europa; poseyó obras de autores españoles, italianos y, sobre todo, flamencos. Aparte de su gusto por las obras pictóricas, Leganés contó con dos grandes ventajas para desarrollar su pasión por los cuadros, primero una fortuna personal que le permitió adquirir obras de los pintores de mayor renombre, y, en segundo lugar, una actividad diplomática, militar y política que le permitió viajar por Europa y acceder a los más prestigiosos artistas de su época, en particular debieron de ser muy fructíferas sus prolongadas estancias en los Países Bajos e Italia.

El Marqués de Leganés. Antón van Dyck

La colección de don Diego Felípez de Guzmán, incluía en 1655, año en que muere el marqués, 1.333 obras, reunidas a lo largo de toda su vida, especialmente en los años en que tuvo mayor auge su carrera política y militar. La mayor parte de las obras eran de pintura flamenca de su época, con cuadros de Rubens, van Dyck, Jordaens, Snyders, Paul de Vos, Gaspar de Crayer, Daniel Seghers, Frans Zinder, Clara Peeters, Alexander van Adrianssen, Frans Ykens, Paul Bril, Jan Brueghel de Velours, Joost de Romper, Jan Wildens,...; con muchos de estos pintores mantuvo incluso un trató personal en diversas ocasiones. En particular debió ser muy cercana su relación con Rubens, a quien conoció en su estancia juvenil en Flandes; tanto, que cuando este pintor estuvo en Madrid en los años 1628 y 1629 (curiosamente para una misión diplomática: negociar, por orden de Felipe IV, un tratado de paz con Inglaterra) se hospedó en la casa del marqués, para quien realizó varios cuadros, entre los que destaca el de “Inmaculada Concepción” (museo del Prado); cuadro que el marqués regalaría a Felipe IV. Rubens alabó el juicio artístico del marqués de Leganés con estas palabras: Se puede contar entre los más grandes conocedores del arte de la pintura que hay en el mundo. La colección se completaba con un buen número de obras de los más afamados pintores flamencos de los siglos XV y XVI: Jan van Eyck, Roger van der Weyden, El Bosco, Patinar, Metsys, Mabuse, Antonio Moro y Quintin Massys.

También era muy importante la presencia de los artistas italianos en la colección, ya que contaba con obras de los principales pintores del Renacimiento, como Rafael, Veronés, Tiziano, Correggio, Palma el Viejo, Perugino, Andrea del Sarto, Giorgio di Castelfranco, Giorgione, los Bassano,... La serie de pintores italianos se completaba con un buen número de cuadros de autores pertenecientes al manierismo y al barroco italiano: Bronzino, Giovanni Battista Crespi, Lodovico Cigoli, Guido Reni, Francesco del Cairo, Gaudenzio Ferrari, Giovanna Garçoni, Paris Bordone, Rosso Florentino o Scipione Gaetano.

En comparación con la presencia de cuadros flamencos, las obras de la escuela española era mucho menos importante en el conjunto de la colección, pero de todas formas no faltaban cuadros de las mejores figuras de su época, incluyendo obras de Velázquez, José de Ribera, Juan van der Hamen, Francisco Collantes o Juan Fernández “el Labrador”. La serie española se completaba con cuadros de artistas de finales del siglo XVI, como Alonso Sánchez Coello, Juan Pantoja de la Cruz, Juan Fernández de Navarrete “el Mudo” o el Greco. Finalmente había un extenso complemento de retratos de familia, escudos de armas y paisajes de autores anónimos.

Esta magnífica colección de obras de arte se mantuvo prácticamente intacta durante los siglos XVII y XVIII. En la propia Casa de Leganés hasta 1711, año en el que muere el III marqués de Leganés sin descendencia directa. Tras esta muerte, el mayorazgo, el título y la colección de pinturas del marqués de Leganés pasaron a engrosar los bienes de la Casa de Altamira, donde la colección permaneció prácticamente indivisa hasta que la ruina económica de esta Casa nobiliaria a principios del siglo XIX, llevó a que gran parte de esta colección se subastara públicamente el almoneda en 1833; uno de los principales compradores fue el marqués de Salamanca, quien a su vez se vio obligado a subastar al menos otros cuarenta cuadros en París en 1867. De esta forma se produjo la dispersión absoluta de la colección ante la indiferencia de un estado español que entonces no alcanzó a comprender el expolio cultural que se estaba produciendo. Hoy sus cuadros identificados (ni de lejos lo están todos) aparecen diseminados por todo el mundo en los más importantes museos y en las mejores colecciones privadas de arte (Prado, Rubenshuis, Palacio de Viana, National Galery of Washington, Cerralbo, Castres, Museum of Fine Arts, Kaiser Friedrich, Royaux des Beaux-Arts de Belgique, Graphische Sammlung Albertina, Paul Getty, Várez-Fisa, Naseiro, marqueses de Ayamonte, Banco Central,...)

Algunas de las pinturas de la colección del marqués de Leganés que pueden verse en el museo del Prado

Son numerosas las obras pertenecientes al museo del Prado que en su momento formaron parte de la colección de pinturas del marqués de Leganés, muchas de las cuales no se encuentran en la exposición permanente del museo y esperan en sus depósitos una oportunidad para que puedan ser admiradas.


Como un pequeño botón de muestra en este artículo quiero presentar media docena de estos cuadros que integran la exposición permanente del museo y otro más que inexplicablemente se oculta ordinariamente a los visitantes. Me refiero a La Inmaculada Concepción de Rubens; sirva también este artículo como instancia a quien corresponda y pueda para que se incluya a ser posible en la exposición permanente del prado.
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Vieja mesándose los cabellos de Quintin Massys (¤ Lovaina, 1465; † Amberes, 1530), después de 1501, óleo, 55 cm x 40 cm [cat. Prado 3074; inventario marqués Leganés nº 33]

Se trata de la representación de una figura femenina de medio cuerpo que sobre un fondo negro aparece en una posición muy forzada y mesándose los cabellos. Sobre el valor simbólico de la obra se ha pensado que pueda tratarse de una alegoría sobre la Envidia o la Ira, que solían representarse con gestos grotescos y estrambóticos. Los estudios pictóricos que trataba de representar los gestos exagerados con escorzos casi imposibles fueron muy habituales en los pintores renacentistas.

Quintín Massys es el máximo exponente de la escuela de Amberes y fue un pintor que conoció y trató con Erasmo y Tomás Moro y puso el arte pictórico al servicio del humanismo.
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Federico Gonzaga, duque de Mantua de Tiziano Vecellio (¤ Pieve di Cadore, h. 1485; † Venecia, 1576), 1529, óleo sobre tabla, 125 cm x 99 cm, [cat. Prado 408; inventario marqués Leganés nº 14]

Es el retrato de Federico Gonzaga (1500-1540), duque de Mantua. El príncipe italiano aparece vestido con un elegante jubón de seda azul, y se destaca en la composición el rosario que le cuelga del pecho y el perro maltés que acaricia con la mano derecha mientras con la izquierda sujeta la espada. Todos estos elementos no se deben al azar, sino que obedecen a una simbología muy concreta: se trata de un cuadro destinado a copiarse y distribuirse por las cortes europeas para buscar esposa; el perro significa la fidelidad conyugal y el rosario el arrepentimiento de la vida disoluta que había llevado. Toda una declaración de intenciones.

Tiziano es uno de los más versátiles pintores del renacimiento italiano y destacó por la maestría en el uso del color, siempre luminoso y radiante.
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Acto de devoción de Rodolfo I de Habsburgo de Pedro Pablo Rubens (¤ Siegen, 1577; † Amberes, 1640) y Jan Wildens (¤ Amberes, 1586; † Amberes, 1653), antes de 1630, óleo, 198 cm x 283 cm, [cat. Prado 1645; inventario marqués Leganés nº 105]

La escena narra un episodio de la vida de Rodolfo I, fundador de la dinastía de los Habsburgo.

Según la tradición familiar Rodolfo estaba de caza con su escudero, Regulo de Kyburg, cuando se encontró con un sacerdote y un sacristán que llevaban la eucaristía a un moribundo. Ni corto ni perezoso, Rodolfo cedió sus cabalgaduras a los religiosos para que acudieran prestos a salvar el alma del moribundo, demostrando así su devoción por el sagrado sacramento. Es curioso que lo que no pasa de una anécdota, para los Austrias fuera un hecho clave para su bagaje familiar y dinástico. El paisaje es obra de Wildens y las figuras de Rubens.

Jan Wildens era un pintor flamenco que trabajó en el taller de Rubens, especializándose en la representación de coloridos y equilibrado paisajes, como el de esta obra.
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La visión de San Huberto de Rubens y Jan Brueghel 'el Viejo' (¤ Bruselas, 1568; † Amberes, 1625), entre 1615-1620, óleo sobre tabla, 63 cm x 100 cm, [cat. Prado 1411; inventario marqués Leganés nº 38]

La escena narra el momento de la conversión de san Huberto. El santo se encontró a un magnífico ejemplar de ciervo cuando participaba en una batida de caza. Justo cuando se disponía a asaetarle contempló la aparición de una cruz entre las astas del animal, momento en el que se produjo su conversión al cristianismo. Este santo vivió en Lieja, en los Países Bajos, y su conversión fue ampliamente representada por los pintores flamencos.

El cuadro es fruto de la colaboración entre Rubens y Brueghel; de la mano del primero son los personajes del santo y el magnífico caballo y del segundo el esplendió paisaje que enmarca la escena.

Jan Brueghel 'el Viejo' fue un prolífico pintor flamenco que se especializó en naturalezas muertas, paisajes y marcos de flores; género muy apreciado por el gusto de la época.
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La muerte de Séneca de Rubens, 1636, óleo, 184 cm x 155 cm, [cat. Prado 3048; inventario marqués Leganés nº 882]

El pintor nos presenta al anciano filósofo desnudo, introduciendo los pies en una bacía, donde parece esperar su muerte. Tras él vemos a un anciano abriéndose las venas (lo mismo que hará el filósofo por orden de Nerón) y un joven tomando nota de las últimas palabras del sabio, acompañado de dos soldados que contemplan la escena.

De este cuadro hay que significar que no existen referencias ambientales, pues las figuras ocupan todo el espacio compositivo, surgiendo a la luz de la absoluta oscuridad, lo que aporta una sensación de ahogo y de angustia que aumenta el dramatismo de la escena. Sensación que se agrava con los escorzos de los personajes, en particular el del mismo Séneca que parece agacharse para entrar en el cuadro. Muchos críticos han querido ver en este cuadro un homenaje de Rubens a Miguel Ángel en la figura del filósofo y a Caravaggio en el uso del contraluz.

Parece que se trata de una obra del taller de Rubens, si bien no existe consenso sobre las partes que fueron pintadas por el genial pintor; tan sólo hay acuerdo en atribuirle la cabeza del filósofo, mientras que el resto está en discusión

Rubens se considera como el representante más genuino y completo del estilo barroco en la pintura de Europa del Norte. Su influencia en la pintura europea fue muy grande gracias a su amplia producción y a la difusión que tuvo su obra por el uso del grabado.
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Retrato de enano de Juan van der Hamen y León (¤ Madrid, 1596; † Madrid, 1631), hacia 1616, óleo, 122 cm x 87 cm, [cat. Prado 7065; inventario marqués Leganés nº 541]

El cuadro es de un enano ricamente vestido y armado, que sostiene un bastón de mando en la mano derecha. Este atributo de poder militar solo al alcance de los capitanes generales, no correspondía al retratado. Con seguridad se trata de uno de los bufones que pululaban por la Corte de Felipe IV, a quienes se les vestía con lujo y ostentación al modo de grandes personajes.

En el inventario del marqués de Leganés se le nombra como retrato del “enano del conde de Olivares”, denominación que posiblemente se debía al parecido con el valido del rey. El cuadro formaba parte de una serie de ocho retratos de bufones muy conocidos de la Corte (dos de ellos pintados por Velázquez, según el inventario) que se ubicaban en la casa de campo que el marqués tenía en Leganés. Se trata de un retrato de una factura extraordinaria en el que destaca el delicado detallismo con el que está tratado el terno y especialmente la fuerza expresiva del retratado.

Juan van der Hamen es un pintor español de origen flamenco que es conocido sobre todo como un excelente pintor de bodegones, aunque también realizó pintura religiosa y retratos, como este, de gran calidad.
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La inmaculada Concepción de Rubens, entre 1628 y 1629, óleo, 198 cm x 134 cm, [cat. Prado 1627]

Se trata de uno de las mejores representaciones de la Virgen, que viste una túnica roja bajo un manto azul. Siguiendo la iconografía clásica de este tipo de representación católica, la Virgen se representa coronada de estrellas y pisando la serpiente que porta la manzana del Pecado, significando la victoria de la madre de Dios sobre le pecado original. Este triunfo también se representa en las palmas y laureles que portan los ángeles que la acompañan. El arrebato de los ropajes deja entrever una composición muy “escultórica” que resalta las formas y los volúmenes del cuerpo de la Virgen.

Este cuadro pintado durante la estancia del pintor en Madrid en 1628, refleja las características del más puro estilo de Rubens, combinando el dinamismo compositivo propio del barroco con el ideal de belleza sereno y clásico que refleja el rostro de la Virgen.

El cuadro está pintado para el marqués de Leganés, quien, a buen seguro que con dolor, se lo regala a Felipe IV, quien lo destinó al oratorio del monasterio de El Escorial. Debido a un añadido que se hizo al original que modificó sus dimensiones, durante muchos años la Inmaculada de Rubens estuvo “perdida”, mientras que en los inventarios de las colecciones reales el cuadro pasó por ser obra de Erasmus Quellinus. Fue Matías Díaz Padrón, en 1966, quien desentramó el equívoco y el cuadro recupero su autoría verdadera.

Sin ningún género de dudas, se trata de una obra de arte de primerísimo orden que merece formar parte de la colección permanente del Prado junto al resto de las obras maestras del autor.

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Bibliografía

Fuentes primarias:

  • CARDUCHO, Vicente. Diálogos de la pintura: Su defensa, origen, esencia, definición, modos y diferencias. Madrid: [s.n.], 1633.

  • Collection de Documents sur les anciennes Assemblées Nationales de Belgique. Editado por GACHARD, Louis-Prospère, Vol. I y II. Bruselas: Deltombe, 1853.

  • LONCHAY, Henri, CUVELIER, Joseph, LEFEVRE, Joseph. Correspondence de la cour d'Espagne sur les affaires des Pays-Bas au XVIIº siècle. vol. I-V. Bruselas: Marcel Hayez, 1923-1937.

  • Inventario de los bienes del marqués de Leganés, Archivo Provincial de Protocolos de Madrid.

  • RUBENS, Peter Paul. Correspondance de P.P. Rubens. París: G. Grès & Cie, 1927.


Fuentes secundarias

  • AA.VV. La España del Conde Duque de Olivares. Valladolid: Universidad de Valladolid, 1987.

  • AA.VV. Juan van der Hamen y León y la Corte de Madrid. Madrid: Patrimonio Nacional, 2006.

  • AA.VV. Velázquez. Madrid: Museo del Prado, 1990.

  • BENNASSAR, M.B. La España del siglo de oro. Barcelona: Crítica, 1983.

  • BROWN, Jonathan. Felipe IV, Carlos I y la cultura del coleccionismo en dos Cortes del siglo diecisiete. En: AA.VV. «La España del Conde Duque de Olivares». Valladolid: Universidad de Valladolid, 1990.

  • BROWN, Jonathan; ELLIOTT, John H. Un Palacio para el rey. El Buen Retiro y la corte de Felipe IV. Madrid: Revista de Occidente, 1981.

  • BURKE, Marcus B. Private Collections of Italian Art in 17th Century Spain. Tesis doctoral. Nueva Cork: New York University, 1984.

  • CALVO SERRALER, Francisco. Teoría de la pintura del Siglo de Oro. Madrid: Cátedra, 1981.

  • CRUZADA VILLAMIL, Gregorio. Rubens diplomático español: Sus viajes a España y noticias de sus cuadros. Madrid: Imprenta Biblioteca de Instrucción y Recreo, 1874.

  • DÍAZ PADRÓN, Matías. El siglo de Rubens en el Museo del Prado. Catálogo razonado de pintura flamenca del siglo XVII. Barcelona: Prensa Ibérica, 1996.

  • DOMÍNGUEZ ORTIZ, Antonio. El Antiguo Régimen: los Reyes Católicos y los Austrias. Madrid: Alianza Editorial, 1983.

  • DOMÍNGUEZ ORTIZ, Antonio. La sociedad española en el siglo XVII. Granada: CSIC - Universidad de Granada, 1992.

  • ELLIOTT, John H. El Conde-Duque de Olivares. Barcelona: Crítica, 1991.

  • ELLIOTT, John H., PEÑA, José F. de la. Memoriales y cartas del conde duque de Olivares. tt. I y II. Madrid : Alfaguara, 1978.

  • LÓPEZ NAVÍO, José Luis. La gran colección de pinturas del marqués de Leganés. En Analecta Calsanctiana, Madrid, 1962.

  • LUCA DE TENA, Consuelo, MENA, Manuela. Guía del Prado. Madrid: Silex, 1988.

  • MARAÑÓN, Gregorio. El conde-duque de Olivares. La pasión de Mandar. Madrid: Espasa-Calpe, 1952.

  • POLERÓ, Vicente. Colección de pinturas que reunió en su palacio el marqués de Leganés don Diego Felipe de Guzmán (siglo XVII). En Boletín de la Sociedad Española de Excursiones, VI, Madrid, 1898-1899.

  • SÁNCHEZ BELÉN, Juan Antonio. Los Austrias Menores. La Monarquía española en el siglo XVII. En Historia 16, serie Historia de España, nº 16, 1996.

  • TOMÁS y VALIENTE, Francisco. El poder político, validos y aristócratas, en Nobleza y Sociedad en la España Moderna. Oviedo: Nóbel, 1996.

  • Trésor de l'Art Belge en XVII.e siécle. Memorial de l'Exposition d'Art Ancien a Bruxelles en 1910. Bruselas: S.E. Buschmann, 1912-1913.

  • VOLK, Mary Crawford. New Light on a Seventeenth Century Collector: The Marquis of Leganés. En The Art Bulletin, Nueva York, 1980.


URL

Museo del Prado: http://www.museodelprado.es/bienvenido/

Biblioteca Nacional de Madrid: http://www.bne.es/

Ministerio de Cultura, museos: http://www.mcu.es/museos/index.html

La Ciudad de la Pintura: http://pintura.aut.org/

Wikipedia: http://www.wikipedia.org/

© Francisco Arroyo Martín. 2009

Artículo publicado por el autor en el número 2 de la Revista Cultural EL ZOCO.

Para citar este artículo desde el blog: ARROYO MARTÍN, Francisco. La Colección de Pinturas del I Marqués de Leganés.http://elartedelahistoria.wordpress.com/2009/12/07/la-coleccion-de-pinturas-del-i-marques-de-leganes/. 2009.

lunes, 17 de agosto de 2009

Brujería en la España del siglo XVII. El proceso de Zagarramurdi

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La Brujería

Durante los siglos XVI, XVII y XVIII en muchos lugares de Europa y Norteamérica se produjeron las “cazas de brujas” que acabaron con miles de mujeres (los brujos fueron minoría) en la hoguera o degolladas, siendo especialmente diligentes en este aspecto los calvinistas y los luteranos [Lutero llegó a afirmar que los diablos habitaban en "los loros y en las cotorras, en los monos y macacos, para que ellos puedan así imitar a los hombres"]. En España, en ninguno de los territorios que conformaban la monarquía hispánica, se dio este fenómeno con la virulencia que tuvo en estos lugares, donde algunos autores hablan de centenares de miles de condenados a muerte. Esta realidad parece desilusionar a algunos autores y eruditos que hubieran preferidos procesos escandalosos para aumentar la venta de libros, artículos, documentales, etc., pero como lo que se sabe es que aquí se actuó “racionalmente” en comparación con las atrocidades que se dieron más allá de los Pirineos, parece que no es tan llamativo.

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Este hecho diferenciador hispano (positivo en este caso) tiene varias explicaciones que tan sólo apuntaré. En primer lugar los teólogos hispanos habían sido los principales artífices intelectuales de la contrarreforma católica que culminó en Trento y, por lo tanto, centraron sus esfuerzos en parar las herejías que podían derivar en el protestantismo, aparte de su acoso a los criptojudíos. Por otro lado, la Inquisición española alcanzó tal grado de eficacia que le llevó a desarrollar una profunda reglamentación y metodología en los procesos judiciales que se tradujo por extensión en garantías procesales para los inculpados; claro que hablar de garantías en procesos que admitían la tortura como sistema probatorio es cuanto menos arriesgado, pero en comparación con otros tribunales europeos de la época (tanto eclesiásticos como civiles) sí puede realizarse tal afirmación. Hay que indicar que este fenómeno se produjo en todos los reinos y provincias de la monarquía hispánica a pesar de que cada uno de ellos contaba con tribunales propios y cuerpos legislativos diferentes. Y esto se debe a que la “Suprema” era el único tribunal que tenía jurisdicción en todos los territorios hispánicos, de ahí que los procesos fueran muy similares en todos los lugares al entrar esta práctica dentro de sus atribuciones desde que las Cortes de 1598 acordaran que los delitos de maleficios eran casos privativos de la Inquisición y que las demás autoridades judiciales se debían abstener de intervenir en ellos.

Por último, sin querer agotar las causas, conviene señalar la cotidianeidad de la magia y de lo exotérico en la sociedad española del siglo XVII a todos los niveles: reyes que consultaban astrólogos; validos que hacían conjuros para engendrar; alcahuetas que creaban virginidades y curaban impotencias;… [Nada nuevo: son los mismos temas con los que hoy nos fríen los "spam"]. Incluso Felipe II (el rey Prudente que le llamaban) reunió en su biblioteca numerosos libros con temas que hoy definiríamos como paranormales y sobrenaturales; el propio palacio del Escorial está construido bajo arcanos mágicos de la época; incluso un presidente de la Inquisición recurrió a un niño que se decía que podía hablar con Lucifer para que le preguntara sobre el mal que acechaba a Carlos II (El Hechizado, por cierto). Esta realidad social contribuyó, sin duda, a relativizar las prácticas de la brujería y ajustar mejor su trascendencia.

Esta peculiaridad ha derivado en atribuir a la sociedad intelectual española de la edad moderna una característica denominada “racionalismo hispano”, en la que se basaría su actuación y que se fundamentaba en la negación de la brujería como herejía. De todas formas, los procesos judiciales contra la brujería se sucedieron durante todo el siglo XVII; siendo la gravedad de las penas el verdadero elemento diferenciador, pues estas fueron casi siempre de rango menor y orientadas más a reconducir conductas morales y sociales que a la erradicación de actividades heréticas (que hubieran sido mucho más graves).

[El artículo completo y una transcripción de una relación de la epoca del auto de fe de logroño de 1609 en el que se leyeron las condenas del procesa de Zagarramurdi, en esta dirección: España del siglo XVII. El proceso de Zagarramurdi]

© Francisco Arroyo Martín. 2009

Para citar este artículo desde el blog:

ARROYO MARTÍN, FRANCISCO. Brujería en la España del siglo XVII. El proceso de Zagarramurdi (http://elartedelahistoria.wordpress.com/2009/07/30/brujeria-en-la-espana-del-siglo-xvii-el-proceso-de-zagarramurdi/). 2009

domingo, 26 de abril de 2009

Leganés, Ciudad Cervantina

He publicado en bubok.com una conferencia sobre los lugares de Leganés con relación con Miguel de Cervantes o con el Quijote.

Te la puedes bajar gratis en PDF en esta dirección: Leganés, Ciudad Cervantina. Te invito a bajártela, leerla y que me digas lo que te parece.

Sinopsis:
Se trata de un recorrido por Leganés por los lugares relacionados con Cervantes o con El Quijote.
Es sorprendente las cosas que podremos descubrir en esta ciduad que rememoran la figura de Cervantes o de su personaje más universal.

Ficha

Autor: Francisco Arroyo Martín
Categoría: Ensayo
Subcategoría: Humanidades
N° de páginas: 33
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viernes, 2 de enero de 2009

El coleccionismo de arte en el siglo XVII

En el siglo XVII hubo una verdadera fiebre por el coleccionismo; por cualquier serie de artilugios u objetos que alguien pueda imaginar: calaveras enanas, relojes, autómatas, fósiles, ídolos aztecas que se traían de América o los finos y delicados cristales de Murano, conchas marinas, estatuas romanas,...; cualquier cosa podía ser objeto de colección de los espíritus caprichosos y asombradizos de la nobleza de la época. Las colecciones se acumulaban en las lujosas cámaras de sus mansiones y ellos competían orgullosos por mostrarlas a todo el mundo. Tal fue su profusión que se llegaron dividir y clasificar de sugerentes maneras; así a las colecciones de artilugios originados por el ingenio humano las llamaban “artificialias”, y “naturalias” a las que producía la naturaleza.


La nobleza no hacía con esta costumbre otra cosa que copiar a los reyes, que eran los primeros en acumular objetos y artefactos para su distracción, solaz y deleite. Y el arte pictórico (en todas sus manifestaciones: lienzo, tabla, tapiz, grabado, etc.) no podía ser menos. En la España del siglo XVII destaca la figura de Felipe IV, que atesoró una innumerable colección de pinturas. Tres razones influyeron en este afán real: el propio gusto personal del monarca, la presencia de Velázquez como primer pintor real y la ornamentación del palacio del Buen Retiro como obra arquitectónica más señalada de la época. Pero de todas formas, no hacía otra cosa que seguir el modelo de su abuelo, Felipe II, a quien, por su pasión por los libros y códices antiguos, debemos que España posea la más completa biblioteca medieval del mundo en El Escorial.


Las salas del palacio del Buen Retiro de Felipe IV albergaron la mejor y más completa pinacoteca de su época, con cuadros de todas las escuelas y géneros pictóricos, que además era uno de los primeros ejemplos de una colección organizada con algún criterio específico: sala de paisajes, sala de retratos, sala de bufones, sala de las batallas, etc.


En este ambiente no es raro que las colecciones se prodigarán entre la nobleza española del siglo XVII. Destacando las colecciones del duque de Monterrey, marqués de Leganés, conde de Benavente, marqués de la Torre, Jerónimo Villafuerte Zapata, Juan de Velasco, Juan de Lastosa, Jerónimo Funes Muñoz, Suero de Quiñones o Juan de Espina, entre otras muchas dignas de reconocimiento. La visita, admiración y elogio, en su caso, de las colecciones era actividad obligada en la sociedad de la época; muchos grandes literatos nos dejaron glosas de las mismas: entre otros, Gracián, Carducho o el mismo Quevedo.


Por referir algunas de las colecciones más curiosas, citaré la de Juan de Velasco que se componía de curiosidades de la naturaleza y de multitud de autómatas. O la de Juan de Lastosa, en Huesca, que reunía una serie de autómatas que representaban a los más diversos animales salvajes, reales o ficticios: dragones, leones, leopardos, grifos, elefantes, rinocerontes, camellos, panteras, tigres,... O la colección de primorosos instrumentos musicales que, entro otras muchas series singulares, poseía el enigmático madrileño Juan de Espina, quien ordenó en su testamento la destrucción de una colección de figuras humanas de damas y galanes que tenía dispuestas por los corredores de su casa en fingidas fiestas (¿y bacanales?).


El marqués de Leganés es un fiel exponente de esta costumbre, que en su caso casi se convirtió en una obsesión. Es asombroso el número de artilugios que atesoraba en sus casas según se desprende del inventario que se hizo de sus bienes tras su muerte: relojes [algunos con autómatas, como en la plaza Mayor de Leganés; ¡Cuántas vueltas da el mundo!], espadas, piezas de artillería, estatuas (entre ellas una veintena de bustos de bronce de emperadores romanos), espejos,... Vicente Carducho, en sus Diálogos de la pintura (Madrid, 1633), destaca de la colección del marqués de Leganés, además de sus cuadros, su "muchedumbre" de ricos muebles y sus "espejos singulares", así como sus "relojes extraordinarios". En verdad, un sin fin de objetos, pero lo verdaderamente asombroso era su colección de pinturas: ¡más de 1.300 pinturas poseía el buen señor! Tan sólo por el número ya sería extraordinaria [el palacio del Buen Retiro tenía unos 800 cuadros], pero lo verdaderamente importante era la calidad de gran parte de las obras que contenía. Pero no fue el único potentado enamorado del arte, también eran notables las colecciones de pinturas del conde de Monterrey, del marqués de Castel Rodrigo, del almirante de Castilla, del duque del infantado o la del protonotario Jerónimo de Villanueva; y no sólo los nobles acumulaban pinturas, sirva como ejemplo que Las Hilanderas de Velázquez pertenecía a la esplendida colección del “plebeyo” Juan de Arce.


Imagen: La Vista. Jan Brueghel 'el Viejo' y Pedro Pablo Rubens, Pedro Pablo. 1617. Óleo sobre tabla. 65 cm x 109 cm. Museo del Prado. Madrid. Ver entrada del Museo del Prado


© Francisco Arroyo Martín. 2009


Extracto del artículo La Colección de Pinturas del I Marqués de Leganés, publicado por el autor en el número 2 de la Revista Cultural EL ZOCO. Pinchar aquí para leerlo completo


Para citar este artículo desde el blog: ARROYO MARTÍN, Francisco. El coleccionismo de arte en el siglo XVII. http://franciscoarroyo.blogspot.com/2009/01/el-coleccionismo-de-arte-en-el-siglo.html. 2 de enero de 2009.

sábado, 11 de octubre de 2008

El vino en el siglo XVII

La llegada del vino a la península ibérica debió de producirse entre los siglos VI o V a.n.e. y lo debieron traer los fenicios; después su consumo se extendió con la llegada de los romanos. Entonces los vinos eran casi siempre de cosecha (si bien ya existían técnicas de envejecimiento en barro) y al mosto fermentado se le añadían otros licores o se le endulzaba con melazas y mieles. Algún vestigio de ese tipo de vino queda aún en las mistelas, moscateles, arropes, embocados e incluso en el vino de misa.

Tras la extensión del cristianismo el consumo del vino se popularizó en toda Europa y, lo que es más importante, se incorporó como elemento fundamental de la dieta alimenticia para la población más humilde por el alto valor calorífico que poseía. Ejemplos de este empleo del vino son frecuentísimos en la literatura picaresca española, así, por ejemplo, el primer alimento que toma Lazarillo de Manzanares fueron unas sopas de vino.

Pero esta popularización del consumo del vino también vino acompañado de la descalificación moral de la embriaguez. La moral romana era muy permisiva con las borracheras, baste sólo recordar las bacanales; pero para los cristianos medievales un alcohólico podía ser incluso excomulgado, el episodio bíblico de la borrachera de Noe parece que es determinante. En el siglo XVII, llamar a alguien borracho era considerado un insulto muy grave y podía dar lugar a que se sacaran las espadas de las vainas. También era frecuente que en las normas monásticas, tanto de frailes como de monjas, se aconsejase el consumo moderado del vino en las comidas y a la vez se condenase muy gravemente al religioso ebrio.

Se trataba de un tipo de vino afrutado y denso que permitía aguarlo, por lo cual era entonces muy frecuente añadir agua al vino para rebajar la textura y la graduación; también era frecuente añadir vino al agua para purificarla y desinfectarla [Qué fácil es recordar las palabras de Jesús en las bodas de Caná: “Llenad de agua esas tinajas” Juan 2:5].

Fueron los franceses los primeros en “fabricar” el tipo de vino que hoy tomamos habitualmente. Y lo lograron conjugando la tradición mediterránea del vino con nuevas formas de fermentación, almacenamiento y comercialización, muchas provenientes de la cultura del centro de Europa. Fue en la región de Burdeos y Champaña donde se produjo esta verdadera revolución.

En el siglo XVII se conformaron todos los elementos básicos del vino actual, la recolecta y fermentación separada, la crianza en madera, la conservación y crianza en botella, el tapón de corcho, la doble maceración, el reposo en bodegas para mantener constante la temperatura y humedad, etc. Sirva como ejemplo el tapón de corcho. Este utensilio fue reincorporado a la crianza del vino [ya había sido utilizado en Roma] por un bodeguero francés que a todos nos suena, si bien solo unos pocos habrán catado su producto: estoy hablando de Pierre Perignón de Hautvillers. Gracias a este artilugio pudo dar forma a su creación más genial y genuina: el Champaña, vino carbonatado que consigue su bouquet merced a una doble fermentación en botella, solo posible gracias al tapón de corcho. Pero las innovaciones fueron muchas más y muy variadas.

A los reinos españoles las novedades llegaron rápidamente y las tradicionales regiones productores de vino (que son prácticamente las actuales) se adaptaron pronto a las novedades que venían de más allá de los pirineos. En particular fueron hábiles los riojanos que con unas condiciones bio-geográficas envidiables para la crianza de este tipo de vino gracias la edafología del terreno y a la climatología, lograron adueñarse rápidamente del mercado castellano y, lo que fue aún más importante, iniciar las exportaciones a Inglaterra una vez que Felipe II, como señor de Vizcaya, abrió el puerto de Bilbao a este producto a cambio de que los vinateros riojanos se aprovisionaran obligatoriamente en las herrerías vascas de herrajes, cinchas para la tonelería, ruedas, etc.

A partir de aquí, el desarrollo vinícola de la cuenca alta del río Ebro, con verdaderos emporios en Logroño, Haro y Calahorra, fue espectacular: se producía más de lo que se consumía, se exportaba el excedente, el viñedo se apoderó de la casi totalidad de suelo, se dispusieron medidas políticas y económicas para potenciar la venta del producto y pronto los vinateros y bodegueros se convirtieron en un “lobby” político y social; todas las instituciones, las relaciones económicas y la estratificación social giraba ya entorno al vino. Estas condiciones permitieron que a lo largo del seiscientos se consolidara un tipo de vino: el Rioja.

También en estos años del siglo XVII se comenzaron a popularizar los vinos blancos andaluces, los catalanes de alta graduación, o los suaves vinos portugueses del Duero. La colonización europea de nuevas tierras extendió igualmente el cultivo del vino por los demás continentes: del siglo XVI son las primeras plantaciones chilenas y del XVII en Sudáfrica y California.

Un incendio que se produjo en Valladolid en 1561 dejó a la luz 60 bodegas particulares en 440 casas con más de 250.000 litros almacenados, considerando que la población de esta ciudad castellana era de unos 30.000 habitantes y que la zona afectada era pequeña, la cantidad guardada para el consumo propio era tremenda. En Madrid existen algunos datos que hablan de una media de 200 litros de vino per capita en los años iniciales del siglo XVII. El vino reinaba de forma absoluta como bebida nacional ya que la cerveza entonces apenas era conocida y las pocas fábricas que existían en Madrid daban servicio a la Casa Real (desde Carlos V era frecuente en su dieta), a los embajadores europeos y a la nobleza más “snob” de entonces. Su éxito estaba por llegar. Durante este siglo todavía era frecuente el consumo del vino mezclado con agua, especias, zumos, miel, azúcar, nieve y otros aditamentos, o bien otros licores espirituosos; dando lugar a multitud de limonadas y sangrías; los “calimochos” y “rebujitos” actuales no dejan de ser herederos de esta costumbre.

Sobre la técnica de aguar el vino, todo un catedrático de la Universidad de Valladolid, el doctor Gerónimo Pardo, escribió el Tratado del vino aguado y agua envinada, sobre el aforismo 56 de la sección 7 de Hipócrates (Valladolid, Imprenta de Valdivieso, 1661). En este grueso y erudito libro el autor analiza pormenorizadamente las cantidades, proporciones, remedios, usos, etc., con citas frecuentes de los clásicos Hipócrates, Plutarco, Macrobio,… comparando la importancia alimenticia del vino con la de la leche. Para este insigne profesor el vino era un purificador de los humores; un poderoso nutriente que engendraba sangre saludable y criaba buenos colores; un ahuyentador del dolor y de la tristeza; era consuelo de la senectud, leche de los viejos; medicamento, antídoto y triaca contra todo veneno; también causa de sueño a los que estaban faltos de él; y hacía a los hombres valientes, fuertes y atrevidos; y era la mejor prueba de cuáles son los buenos y malos ingenios. Por último, lo consideraba un buen estimulante para el sexo, mucho más eficaz en las mujeres, menos atemperadas que los hombres según el sentir de entonces.

No cabe duda de que ya existían los catadores de vinos, llamados entonces (y ahora también, aunque el término está en desuso) mojones, y que ya asombraban por su capacidad para discernir por el olor, color y sabor las virtudes y características de los vinos. Y uno de ellos era, nada más y nada menos, que el bueno de Sancho Panza, que lo era además por linaje. Así se lo cuenta al escudero del Caballero del Bosque en la aventura del mismo nombre:

Don Quijote de la Mancha, II parte,

Capítulo XIII.

Donde se prosigue la aventura del Caballero del Bosque, con el discreto, nuevo y suave coloquio que pasó entre los dos escuderos

(…)

—Por mi fe, hermano —replicó el del Bosque—, que yo no tengo hecho el estómago a tagarninas ni a piruétanos ni a raíces de los montes; allá se lo hayan con sus opiniones y leyes caballerescas nuestros amos, y coman lo que ellos mandaren; fiambreras traigo y esta bota colgando del arzón de la silla, por sí o por no; y es tan devota mía, y quiérola tanto, que pocos ratos se pasan sin que la dé mil besos y mil abrazos.

Y, diciendo esto, se la puso en las manos a Sancho, el cual, empinándola puesta a la boca, estuvo mirando las estrellas un cuarto de hora, y, en acabando de beber, dejó caer la cabeza a un lado, y, dando un gran suspiro, dijo:

—¡O hideputa, bellaco, y cómo es católico!

—¿Veis ahí dijo el del Bosque, en oyendo el hideputa de Sancho— como habéis alabado este vino, llamándole «hideputa»?

—Digo —respondió Sancho— que confieso que conozco que no es deshonra llamar hijo de puta a nadie cuando cae debajo del entendimiento de alabarle. Pero dígame, señor, por el siglo de lo que más quiere: ¿este vino es de Ciudad Real?

—¡Bravo mojón! —respondió el del Bosque—; en verdad que no es de otra parte, y que tiene algunos años de ancianidad.

—¡A mí con eso! —dijo Sancho—; no toméis menos, sino que se me fuera a mí por alto dar alcance a su conocimiento. ¿No será bueno, señor escudero, que tenga yo un instinto tan grande y tan natural en esto de conocer vinos, que en dándome a oler cualquiera, acierto la patria, el linaje, el sabor, y la dura y las vueltas que ha de dar, con todas las circunstancias al vino atañederas? Pero no hay de qué maravillarse, si tuve en mi linaje por parte de mi padre los dos mas excelentes mojones que en luengos años conoció la Mancha; para prueba de lo cual les sucedió lo que ahora diré. Dieronles a los dos a probar del vino de una cuba, pidiéndoles su parecer del estado, cualidad, bondad o malicia del vino; el uno lo probó con la punta de la lengua, el otro no hizo más de llegarlo a las narices. El primero dijo que aquel vino sabía a hierro, el segundo dijo que más sabía a cordobán. El dueño dijo que la cuba estaba limpia y que el tal vino no tenía adobo alguno, por donde hubiese tomado sabor de hierro ni de cordobán. Con todo eso, los dos famosos mojones se afirmaron en lo que habían dicho. Anduvo el tiempo, vendiose el vino, y al limpiar de la cuba hallaron en ella una llave pequeña pendiente de una correa de cordobán. Porque vea vuestra merced si quien viene desta ralea podrá dar su parecer en semejantes causas.

—Por eso digo —dijo el del Bosque— que nos dejemos de andar buscando aventuras, y pues tenemos hogazas, no busquemos tortas, y volvámonos a nuestras chozas; que allí nos hallará Dios si Él quiere.

—Hasta que mi amo llegue a Zaragoza, le serviré; que después todos nos entenderemos.

Finalmente, tanto hablaron y tanto bebieron los dos buenos escuderos, que tuvo necesidad el sueño de atarles las lenguas y templarles la sed, que quitársela fuera imposible; y, así, asidos entrambos de la ya casi vacía bota, con los bocados a medio mascar en la boca, se quedaron dormidos, donde los dejaremos por ahora, por contar lo que el Caballero del Bosque pasó con el de la Triste Figura.

Imagen: La joven con la copa de vino. Jan Vermeer de Delft. 1659-1660. Óleo sobre tela. Herzog Anton Ulrich Museum. Brunsswick

© Francisco Arroyo Martín. 2008

Para citar este artículo desde el blog:
ARROYO MARTÍN, Francisco. El vino en el siglo XVII
http://franciscoarroyo.blogspot.com/2008/10/el-vino-en-el-siglo-xvii.html

11 de octubre de 2008.


martes, 26 de agosto de 2008

Sistemas de reclutamiento de tropas en el siglo XVII

Una de las características del estado moderno, frente a los reinos medievales (junto a la creación de una burocracia administrativa y una política hacendística) es el hecho de que el poder de los monarcas se basaba en un ejército eficiente y de carácter voluntario que no dependiera del contrato de vasallaje feudal.

En Castilla, la aparición del soldado pagado, que lucha por su rey en función de un contrato y a cambio de una compensación económica, aparece ya regulado desde las Cortes de 1338 en Burgos. Pero este sistema alcanzará su mayor eficacia durante el siglo XVI y se seguirá practicando durante todo el siglo siguiente. Pero en el siglo XVII hubo que acudir frecuentemente al reclutamiento forzoso de hombres a través de contribuciones fijas o “presidios” en las ciudades y a las milicias urbanas, al ser más rápida y barata que las reclutas voluntarias.

No existía un ejército estable con un número de hombres fijo para la defensa del estado, cada campaña el Consejo de Guerra hacía las previsiones de hombres y dinero necesarios para atender los distintos frentes abiertos en cada año, y en consecuencia se establecían el sistema y lugares para hacer el reclutamiento de los hombres que faltaren para completar esas previsiones, así como de la recaudación del dinero preciso. Las ventajas del reclutamiento voluntario son evidentes, ya que se trataba de un compromiso individual del soldado con su rey a través del capitán autorizado para la recluta. Además, los oficiales reales se reservaban el derecho de rechazar al recluta por considerar que no era apto para el servicio.

El sistema de reclutamiento se basaba en una autorización, la conducta, que el rey otorgaba a un capitán para levantar soldados en un determinado lugar en su nombre. El capitán y sus ayudantes arbolaban bandera y tocaban tambores para dar a conocer a la población la recluta. El capitán no podía elegir a cualquiera, tenía unos criterios preferenciales para seleccionar a los reclutas, la edad (entre 18 y 44 años), estado civil, la disponibilidad física, estar en posesión de armas, etc. Una vez reclutados se les pasaba revista y si estaban en condiciones se les abonaba 10 días de paga. La recluta debía durar como mucho tres o cuatro semanas, pues en las estancias más largas lo normal es que comenzaran a surgir conflictos entre la población y los soldados, y entre los oficiales y las autoridades municipales.

Una vez formada la compañía esta se dirigía a la plaza de armas destinada o al puerto de embarque. Como norma general las tropas bisoñas eran dirigidas a Italia donde se les sometía a un adiestramiento y con posterioridad se les enviaba a los frentes donde de forma paulatina se incorporaban a los combates, este sistema se recogía incluso en las ordenanzas militares de 1632.

Las levas voluntarias tenían unas ventajas indudables: aportaban buenos soldados al ejército y generaban aguerridas tropas veteranas, y, además, era un sistema que en general se aceptaba favorablemente por la población. Pero presentaba una dificultad evidente: con este sistema no se garantizaba el relevo de las licencias o bajas, y muchos menos las necesidades cada vez mayores y más apremiantes de la monarquía, en particular desde que Felipe IV tuvo que guerrear dentro de las fronteras peninsulares.

Por esta razón, hubo que recurrir a formas de reclutamiento forzosas, que normalmente se basaba en el número de pobladores; debiendo contribuir con un soldado por cada cinco hombres válidos (de aquí los antiguos “quintos”). El rey podía autorizar a la población a contribuir en especie, pagando el coste de un año de los soldados que le asignase a cambio de que no se levantara ningún hombre forzado, pero esta fórmula era de muy difícil aplicación cuando el problema era encontrar voluntarios, aparte de la ruina que representaba para los pobladores cuando las levas eran continuadas.

La valía de las tropas reclutadas en estas levas forzosas o sacadas de las milicias era muy inferior respecto a las tropas voluntarias; un gran porcentaje desertaba en el tránsito a los puertos, se llegó en algunos casos a trasladar a los reclutas encadenados como galeotes y a encarcelar a los familiares del fugado hasta que este apareciera, y la tropa que llegaba al frente era despreciada por los jefes militares dada la escasa operatividad y eficacia de los hombres que eran reclutados de esta forma.

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“El reclutamiento de tropas”. La imagen pertenece a la serie de 18 aguafuertes de Jacques Callot (1592-1635), titulada “Les Miseres et les Mal-Heurs de la Guerre”, impreso por Isamel Henriet en París en 1633.

A la izquierda se observa a un oficial real, sentado en un tambor, reclutando a los voluntarios; a la derecha un grupo de oficiales discuten sobre dinero; en el centro, en primer plano, dos escuadrones de infantería con las picas detrás mientras delante la manga de arcabuceros hace una salva al aire; al fondo se vislumbran dos compañías de caballería; de fondo paisajístico vemos a la izquierda los muros de una población y a la derecha las tiendas de un campamento.

Los aguafuertes son impresionantes, para ver la serie pincha aquí.

© Francisco Arroyo Martín. 2008

Para citar este artículo desde el blog:
ARROYO MARTÍN, Francisco. Sistemas de reclutamiento de tropas en el siglo XVII
http://franciscoarroyo.blogspot.com/2008/08/sistemas-de-reclutamiento-de-tropas-en.html

26 de agosto de 2008.

domingo, 13 de julio de 2008

Historia y Medio Ambiente

Desde la primera década del siglo XVII se publicaron obras que hablaban del aumento general de los impuestos que cobraban los príncipes, de que la vida se acortaba, de nuevas enfermedades que hasta entonces parecían desconocidas, de hambrunas, de desastres naturales, etc. Es muy cierto que el XVII fue un siglo especialmente convulso, pero en los años centrales de la centuria las revueltas sociales y las revoluciones políticas surgían por doquier. Así, los autores de la apología del conde duque de Olivares "El Nicandro", en 1643, decían que los últimos fracasos de la monarquía española no se debían a decisiones erróneas del privado, que «no atienden a la universal providencia de las cosas, la cual en unos tiempos trasiega el mundo y lo funesta con calamidades públicas y universales, cuyas causas totalmente ignoramos».

Efectivamente, en esos años hubo guerras civiles en Inglaterra, Irlanda y Escocia; España sufrió la fragmentación territorial en Europa con la pérdida territorial del Rosellón y Portugal, la secesión de Cataluña e intentos secesionistas muy serios en Aragón y la misma Andalucía; Francia, a pesar de ser la potencia emergente, sufrió gravísimas guerras civiles que tuvieron su mayor exponente en la Fronda; en 1648 una sublevación popular en Moscú desencadenó revueltas urbanas en toda Rusia; los cosacos de Ucrania se sublevaron contra los dominadores polacos; en 1648 también, tiene lugar la revolución inglesa que acaba con el monarca Carlos II decapitado y la monarquía derrocada; Italia es un hervidero con revueltas en Nápoles, en los Estados Pontificios, en Sicilia,…; etc.

Pero no sólo Europa sufría convulsiones; en Brasil y México se produjeron sublevaciones que pudieron ser sofocadas a duras penas por los portugueses y españoles; se vio a todo un emperador turco arrastrado por las calles de Constantinopla debido a las guerras civiles que asolaron el imperio turco; también hubo guerras civiles en Persia; China fue invadida por los tártaros, que llegaron incluso al mismísimo Pekín, provocando el suicidio del emperador en 1644, originándose una guerra civil que produjo un cambio de dinastía: los Qing por los Ming (un historiador chino habla de la pérdida de un tercio de los espacios cultivados y de el mismo porcentaje de pérdida de población); Etiopia fue asolada por lo otomanos; los jefes locales de lndia no dejaron de pelear entre sí durante todo el siglo; en Japón, tras una guerra civil, cambia la familia que ostenta el Shogun y se inicia la política de aislamiento; etc. En 1652, un escritor veneciano hablaba de «terremotos de Estado»

Bien, pues para explicar estos extendidos y numerosos procesos convulsos, Geoffrey Parker señala en su estudio "La crisis mundial del siglo XVII: acontecimientos y «paradigma»"a la climatología como un elemento clave; si bien en su exposición deja claro que no quiere fijar pautas deterministas sino aportar elementos explicativos de un proceso mucho más complejo en el cual participaban las variaciones demográficas, las presiones políticas, sociales o fiscales de cada lugar, y la aparición de nuevas ideologías más radicales y líderes carismáticos que pudieron encauzar las nuevas corrientes convulsas.

El apartado más original es el que el autor denomina como «la ecología de la crisis». Al parecer entre 1636 y 1644 se unieron una continuada serie de erupciones volcánicas y una ausencia notable de manchas solares; ambas circunstancias favorecieron un enfriamiento del clima del planeta: un solo grado en el ecuador pero debido al "anormal" funcionamiento de las masas de aire provocaron efectos climatológicos extremos, fundamentalmente sequías y heladas acompañados de fuertes concentraciones de lluvias que provocaban espectaculares inundaciones y riadas. El fenómeno meteorológico conocido como el "Niño" sobre las costas pacíficas se repitió con mucha frecuencia en los años centrales del siglo.

La interesante observación de Parker nos pone de relieve que durante este periodo histórico un cambio climático global produjo unas terribles consecuencias a escala planetaria. Evidentemente las circunstancias son otras y el desarrollo de las sociedades humanas es bien diferente ahora al existente hace cuatrocientos años; pero también entonces existían voces que relativizaban el problema y llamaban alarmistas a los que se alarmaban de lo que veían. Así, Secondo Lancellotti, en 1623, escribía un libro de más de 700 páginas con el siguiente título: Hoy en día, o como el mundo no es peor ni más calamitoso que en el pasado. En este libro se esforzaba en demostrar que los “quejosos” se lamentaban sin razón, ya que los príncipes eran igual de avaros que los de antaño; las mujeres igual de vanas; la vida humana era igual de larga; no había nuevas enfermedades; y que los desastres naturales (a los que dedica la friolera de ocho capítulos) no son más ni más numeroso ni peores que los que siempre había habido. En definitiva que la vida era toda felicidad y no existían motivos para preocuparse; grave equivocación que el tiempo vino a demostrar.

Quizás sería bueno que aprendiéramos la lección y no nos deleitáramos en nuestro relativo buen nivel de vida; y diéramos mayor importancia a estos “quejosos” del momento que encienden las alarmas y nos hablan de un futuro nada grato de seguir así.

¡Ojala que no sea el tiempo el que nos saque de nuestra autocomplacencia!


Si quieres, puedes profundizar en el tema y bajarte el artículo Historia y Medio Ambiente completo en PDF; o pinchar en el siguiente enlace:


© Francisco Arroyo Martín. 2008

Para citar este artículo desde el blog:
ARROYO MARTÍN, Francisco. Historia y Medio Ambiente http://franciscoarroyo.blogspot.com/2008/07/historia-y-medio-ambiente.html
13 de julio de 2008.